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01/10/2004
Jorge Martínez Reverte relata la batalla de Madrid MADRILEÑOS EN LAS TRINCHERAS
Madrid fue el centro de la guerra. Por eso Martínez Reverte ha recogido en 'La batalla de Madrid' (Crítica), la influencia de las decisiones militares en la vida de los madrileños a pie de calle y en el frente. El libro está escrito en un lenguaje que hace posible acercarse a la realidad de la guerra en la capital y en los lugares como Toledo, Talavera, Illescas o Seseña, que marcaron su inesperada resistencia. Al final de cada capítulo figuran los partes de guerra de ambos bandos. Cuatro memorias escritas, algunas de ellas inéditas, y doce libros, además de numerosas entrevistas en directo, han permitido a Martínez Reverte hacer una narración global en la que puede sentirse la emoción de los protagonistas, el sufrimiento, la dureza, pero también el heroísmo y la cobardía. La ciudad dividida Jorge Martínez Reverte piensa que Madrid vivió la guerra de dos maneras: desde el pánico de los que veían llegar a los franquistas y habían tomado la decisión de resistir con el lema "no pasaran" y desde los que permanecían esperando su llegada. Unos decidieron permanecer en sus hogares a pesar del plan de evacuación y asumieron el lema de comunistas y anarquistas, "no pasarán", ante la inminente llegada del ejército franquista, en cuyas filas se encontraban los moros, que habían acompañado a Franco durante la contienda. Franco intentó "tomar Madrid", explicó Martínez Reverte, pero no lo consiguió, y a pesar de que el gobierno había salido de la capital, todos sabían que mientras la ciudad no cayera, no acabaría la guerra, de modo que la ciudad se convirtió en "un símbolo". En Madrid unos intentaban sobrevivir a la guerra desde sus casas, como los que esperaban que llegara el ejército sublevado, pero otros salían cada día a la carretera de Toledo y a otros frente, donde caían a centenares. Bohemia de guerra La ciudad vive también importantes contradicciones, pues los alquileres bajan a la mitad por decisión del gobierno republicano, pero la carne duplica su precio porque no se consigue si no es en el mercado negro. Más tarde Madrid en su resistencia se llena de milicianos de otras provincias que mueren en su mayoría en el frente, ve partir a los obreros que construyen fortificaciones, y oye pasar a los piquetes que dejan cadáveres en los alrededores. Cuando llega el ejército sublevado a los alrededores, señaló Martínez Reverte, algunos de sus habitantes no quieren irse y a ellos se unen críos como los que rodean al final a los dos militares de los que depende en parte la suerte de Madrid, José Miaja y Vicente Rojo. Madrid es también la única ciudad española en la que tuvo lugar una "bohemia de guerra", es decir, contar por las mañanas lo que ocurre en el frente en medio de bombardeos y reunirse por la tarde a tomar cockteles en la Gran Vía. En estos cafés, que son servidos por anarquistas, se reúnen también los intelectuales revolucionarios españoles junto a los que han venido de otras partes del mundo como André Malraux. El Mundo Libro"Hay que darle la vuelta a la memoria"Casi desconocido hasta hace muy poco, Isaac Rosa (Sevilla, 1974) ha deslumbrado a la crítica y acaba de alcanzar la tercera edición con la novela El vano ayer (Seix Barral), una revisión del franquismo y la resistencia universitaria en clave.
Pregunta. ¿Cómo se le ocurrió escribir sobre el franquismo en un momento de saturación, cuando parecía que nadie podía añadir nada nuevo a ese tema? Respuesta. En realidad, lo que quería era hacer una novela sobre el pasado, pero escrita en clave de presente. Plantear en ella el tipo de preguntas que se hace alguien que ha nacido en democracia y que, al mirar a su alrededor, trata de entender de dónde vienen los conflictos y déficits que la sociedad española ha venido arrastrando hasta hoy. No es, como suele decirse, un problema de falta de memoria, no es una cuestión de amnesia, sino de calidad de esa memoria. Hay que fijarse en qué nos han contado y qué no, y sobre todo en cómo nos lo han contado. El franquismo y la Guerra Civil se han convertido casi en géneros literarios, y, como tales, tienen sus limitaciones. P. Ese hecho, el de no haber vivido el tiempo que refleja en su novela, ¿fue un obstáculo, o un acicate a la hora de sentarse a escribir? R. Es una disposición a la hora de enfrentarte al tema. Mucha gente me ha preguntado acerca de mis motivaciones a la hora de abordar una novela como esta, y la respuesta es obvia: lo hice precisamente por la edad que tengo. P. Su preocupación por el pasado y la memoria es algo patente en su obra. R. Lo que me preocupa es no tomar esa memoria momificada, como de museo, que nos transmiten muy a menudo. Siempre se nos habla del franquismo en clave de novela histórica. De acuerdo, tenemos una memoria prestada. Ahora hay que asumirla y luego darle la vuelta, cuestionarla, enfrentarse a ella desde el presente. P. ¿Es pesimista respecto a la recuperación de la memoria colectiva? R. Cuando lees y te informas un poco, es difícil ser optimista. Se va produciendo el cambio generacional, va muriendo gente que vivió esos hechos y no dejó testimonios escritos... Todo trabaja a favor de que se vaya asentando una suerte de versión oficial muy difícil de contrarrestar. Esa memoria dominante también afecta al cine y la televisión. P. ¿Qué parte del trabajo ocuparon las tareas de documentación? R. No hice un trabajo específico en ese sentido. Hay lecturas anteriores de muchos años, pues siempre me interesó todo lo que se había escrito sobre el tema, tanto desde la ficción como desde la no ficción. Más bien fui a indagar en ciertos aspectos, completar algunas lecturas. Pero no quería hacer un rastreo de documentación exhaustivo ni pretendía una recreación de época, aunque la gente que estaba en la Universidad por aquellos años y que ha leído la novela me ha dicho que la ambientación es bastante fiel. P. ¿Ha hecho algún descubrimiento sorprendente en esas indagaciones? R. En El vano ayer hay mucha intertextualidad, pero no he desempolvado ningún archivo secreto ni creo haber descubierto ningún título desconocido. Sí que encontré, mientras escribía la novela, algunos pasajes muy reveladores. Por ejemplo, un libro del coronel San Martín, encargado del Servicio Secreto de Carrero Blanco, que escribió mientras esperaba juicio por el 23-F y en el que quiso dar cuentas de su servicio a España. En ese escrito se ve muy bien cómo se creaban redes de delatores y se infiltraban en los colectivos estudiantiles. La famosa carta de Cela ofreciéndose como delator es otro documento interesante en ese sentido. P. El planteamiento técnico de la historia apela constantemente a la participación del lector. ¿Cabe hablar de novela interactiva? R. Bueno, se ha hablado de novela en marcha. Es una escritura en tiempo real, que va explicitando muchos mecanismos de la novela y usa frecuentemente la segunda persona para involucrar al lector, entre otros recursos. Claro que eso no lo he inventado yo, hay una tradición consolidada. El País La perdida y olvidada CNT El libro de Ángel Herrerín repasa la trayectoria del anarcosindicalismo durante la dictadura y su actuación en la clandestinidad y el exilio hasta casi borrarse su memoria histórica, pasando por una tímida revalorización de lo libertario nacida a raíz de Mayo del 68.
"El anarquismo es lo nuestro", me dijo Cruz Martínez Esteruelas, entonces al frente de la Fundación Juan March, cuando a principios de los setenta le propuse un plan de recuperación de documentos de la historia del movimiento obrero en España. Fueron tiempos de recuperación positiva de la imagen de la CNT, para unos, como el personaje citado y sus correligionarios franquistas, porque veían en ella el antídoto español a la presencia creciente del sindicalismo comunista de Comisiones. Para otros, fundamentalmente en Cataluña, porque la especificidad del anarcosindicalismo revolucionario otorgaba un marchamo obrerista al catalanismo. Hoy, como subraya Ángel Herrerín en la presentación de este excelente libro, sucede todo lo contrario: la CNT se encuentra perdida en un desierto, tanto para la historiografía como para la memoria. Vaya por delante que su trabajo constituye un magnífico mapa con vistas a la necesaria travesía, que implica la recuperación de la memoria de uno de los grandes protagonistas de la historia social española en el siglo XX. Para mí representa un valor adicional, en la medida en que hasta la muerte de Franco, y en una investigación inacabada sobre el anarcosindicalismo anterior a 1936, conocí a muchos de los protagonistas de este libro, de Juan López a Federica Montseny, de mi amigo Diego Abad de Santillán a Cipriano Mera y a mi también entrañable amigo Ramonín. De ahí que esta reseña sea un homenaje a su recuerdo. Sin que ése fuera mi tema, en el curso de las conversaciones aparecieron las cuestiones y los conflictos reconstruidos en La CNT durante el franquismo, y he de afirmar que todas y cada una de las apreciaciones de Herrerín responde a lo que ellos me contaban. Las suscribiría sin reservas y sin excepciones. Otro tanto sucede con el capítulo sobre la sociabilidad, que distingue con finura entre la situación de los cenetistas exiliados en Francia y el exilio dorado de México. Tal vez matizaría la valoración final acerca del eclipse definitivo a mediados de los setenta: los residuos del sindicalismo sin sindicalistas confederal se encaminaban hacia la casi extinción, pero paralelamente, auspiciada por historiadores, cobraba forma una imagen mítica de la CNT como protagonista de una revolución perdida (y específicamente catalana). Ahí está el mito de un Salvador Seguí favorable a la independencia. Después de Mayo del 68, resurgió la estimación positiva de lo libertario; lo prueba el número de Cuadernos de Ruedo Ibérico, elaborado por José Martínez, en su día joven anarquista. La llamarada se extinguió pronto; tiene, no obstante, su pequeño lugar en la historia. Cabe aludir al acierto de fondo en el libro de Herrerín que supone la identificación y el análisis del complejo de causas de la inexorable agonía del anarcosindicalismo, algunas endógenas, heredadas de los conflictos anteriores a 1936 y consustanciales a la CNT, como la distinción entre "revolucionarios" y "posibilistas", otras impuestas por una represión favorecida por el carácter abierto de los medios anarquistas, y de la propia estructura de la Confederación. La rigidez doctrinal sostenida por los veteranos en el exilio condenaba de todos modos a una corriente cuyos soportes socioeconómicos desaparecían uno tras otro por efecto de la modernización de España. El triste episodio del "cincopuntismo", la colaboración en 1965 de sectores del interior con el verticalismo franquista, fue el signo de esa inadaptación. El País
16/09/2004
'Las fosas de Franco' se editará en Estados Unidos y Francia HA VENDIDO 30.000 EJEMPLARES EN ESPAÑA
La editorial americana North Atlantic Books editará en Estados Unidos el libro 'Las fosas de Franco. Los republicanos que el dictador dejó en la cuneta', de Emilio Silva y Santiago Macías. El libro ha obtenido un gran éxito de público en España, con 30.000 ejemplares vendidos desde que Temas de Hoy lo publicó en marzo de 2003. También está previsto que la editorial Calmann-Lévy lo edite en Francia el próximo año. 'Las fosas de Franco' narra la historia del abuelo de Emilio Silva -la primera víctima de la Guerra Civil reconocida a través de la prueba del ADN-, fusilado en 1936 y enterrado en una fosa común en Priaranza del Bierzo. Éste y otros casos, que se dan por toda España, son la base de la creación de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, de la que Silva y Macías son fundadores. Precisamente, el Consejo de Ministros aprobó el pasado viernes un real decreto por el que se constituye una Comisión Interministerial para el estudio de las víctimas de la Guerra Civil y del franquismo, cuyo cometido será elaborar un informe sobre las personas que fueron represaliadas "por su compromiso con la democracia". El objetivo de este informe es redactar un anteproyecto de ley por el que se "rehabilitará moral y jurídicamente" a los afectados, entre los que se encuentran los miembros de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica. El Mundo Libro
10/09/2004
«La Guerra Civil española tuvo una escenificación triangular» El historiador ovetense echa por tierra el concepto de las dos Españas al atribuir la contienda a la lucha entre reformistas, reaccionarios y revolucionarios.De una forma serena, pero inquisitiva, el historiador ovetense Enrique Moradiellos revisa las circunstancias que provocaron nuestra Guerra Civil y concluye que aquella brutal contienda fraticida no fue una gesta heroica ni un caso de locura trágica y colectiva, sino algo más complejo y, a la par, prosaico. En su último libro, '1936. Los mitos de la Guerra Civil', ve aquel estallido de irracionalidad como un «profundo cisma de extrema violencia en la convivencia de una sociedad atravesada por múltiples líneas de fractura interna». Además, echa por tierra el concepto de las dos Españas al atribuir el conflicto a reformistas, reaccionarios y revolucionarios. -¿A qué mitos se refiere en su obra? -Al heroico y al trágico. El primero surge justamente durante el conflicto y tiene por objeto dar una interpretación a cada bando de lo que está haciendo en la guerra. Es el mito de una gesta heroica y maniquea. Es la España contra la anti-España, si nos ponemos en el bando franquista, o el pueblo contra los privilegiados, si nos situamos en el bando republicano. Son perfiles míticos de un combate a vida o muerte entre dos bandos que necesariamente son distintos el uno del otro. Si cambiamos el contenido del formato, tenemos lo mismo para el caso franquista que para el republicano. En el franquista, esa visión de la gesta heroica toma la forma de una lucha por la nación y por la religión -por Dios y por España-, lo que significa que su enemigo está demonizado, está contra Dios, y es apátrida, al servicio de potencias extranjeras. En el bando republicano, el formato dualista maniqueo toma la forma, como dije antes, de una lucha del pueblo contra los explotadores, de los demócratas antifascistas contra los reaccionarios fascistas. -¿Cuál es su razón de ser? -Lo dijo José María Pemán poco antes de iniciar la guerra de una manera muy clara. Tiene el sentido de movilizar a su propio bando hasta el punto de poder exigir a esa población que dé la vida, la suya propia, la de sus hijos y sus madres, en favor de la causa. Decía Pemán: «Las masas son cortas de vista; sólo distinguen los colores crudos: el rojo y el negro». Los años 60 -¿Cuándo surge el segundo mito, el que usted denomina trágico? -La guerra como una cruzada, como una batalla contra el fascismo, se mantiene mucho tiempo en el ámbito del discurso público y también en el historiográfico. Pero, progresivamente, ya en los años 60, aparece ese nuevo formato mítico. La guerra va presentándose como una locura trágica colectiva, como una carnicería entre hermanos inútil. Dos son los elementos a considerar a la hora de saber por qué 20 años después surge este nuevo mito: el inevitable reemplazo generacional y la desaparición de las condiciones sociales y materiales al compás del intenso proceso de desarrollo y modernización socio-productiva de esos años 60, que se dio en llamar desarrollismo. Aparentemente, es un estallido de irracionalidad general donde unos se matan a otros equitativamente, por lo que todos son culpables. -¿Cuándo comienzan a ponerse en entredicho esos dos mitos? -De Hugh Thomas en adelante, la historiografía emprendió el vuelo y empezó a examinar las contradicciones, los perfiles oscuros que hay tanto en el mito de la gesta heroica, como en el de la locura trágica. Todos fuimos culpables por igual. En mi opinión, era importante tratar de poner al servicio de un público lector medianamente informado más de un cuarto de siglo de investigación historiográfica serena, paciente, bastante callada y siempre inquisitiva sobre lo que fue aquel fenómeno. Se ha investigado mucho y se saben muchas cosas, pero, a medida que se saben más, se ve la manifiesta inadecuación de cualquiera de estos mitos para explicar lo que fue la génesis del conflicto, su desarrollo y su desenlace. La reconciliación -¿Por qué esta nueva revisión de la Guerra Civil española? -Porque entiendo que aún hay una gran persistencia de las dos grandes familias míticas: la gesta heroica y la locura trágica. Si el primer mito justificó la movilización bélica y dio cuenta de por qué la gente moría, el segundo legitimó algo importantísimo: la reconciliación nacional. Permitió esa transformación de principios de cultura cívica en los años del tardofranquismo que puso las bases morales y cívicas para una operación de desmantelamiento pacífico de la dictadura y una transición política a la democracia. -Aunque una cosa implique la otra, ¿hubo una victoria franquista o una derrota republicana? -Hubo una victoria absoluta e incondicional del bando franquista y una derrota total y sin paliativos de la República. Ésta se desplomó internamente por empuje del enemigo y por las circunstancias internacionales que coadyuvaron a la eficacia de ese empuje. Es como las dos caras de una moneda: son conceptos conjugados que no cabe separarlos. La victoria total y absoluta de un bando significó la derrota total y sin paliativos del otro. No hubo dos Españas que se lanzaron al cuello a muerte, ni la España legal frente a la real, ni la España joven frente a la vieja, como los poemas de Antonio Machado podrían hacernos creer. Hubo una lucha triangular, escenificada en las llamadas tres 'r': reformistas, reaccionarios y revolucionarios. En España, como en Europa, no había fascistas contra comunistas o socialistas frente a cristianos. Había reformistas democráticos, encarnados en Manuel Azaña; reaccionarios, autoritarios o totalitarios, Calvo Sotelo o José Antonio Primo de Rivera, y revolucionarios colectivistas, Largo Caballero, 'Pasionaria' o Durruti. -¿Cuál fue el quid de la cuestión? -En España, la potencia respectiva de reformistas demócratas y reaccionarios autoritarios era muy igual y así lo demuestran las convocatorias electorales, con una peculiar diferencia, que el tercero en discordia -los revolucionarios- tuvieron capacidad para derribar a Azaña en el primer bienio e intentar derribar al Gobierno cedista en el segundo, pero nunca para suplantarlos, tomar el poder y estabilizar la situación. Cuando se da ese empate de impotencias, surge la posibilidad de dirimir el conflicto no por medios políticos, constitucionales o electorales, sino mediante el recurso de las armas. -Si la contienda no se hubiese internacionalizado, ¿el resultado hubiera sido el mismo? -Eso es un contrafactor histórico y Dios me libre de meterme en tal cosa. Lo que sabemos es lo que sucedió. Que la guerra, que en principio estaba virtualmente paralizada en las primeras semanas, porque ningún bando tenía armamento para continuar, deja de estarlo cuando la internacionalización del conflicto proporciona apoyo a uno o lo niega a otro para llevar adelante las operaciones bélicas. Por lo tanto, es incomprensible la guerra civil sin el fenómeno de la internacionalización. Ninguna de las tareas que debe abordar un bando ante una guerra hubiera podido ser acometida ni por franquistas ni por republicanos sin el concurso exterior. -¿A qué tareas se refiere? -Ante todo y sobre todo, configurar un ejército combatiente, que es estructura de mando jerárquica, experiencia y disciplina en sus filas y que es logística de suministros materiales constantes y suficientes, que repongan los que se gastan. ¿Y aquí dónde radicaba la industria militar? Era mínima y, además, estaba fraccionada. Una quedó en Barcelona, otra en el País Vasco y otra en Oviedo. La conexión exterior -¿De dónde provenían entonces las armas? -Pues de la conexión exterior. En un caso, por un crédito ítalo-germano por envío de material bélico italiano y alemán con apoyo diplomático, y en otro, por movilización de las divisas que se entregan y se envían en tres cuartas partes a Moscú para que la Unión Soviética, convirtiéndolas en divisas, pague los suministros -alimenticios y petrolíferos- que sostienen al bando republicano. Si eliminamos la conexión exterior, la guerra no hubiera durado ni tres semanas. -¿A quién hay que atribuir la iniciativa? -No fue Europa la que decidió intervenir en España. Fueron los españoles -los dos bandos a la par- quienes recurrieron al exterior para dirimir sus responsabilidades. La lucha fue endógena; surgió internamente en España; fueron los españoles los que quisieron ir a las armas para dirimir el conflicto de competencias y de hegemonías. Que recurrieran al exterior estaba dado en el contexto de una Europa que iba acercándose a su segundo conflicto mundial en apenas 50 años. El Comercio Digital
03/09/2004
La batalla de Madrid Hace sólo seis días que ha empezado el otoño y en los campos soplan tempestades revolucionarias y vientos de miedo. Un rumor de pasos africanos se acerca a Madrid. Los generales sublevados, los vencedores de Toledo, quieren tomar café en la Gran Vía y oír misa en los Jerónimos. Un cerco de muerte acecha desde Majadahonda hasta Vallecas. regulares y legionarios atacan en la Casa de Campo y asaltan la Ciudad Universitaria protegidos por los cañones del cerro Garabitas. Allí, en las trincheras, junto a las facultades, en las salas del Clínico, les paran los milicianos socialistas, republicanos, anarquistas y comunistas, las brigadas internacionales pueblo de Madrid,hombres y mujeres que no les dejarán pasar. Dentro de la ciudad hay otro frente en el que miles de personas sobreviven al miedo. Ya no hay apenas paseos, pero aún se fusila al margen de la ley. Durante cuatro largos meses de combate, Madrid será la patria del sufrimiento. Cuando, agotados, descansen los frentes, seguirá la batalla en el cielo. Bombas sobre Alcalá, bombas sobre El Prado,bombas sobre Atocha ... Arden las chabolas del barrio de Tetuán, arde el paladio de Liria ... Una alfombra de niños muertos cubre Getafe. Y apenas la punzada del hambre. Ya no hay qué comer en Madrid, pero Madrid resiste. A oscuras, las calles están desiertas y ciegas, resuenan las descargas de fusilería, el chasquido rítmico de las ametralladoras y, de vez en vez, los cañonazos densos y opacos. En el pecho la angustia, la zozobra y el dolor de todo por todo. Pero Madrid resiste. Y se hace leyenda. Jorge M. Reverte La batalla de Madrid, Ed. Crítica
26/08/2004
El ejército de Franco y de Juan Carlos Introducción. El Ejército y el EstadoEl Estado es un vasto organismo parasitario que se ciñe como una red al cuerpo de la sociedad y le tapona todos los poros. Cuatro burocracias componen la artificiosa maquinaria del Estado español, eso que ha venido denominándose «el Régimen de Franco», o con otra fórmula más breve, «el Régimen» a secas. Estas cuatro burocracias, que se encuentran fuertemente entrelazadas, son las siguientes por orden de efectivos aproximados y de importancia: Burocracia Número de Individuos Observaciones 1. Civil 540.000 Incluyendo 360 000 de la Administración central y 190 000 de la Administración local 2. Militar 200.000 Incluyendo los efectivos de los tres Ejércitos, Policía y Guardia civil, pero sin contar con los 260000 reclutas del reemplazo anual. 3. Eclesiástica 150.000 Incluyendo novicios, seminaristas, conventos de clausura, así como el clero regular y secular de ambos sexos 4. Sindical 110.000 Incluyendo funcionarios sindicales, Instituto Nacional de Previsión. Mutualidades y organismos parasindicales Total 1.000.000 El aparato del Estado en España está formado, pues, por un Ejército de 200 000 individuos, la burocracia militar, junto a otro ejército de funcionarios, que suma más de medio millón de individuos, la burocracia civil; más 150 000 de la burocracia eclesiástica y 110 000 de la burocracia sindical. La burocracia civil ha adquirido en España, por medio de la férrea centralización de la Dictadura, una ubicuidad y una omnisciencia extraordinarias. Falto de elasticidad y autonomía, este aparato burocrático que forma parte integrante del Estado es un verdadero ejército civil de más de medio millon de individuos, que arrastra tras de él -si no se olvidan sus familias- una masa ingente de intereses y existencias. (1) Las instituciones políticas que nacieron de la guerra civil son fácilmente caracterizables por su extremado autoritarismo y responden, en general, a los siguientes principios: privilegios en favor de la clase dominante, centralización absoluta y tendencia a transformar los servicios administrativos en servicios policiales del Estado. (2) Hace algún tiempo podía decirse que las instituciones reales más sólidas del país eran la burocracia militar y la burocracia eclesiástica. Pero hoy nadie se atreve a decir otro tanto. La burocracia eclesiástica, con un total de miembros evaluado en cerca de 150 000 individuos de ambos sexos, ha sufrido en escasos años un deterioro político considerable: la crisis de la burocracia eclesiástica ha conmovido al Régimen en sus cimientos a partir de 1970. La burocracia militar tampoco ha escapado del inevitable proceso de desgaste político que se ha agudizado recientemente, de forma extraordinaria, con el golpe de Estado militar en Portugal y el ocaso biológico de Franco. La burocracia sindical sigue aún formada, en gran parte, por los supervivientes de la naufragada burocracia falangista, cuyos militantes estaban encuadrados en la FET y de la JONS, el partido único desaparecido legalmente en 1966. El aparato de la burocracia sindical proviene de la ordenación totalitaria y por corporaciones de todos los trabajadores españoles, copia de los sindicatos fascistas instalados antaño en Alemania e Italia. Aplicando fielmente la ideología leninista numerosos miembros de las Comisiones obreras, todavía clandestinas, están ocupando cargos de representación sindical y desplazando progresivamente a los residuos falangistas. El aparato sindical se refuerza, en definitiva, con esas nuevas inyecciones de savia burocrática. Las Fuerzas armadas, la burocracia militar, han sido el centro político de inspiración y de organización del Estado desde 1936; y de ahí que surgieran para calificar al Régimen denominaciones castrenses tales como la de «democracia orgánica». Hablando en términos sumarios, suele decirse que el Ejército español se sublevó en 1936. Esto es inexacto. Se sublevaron ciertos jefes y muchos oficiales en conexión con un aparato de conspiración política que sirvió de catalizador a ese y a otros elementos menos decisivos. Una parte numéricamente considerable del Ejército secundó a los oficiales pioneros por ideología y, en algunos casos, por espíritu de cuerpo. Una parte poco menos numerosa permaneció leal al gobierno de la segunda República o se marginó del conflicto creado. Un porcentaje elevado entre los altos mandos rehusó dirigir el movimiento y, en muchos casos, aquellos mandos fueron liquidados por los oficiales promotores. Basta recordar que muchos de los que a lo largo de la guerra habían de mandar grandes unidades comenzaron aquélla de tenientes coroneles. (3) El año 1936 señaló el advenimiento de las Fuerzas armadas a un papel de predominio político absoluto en España. El Ejército de Franco acrecentó durante la guerra el volumen y la complejidad de su estructura burocrática, su vinculación con la oligarquía y un control efectivo sobre todos los aspectos de la vida en la sociedad española. Terminada la guerra, Franco decidió mantener en pie de guerra un Ejército de un millón de hombres, pero en el decreto del 25 de agosto de 1939 ordenó que el 80°/o de todos los puestos burocráticos del Estado fuesen reservados a «los cruzados» desmovilizados, consiguiendo así el Régimen que el personal de la Administración estuviese compuesto, en una alta proporción, por los combatientes militares de la «cruzada». Las Fuerzas armadas y de Orden público forman la burocracia militar en España. Según la Ley orgánica del Estado franquista, «las Fuerzas armadas de la Nación, constituidas por los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire y las Fuerzas de Orden público, garantizan la unidad e independencia de la Patria, la integridad de sus territorios, la seguridad nacional y la defensa del orden internacional. Y un Alto Estado Mayor, dependiente del presidente del gobierno, será el órgano técnico de la Defensa nacional, con la misión de coordinar la acción de los Estados Mayores de los tres ejércitos». Aunque las Fuerzas armadas constituyen un solo Ejército, existen en el gobierno tres ministerios correspondientes a los ejércitos de Tierra, Mar y Aire. Los tres ministros militares han ejercido desde la guerra civil hasta 1975 un mando delegado por el general Franco, carismático jefe del Estado que ha ostentado el título de generalísimo de los Ejércitos. Un organismo sedicioso militar, la Junta de Defensa nacional, fue el trampolín político utilizado por el general Francisco Franco para alcanzar la jefatura del Estado en 1936. La Junta de Defensa nacional, creada el 24 de julio de 1936, era un organismo netamente militar y fue el embrión del actual Régimen. El general Miguel Cabanellas fue su primer presidente y la formaban como vocales los generales Saliquet, Ponte, Mola, Queipo de Llano y los coroneles Montaner y Moreno Calderón. El general Franco se incorporó tardíamente como vocal, pero logró imponerse sobre el resto de los generales, por la potencia del «Ejército de África» y, a nivel de intrigas, ayudado, sobre todo, por su hermano. Así, reunidos los componentes de la Junta de Defensa nacional el 12 de septiembre de 1936 en el aeródromo de San Fernando, cerca de Salamanca, acordaron establecer el mando único que fue ocupado por el entonces general de división, Francisco Franco Bahamonde. La transmisión de poderes se celebró en Burgos, el 1 de octubre de 1936. El mismo día, Franco disolvió la Junta de Defensa nacional creando la Junta técnica del Estado, compuesta de personalidades civiles «independientes», con un general como presidente que sometería sus dictámenes a la aprobación de Francisco Franco, autoerigido jefe del Estado. El general Dávila fue designado presidente de la Junta técnica y jefe del Estado Mayor General del Ejército, aunque el cargo decisivo era el de secretario general de la Junta técnica del Estado, ocupado por Nicolás Franco. Luego, en enero de 1938, se constituyeron las once carteras ministeriales que compondrían el primer gobierno de Franco. La Junta de Defensa nacional fue de nuevo creada por el artículo 5° de la Ley de 8 de agosto de 1939 para que actuara, esta segunda vez, como órgano consultativo o de asesoramiento. (4) Las Fuerzas armadas españolas, lo que todavía puede denominarse con toda propiedad el Ejército de Franco están constituidas fundamentalmente por los ejércitos de Tierra, Mar y Aire, los tres ejércitos; más las llamadas Fuerzas de Orden público, el cuarto ejército, formado por la Guardia civil, la Policía gubernativa y la Policía Armada. Jesús Ynfante 1. Ynfante, Jesús: La prodigiosa aventura del Opus Dei: génesis y desarrollo de la Santa Mafia, Ruedo ibérico, París, 1970, p. 187. 2. Tierno Galván, Enrique: « Espagne, dénazifier 1'enseignement supérieur avant d'entreprendre toute reforme technique », Le Monde Diplomatique, París, septiembre de 1968. 3. Revista Mañana, no 11, enero de 1966 4. Según la Ley Orgánica del Estado de 1966, «una Junta de Defensa Nacional integrada por el presidente del gobierno, los ministros de los departamentos militares, el jefe del Alto Estado Mayor y los jefes de Estado Mayor de los ejércitos de Tierra, Mar y Aire, propondrá al gobierno las líneas generales concernientes a la seguridad y defensa nacional. A esta Junta de Defensa nacional podrán ser incorporados los ministros o altos cargos que, por el carácter de los asuntos a tratar, se considere conveniente». La Junta de Defensa nacional, que no ha tenido especial relieve político hasta nuestros días, adquirió importancia como órgano supremo de consulta militar en 1975 cuando, durante la larga agonía de Franco, sobrevino !a crisis del Sáhara. Diario de la guerra de España El Diario de la guerra España de M. Koltsov es el testimonio más Impresionante que se hayo escrito sobre el primer periodo de la guerra civil española. Koltsov había escrito tres libros de su Diario cuando quedo interrumpida su actividad literaria en 1938. Detenido por las autoridades soviéticas en 1938 es fusilado en 1942 a consecuencia de las purgas de Stalin, sin haber acabada su obra. Los editores de la último edición rusa - de acuerdo con las ideas del autor- han recogido en un cuarto libro las crónicas que Koltsov publicó en Pravda entre julio y diciembre de 1937. Ruedo ibérico presenta hoy la traducción castellana de esta edición. Koltsov, corresponsal extraordinario de Pravda en España, fue testigo ocular de los acontecimientos que narra. Estrechamente ligado a la política contemporánea del partido comunista ruso y periodista fuera de lo común, unió a una gran valentía personal, dotes políticas y militares excepcionales, una innegable profundidad de análisis, una lengua exacta y poética. Su papel en España fue mucho más importante que el que se puede esperar de un simple corresponsal de guerra, y sus actividades le situaron en más de una ocasión en el plano más elevado de la acción política. Esta insólita posición le arrostra a cometer -en contadas ocasiones- errores de juicio que el lector ha de descubrir fácilmente con desagrado. Pero el conjunto del Diario está escrito con una valentía y una honradez, doblemente apreciables si no se olvida la significación politico -y militante- del autor. El paisaje de Koltsov tiene una manera especial en la que se mezcla la repreentación visual del objeto, la emoción lírica provocada por el mismo y la cacterización política de todos sus elementos. Muestras acabadas de esta estilística son las descripciones de Barcelona, de Toledo, los paisajes diurnos y nocturnos de Madrid sitiado, los campos de Aragón y de Castillo, los cuadros de batallas. Su maravillosa fuerza descriptivo desata irresistiblemente la emoción en los pasajes más duros del Diario: la muerte de Lukaks, la conversación con el aviador moribundo, el tanquista herido, el asalto frustrado al Alcázar... Pero nada supera, sin duda, la maestría de los retratos de Koltsov. Su pluma arranca los rasgos esenciales del modelo y fija definitivamente los hombres más significativos del campo republicano: Largo Caballero, Durruti, Alvarez del Vayo, Rojo, Malraux, García Olíver, Kléber, La Pasionaria, Casares Quiroga, Líster, Checa, Aguirre, José Díaz, junto a gentes de importancia menos señalada, con frecuencia anónimos: oficiales, soldados, mujeres, niños... Documento literario y político de un periodo -I936-I937- ayuda no sólo a revivirlo sino comprenderlo. Su complejo carácter de descripción, de testimonio histórico, de análisis, proyecta una viva luz sobre las siguientes etapas de la guerra civil que acabó con la derrota de la España republicana. Los editores han querido ilustrar la exposición literaria de Koltsov con numerosos documentos fotográficos -hoy desconocidos en su mayor parte para el publico español- y que ciñen con rigurosa disciplina el texto del autor a lo largo del libro. Mijail Koltsov Diario de la guerra de España Traducido del ruso. Cubierta de André Gürtler 496 pp., num. ilustr. Ft. 16x24 Paris 1963 LA DESTRUCCIÓN DE GUERNICA El libro consta de una presentación de Fierre Vilar, un prefacio del autor, una nota preliminar histórica y tres capítulos: El suceso, la controversia y las conclusiones. Siguiendo su costumbre, Southworth dedica mucho más espacio a la controversia (296 páginas) que al conjunto de acontecimientos y conclusiones (112 y 92 páginas, respectivamente). Termina el libro con una extensa bibliografía (13 páginas) y un índice patronímico (14 páginas). En el prefacio el autor nos indica que este libro nació como parte de una revisión de su anterior obra, "El mito de la cruzada de Franco", que comenzó en 1967. Añade Southworth que inicialmente se centró sobre las preguntas ¿cómo fue destruida Guernica? ¿Por quién fue destruida?, y más adelante decidió plantearse una tercera interrogante. ¿Por qué fue destruida? Si hacemos caso al autor, sólo mientras respondía a estas cuestiones se dio cuenta de que debía hacer un esfuerzo adicional para explicar la controversia que sucedió a la catástrofe y ahondar en los orígenes, características y asombrosa duración de esta polémica, en especial el diferente tratamiento que tuvo la noticia en Francia y los países anglosajones. En la nota preliminar, Scuthworth presenta un breve estudio geográfico-histórico de las provincias vascas desde 1930 a 1937, con unas breves alusiones a las guerras carlistas del siglo XIX y sus consecuencias político-económicas. Termina con un breve párrafo sobre la villa de Guernica, su posición geográfica, valor económico y significado regional. Southworth divide el primer capítulo en cuatro apartados, en los que estudia sucesivamente las noticias procedentes de Bilbao, la respuesta de Salamanca, las condiciones de trabajo de la prensa extranjera en la zona nacionalista y las noticias enviadas desde Vitoria. En el primer apartado, Southworth analiza los informes de los corresponsales británicos Steer, Holme y Monks y del belga Corman, que representaban a "The Times", "Renter", "Daily Express" y "Ce Soir", respectivamente. Holme y Monks habían sido expulsados de la zona nacional, y de creer a Peter Kemp igual habría sucedido con George Steer, aunque Southworth pone en duda esta afirmación; en cuanto a Corman, había estado en Asturias cuando la revolución de Octubre de 1934 y en 1936 hizo acto de presencia en los frentes de Aragón y Madrid y en abril de 1937 estaba terminando su libro "Salud, camarada". Ninguno de los cuatro estuvo en Guernica durante el bombardeo. Tuvieron conocimiento de la noticia en Bilbao, a la hora de la cena del 26 de abril de 1937, y en seguida recorrieron tan pronto como les fue posible los 30 kilómetros que median entre ambas villas vizcaínas. Monks, Corman y Holme enviaron sus telegramas desde Bilbao a tiempo para que pudieran ser incluidos en los diarios británicos de la tarde del 27. El que tuvo más éxito inicial fue Holme, ya que su telegrama a la agencia Reuter sirvió de base a los textos que publicaron dicha tarde los diarios "News Chronicle", "Evening News" y "Evening Standard". Un cuarto diario de la tarde publicó la noticia, "The Star", pero su relato no se ajusta al texto de Reuter y en él se dice que su corresponsal estaba en Guernica a las cinco de la tarde y que presenció el bombardeo. Southworth escribe que no ha podido identificar a este corresponsal y que Holme le ha asegurado recientemente que no recuerda a ningún corresponsal de "The Star" en aquellos días, pero a Jesús Salas no le ha resultado trabajoso localizar al autor de dicho relato y comprobar que también llegó a Guernica cuando los aviones ya habían vuelto a sus bases. Southworth ilustra a continuación al lector de que en la mañana del 28 de abril "The Times" publicó la versión de Steer, "Daily Express", la de Noel Monks, y el telegrama de Reuter fue reproducido por "The Glasgow Herald", "Manchester Guardian" y "Daily Herald". "Daily Post", "Daily Mail" y "Daily Telegraph", y el comunista "Daily Worker" también dieron noticias del bombardeo. De la prensa de habla francesa sólo el comunista "Ce Soir" publicó la noticia en la tarde del 27. En la mañana del 28 dos diarios franceses ("L'Humanité" y "L'0euvre") y uno argentino ("La Nación") reprodujeron un telegrama de la agencia Havas procedente de Bilbao. Otros tres diarios franceses recibieron la noticia de la agencia progubernamental española Espagne y dos más utilizaron las publicaciones británicas como fuente de información. La prensa norteamericana se benefició de las cinco horas de retraso horario y así el "Chicago Daily Tribune" pudo incluir en su última edición de la mañana del 27 una noticia urgente acerca del bombardeo de Guernica. Todos los diarios de la tarde tuvieron a su disposición los resúmenes de las tres agencias norteamericanas "Associated Press", "United Press" y "Universal News Service". El 28 la noticia se extendió por todo el mundo. En cuanto a las informaciones de origen vasco, Southworth sólo alude a las dos declaraciones del Presidente Aguirre (la primera a mediodía del 27 y la segunda dos días después), a la actividad posterior del canónigo Alberto Onaindía ("Padre Olaso") en París y a la emisión de radio del 4 de mayo, en la que intervinieron el ministro vasco de Justicia, Leizaola, y algunas personalidades guerniquesas. Ni rastro de las noticias de la prensa de Bilbao. El primer mentís provino de Radio Requeté, a las nueve de la noche del 27, que se refirió a las declaraciones de Aguirre por Radio Bilbao y achacó el incendio de la villa a sus seguidores. Radio Salamanca añadió esta misma noche que los aviones nacionales no habían podido despegar en todo el día a causa del mal tiempo. Queipo de Llano insistió en el mismo tema y, según Southworth, aludió el siri-miri (sic), viento (sic) característico de la región. El autor cree que no fueron Vicente Gay ni Manuel Arias Paz los que prepararon el comunicado de Radio Salamanca, sino Luis Bolín, y que esta misma persona escribió el artículo "El incendio de Guernica", que apareció en la prensa nacional el 30 de abril, al día siguiente de la ocupación de la villa por las brigadas navarras. El 2 de mayo la censura de Salamanca aprobó un comunicado de la agencia Reuter que publicaron el "Morning Post" del mismo día y "The Times" del 4 de mayo, en el que se aceptaba como posible "que algunas bombas hayan alcanzado Guernica en los días en que nuestros aviones operaban contra objetivos militares importantes". Termina Southworth este segundo apartado del capítulo primero con unas reiterativas e innecesarias demostraciones de que la Aviación Nacional sí que voló el 26 de abril de 1937, pues este hecho ha sido afirmado por todos los tratadistas españoles serios desde 1969 y nunca había sido negado con anterioridad (Radio Salamanca aseguró que la Aviación Nacional no voló el 27, pero no dijo nada de la jornada anterior). En el apartado tercero del capítulo primero, Southworth trata de patetizar al máximo la situación de los corresponsales progubernamentales en zona nacional y nos presenta a Luis Bolín como una fiera desenjaulada en busca de presa. No se plantea el tema de qué hubiera sucedido a corresponsales pronacionales de habérseles ocurrido tratar de enviar desde zona gubernamental reportajes ajustados a sus ideas. El apartado cuarto del primer capítulo estudia las noticias procedentes de Vitoria después de las visitas a las minas de Guernica de los corresponsales italianos, alemanes, anglosajones y franceses (días 29 de abril y 1 y 3 de mayo). Dedica una decena de páginas al suceso Berniard. Después estudia los despachos de Botto (agencia Havas), Mévil, Massot, Holburn y Corney. Southworth divide el capítulo segundo en controversia durante la guerra civil (polémica pública en los países anglosajones y en Francia y secreta en los papeles diplomáticos) y controversia entre 1939 y 1974. El exhaustivo comentario a la controversia durante la guerra aporta pocos datos nuevos a los planteamientos iniciales, por lo que, a efectos de esclarecer la verdad, carece de interés aunque sirve para que Southworth nos abrume con su poco útil erudición. Como excepción, debemos destacar el valor documental de un libro publicado en Londres en 1938, "Guernica: The Official Report", versión inglesa del informe de la Comisión oficial nacionalista del año anterior, que no llegó a editarse en España. En el apartado segundo del capítulo segundo, Southworth, al estudiar los libros de la posguerra, se muestra escéptico ante un párrafo del libro de Belforte en el que se alude a que los bombarderos italianos de Soria atacaron a pesar de que este dato fue reproducido en la segunda edición del libro de Guido Maffioti. En cuanto a los frentes alemanes, cita Southworth una hipotética conversación de Goering con los americanos Sander y Joseph Maier en la prisión de Nüremberg, que el autor cree existieron realmente, aunque reconoce que nadie los ha visto desde 1949. Se apoya luego en la conferencia del arquitecto de Regiones Devastadas Gonzalo de Cárdenas Rodríguez, dada en Madrid el 3 de julio de 1940, para asegurar que 271 casas de Guernica quedaron totalmente destruidas (el 65 por 100 de todas las arrasadas en Vizcaya, que fueron 401). El primer testimonio importante de la posguerra que aduce Southworth es el de Adolf Galland en 1953, quien reconoció que a su llegada a Vitoria, en mayo de 1937, la moral de la Legión Cóndor era baja como consecuencia del fracaso de Guernica, ya que en vez de destruir un puente que los republicanos usaban para el transporte de sus tropas y evitar daños en lo posible a la población civil, que era la orden recibida, los resultados del ataque fueron los contrarios. Por ello, añadía Galland, nadie hablaba de buen grado sobre Guernica. Dos años después se publicó en España el libro de Galland, con algunos cortes en el texto, pero manteniendo el reconocimiento del bombardeo alemán. Simultáneamente, Monks editó sus memorias y mantuvo su relato de 1937. Hugh Thomas, en su conocida síntesis de 1961, expuso la teoría de que la Legión Cóndor, amparada en las instrucciones de Mola del 31 de mayo de 1937, bombardeó la villa deliberadamente, con idea de destruirla, para comprobar los efectos de un ataque devastador. Este mismo año entró en escena el concienzudo historiador alemán Manfred Merkes, que admite el bombardeo alemán basado en las obras de Beumelburg y Galland; su obra tuvo poca difusión fuera de Alemania. Aznar admitió el bombardeo en la segunda edición de su "Historia", aparecida este mismo año. En 1962 el americano Robert Payne aportó interesantes extractos de las memorias inéditas del sargento vasco Aristarco Yoldi. Al año siguiente salen a la venta en España las traducciones de las obras del francés Georges Roux y del inglés Cleugh, que admiten el bombardeo, aunque el primero lo achaca a una escuadrilla alemana y el segundo a la aviación de Mola. La traducción española de la biografía de Franco escrita por Claude Martin, que vio la luz en 1965 incluye una nota a pie de página que no tenía el original francés, en la que se dice que el bombardeo produjo numerosas víctimas. El mismo año 1965, el norteamericano Gabriel Jackson aceptó la versión de Steer en su forma más exagerada y dio por seguro que los puntos esenciales de esta versión habían sido confirmados por muchos oficiales alemanes durante el proceso de Nüremberg, aunque es bien sabido que en dicho proceso no se trató del tema Guernica. El primer español que se hizo eco de las versiones extranjeras fue Carlos Rojas, que dedicó a Guernica el noveno capítulo de su novela "Diálogo para otra España", publicado en 1966, siguiendo las tesis progubernamentales de Steer y Holme y las más independientes de Hugh Thomas y Cleugh. Este mismo año aparece la traducción española del libro del germano Dahms, que acepta la culpabilidad alemana incluso sobre hechos que no llevaron a cabo, da muchos datos inexactos y admite una cifra de muertos en Guernica, que ya no era sustentada por Hugh Thomas en la segunda edición de su famoso libro. En 1967 ni Crozier, en su biografía de Franco, ni Luis Bolín, en sus memorias, aportaron menos datos de interés. Elena de Souchère, en su artículo en "Fígaro Littéraire", presenta un nuevo testimonio, el de Ángel Ojanguren y Celaya, empleado vasco del Consulado británico en Bilbao, que acompañó al cónsul Ralph Stevenson en su visita a Guernica el 27 de abril de 1937. Hills, otro biógrafo de Franco, aceptó no sólo la destrucción de la villa por la Legión Cóndor, como acto voluntario e independiente de las autoridades españolas, sino también la cifra de muertos que admitió Hugh Thomas en la primera edición de "The Spanish Civil War"; expuso por primera vez que Franco había tenido una tempestuosa entrevista con Von Funck, con motivo de esta extralimitación de los aviadores alemanes. La "Crónica de la guerra de España" dedicó su cuaderno 62 al tema de Guernica, que trató en su habitual método de presentación de textos de tesis encontradas. Bernardo Gil Mugarza es el primer español que rechaza la teoría de que las tropas en retirada colaboraran en la destrucción de Guernica ("España en llamas", 1968), y el primero que reproduce extractos del posterior libro de Vicente Talón. En 1969 Merkes publicó una segunda edición de su obra "Die deutsche Politik gegenüber dem Spanischen Bürgerkrieg", tan ampliada, que casi puede considerarse como una obra nueva. En ella publicó testimonios adicionales del bombardeo, los de Von Richthofen, Jaenecke, Meise y von Beust, que no aclaran suficientemente los hechos, pues los pocos detalles concretos suministrados no son concordantes. Este magnífico libro no tuvo la difusión que merecía. En España no lo citan V. Talón, Martínez Bande, Ricardo de la Cierva, ni Ramón Salas; Jesús Salas sólo lo hace en su segundo libro ("Intervención extranjera en la guerra de España"), que se puso a la venta en 1974. En el extranjero, Gabriel Jackson aún no lo conocía en 1975, según pudo comprobar el critico personalmente. A partir de este año 1969, Southworth abandona el orden cronológico, sin justificar convincentemente el cambio de método. Resalta con exceso unas declaraciones y cartas de Ricardo de la Cierva a los diarios "Arriba" y "El Pensamiento Navarro" y a la revista "Historia y Vida" y comenta prioritariamente los libros de Jaime del Burgo ("Conspiración y Guerra Civil") y Martínez Bande ("Vizcaya"), cuyas referencias a Guernica son marginales y deja en segundo plano el libro específico de Talón "Arde Guernica" que, a pesar de sus errores, representó, sin duda, la mayor contribución al esclarecimiento de lo que realmente había ocurrido el 26 de abril de 1937. Continúa luego Southworth comentando otros cuantos textos sin interés histórico alguno, pero no incluye en su libro los últimos descubrimientos de los hermanos Ramón y Jesús Salas, que aclaran lo fundamental de los hechos acontecidos, aunque aún dejen algunos puntos oscuros. El tercer capítulo del libro comentado está dividido en cuatro apartados, el primero de los cuales se dedica a enjuiciar las actuaciones de Steer y Holburn y a ensañarse con Botto y la agencia Havas. En el segundo apartado del capítulo, dedica 22 páginas al tema de los muertos causados por el bombardeo, sobre cuyo número no se define, zanjando la incertidumbre con la asombrosa conclusión de que los nacionales no han probado que fuera reducido. El tercer apartado tiene por finalidad, según Southworth, aclarar cómo y por qué fue destruida Guernica. En realidad no hace sino repetir las divagaciones anteriores, con la excepción de añadir unas citas al libro de Jesús Salas "La guerra de España desde el aire" (dando a entender que este libro es posterior a los de Talón, Martínez Bande y La Cierva, aunque debiera saber que se terminó de escribir en 1967 y vio la luz en 1970) y el fascículo número 39 de la "Actualidad Española" (en realidad quiere referirse al núm. 38), de este mismo autor, pero sin recoger su argumentación. Scuthworth analiza en el último apartado las razones de la persistencia de la controversia, que, según él, provienen fundamentalmente de que las acusaciones se publicaron en Inglaterra, en diarios conservadores, y fueron avaladas en Francia por un canónigo. JUICIO Escribe Fierre Vilar, en su presentación, que este libro de Southworth levantará cóleras. Nada más contrario a nuestra creencia. Para que una obra genere cóleras debe comenzar por apasionar y no creemos que este sea el caso de "La destrucción de Guernica". Es más, pensamos que aparte de algún crítico honrado, serán pocos los que agoten su lectura, aunque muchos compren el libro con la esperanza de encontrar la verdad sobre lo que ocurrió en la villa vizcaína, esperanza que pronto verán defraudada. Es inconcebible que una persona sepa tanto sobre todo lo que se ha escrito sobre el drama de Guernica y no se haya enterado de casi nada de lo que realmente ocurrió. Resulta también sorprendente que ahora que todos los historiadores alemanes y españoles recientes del suceso han reconocido los errores de la propaganda nacional de 1937, Southworth se empecine en mantener los errores de la propaganda de sus enemigos. No producirá cólera entre los historiadores esta desfasada actitud, señor Vilar, más bien originará estupefacción en unos y regocijo en otros. En lo que sí damos la razón al señor Vilar es en su opinión de que Southworth no admite que se presente como historia una mixtura de medias verdades y mentiras. Southworth exige que se acepten el 100 por 100 de las mentiras de la propaganda contraria al bando nacional. Allá él. Tenemos que agradecer al autor que el prefacio y la nota preliminar sean concisos, pues, en general, Southworth no parece compartir con Gracian la idea de que "lo breve, si bueno, dos veces bueno". Como prueba de buena voluntad inicial pasaremos por alto frases como la siguiente: "Su ejército (el de Mola) no se componía sólo de soldados de la Legión Extranjera, de moros, de tropas italianas, de armamento alemán nuevo, de aviones y pilotos italianos, sino también de hombres y de aviones de la Legión Cóndor". El capítulo primero es el más interesante, aunque el titulo no está de acuerdo con el contenido, pues a lo largo de sus 110 páginas no se nos dice lo que sucedió en Guernica, sino lo que los diversos informadores extranjeros dijeron que había sucedido, que, en general, tiene muy poco en común con la realidad. Un título más justo hubiera sido, pues, las noticias sobre el bombardeo. Para todas las personas que pretenden ahora conocer lo que se escribió sobre Guernica en 1937, este capítulo debe considerarse como sumamente valioso, a pesar de la grave laguna de no reproducir las informaciones de los diarios de Bilbao. Lógicamente hay que suponer que estos periódicos estarían mejor informados que los extranjeros, pero Southworth los ignora y hay que suponer que deliberadamente, pues sus noticias difieren esencialmente de las exageraciones que se publicaban fuera de España, e incluso en otras zonas peninsulares aisladas de Vizcaya: Se da el caso curioso de que algunas reproducciones de desorbitados artículos extranjeros aparecidos en diarios bilbaínos fueron censurados por las autoridades vascas, que no quisieron ver publicados datos que podrían ser refutados fácilmente por gran parte de los evacuados de Guernica. Estos decisivos hechos deberían haber hecho vacilar a Southworth, quien, aferrado a sus prejuicios, se limita a silenciarlos. El capítulo segundo es menos interesante que el primero, ya que, en general, la larga controversia de más de treinta años se centra en las mismas posturas iniciales, de forma que la exhaustiva recopilación de textos que nos presenta Southworth sólo es útil para eruditos con afición de coleccionistas. Eso sí, sirve a Southworth para ejercitar sus afiladas condiciones de crítico punzante, entre la reiterada falta de imaginación de los escritos pronacionales hasta los años 60. Pero últimamente los términos se invierten, pues el descubrimiento por Ricardo de La Cierva del informe Herrán y la continua labor investigadora del alemán Merkes, de Vicente Talón y los hermanos Ramón y Jesús Salas da frutos y permite al último presentar una síntesis plausible, que deja claramente al descubierto las tergiversaciones de Steer y sus amigos, aceptadas a pies juntillas por Southworth, que ahora sólo puede evitar el quedar en evidencia ante sus lectores escamoteando los resultados de las últimas investigaciones y de las primeras informaciones de Bilbao. El capítulo tercero es, con gran diferencia, el peor de todos. La catadura moral de Southworth queda al descubierto con su inelegante y fácil diatriba contra Botto, que por estar difunto carece de posibilidades de reacción; este implacable alegato hubiera podido tener justificación de haber sido necesario para demostrar la existencia del bombardeo, pero es incalificable una vez que españoles y alemanes admiten que Guernica fue bombardeada. El segundo apartado del capítulo es, quizá, aún más sorprendente. Vicente Talón ha demostrado, sin lugar a dudas, que el número de muertos debidos al bombardeo de Guernica es intermedio entre 100 y 200, y más próximo a la primera que a la segunda cifra. Esto mismo fue afirmado por el informe Herrán en 1937 y a idéntica conclusión llega Jesús Salas. Los primeros informes de Bilbao indican, según hace resaltar este último autor, que las bajas eran pocas comparadas con los daños materiales. Incluso los despachos iniciales de Steer, Holme, Monks y Corman hablan de algunos centenares, no de muchos centenares; en seguida la prensa extranjera eleva la cifra a 800 y luego llega a citar el millar pero esto nunca es reproducido por los periódicos de Bilbao. La cifra de 1.654 que recogió Hugh Thomas en la primera edición de su libro es muy posterior. Claro que no es la mayor, pues hay quien la sitúa por encima de los tres millares. Southworth no se encuentra con valor para sostener estas desorbitadas cifras, pero despacha el tema diciendo que los escritores pronacionales no han probado que el número de muertos fuese reducido. Tampoco se molesta Southworth en consultar el Censo de 1930, para conocer la población de la villa de Guernica en 1936, que, como nos dice Jesús Salas, no llegaba a los 4.000 habitantes, en vez de los 7.000 que acepta Southworth. En el tercer apartado de este capítulo tercero, el autor admite, sin más, la versión que dieron los corresponsales Steer, Holme, Monks y Corman, sin desconfiar de que su visita conjunta a Guernica, horas después de que el bombardeo terminara, les permitiera tejer una explicación común, que presentaron con ligeras variantes. Steer ya había visitado Durango días después de que fuera atacado, pero no se enteró qué aviones lo habían bombardeado (Southworth sigue sin enterarse treinta y ocho años después). Dos semanas después conoció el derribo de dos bimotores alemanes, el 18 de abril, a la vuelta de una acción sobre Bilbao, noticia que ocupó mucho espacio en la prensa de esta capital. De aquí que no temiera errar al asegurar que los guerniqueses identificaron como alemanes los aviones atacantes, a pesar de la insistencia en que la villa no había sido nunca bombardeada con anterioridad, por ser una ciudad abierta. Si no había soldados en Guernica y la aviación enemiga no la había sobrevolado nunca ¿Reconocieron sus habitantes a los aviones alemanes por ciencia infusa? Hay que insistir en lo difícil de la identificación, pues la mayor parte de los aparatos participantes en la oleada principal (Junkers-52 y Heinkel-51) eran tipos usados indistintamente por españoles y germanos. Algunos relatos concretan que ciertos testigos vieron cruces gamadas pintadas en los aviones, aunque es bien sabido que ese emblema no fue nunca usado por la Legión Cóndor. Más extraño es que reconocieran como alemanes a los tres primeros bombarderos que actuaron sobre el puente de Rentería, ya que Ramón Salas ha demostrado, sin lugar a dudas, que fueron tres Savoia-79 italianos. Si Steer nos cuenta lo que quiera en un tema relativamente intrascendente como éste y los testigos se equivocan de lleno ¿qué se puede pensar de relatos provocativos como el de las pasadas reiteradas de grandes masas de aviones durante más de tres horas, el ametrallamiento a la población civil en el Ferial de la villa, etc.? Jesús Salas nos recuerda que la primera noticia de la prensa de Bilbao cuenta el bombardeo masivo de la villa entre las 18.30 y las 19.00, y fue precedido, según concreta el padre Onaindía y otros muchos testigos, por un ataque de bombarderos aislados a partir de las 16.50. Este ataque es el que realizaron los tres aviones italianos que despegaron de Soria y operaron sobre el puente en columna de a uno. A las 16.50 no había nadie en el Ferial por dos razones: la primera y principal porque el 26 de abril fue prohibido previsoriamente el mercado por el Delegado Gubernativo, señor Lazcano, como ha explicado Vicente Talón y la segunda, porque el mercado habría acabado a esa hora aunque no hubiera sido cancelado. Pero, de haber permanecido alguien allí a una hora tan tardía (el mercado era matinal; a esa hora de la tarde casi todos los varones solían estar presenciando en el frontón los partidos de pelota que ese día también fueron prohibidos por el señor Lazcano), el bombardeo del no muy lejano puente de Rentería por los tres aviones italianos los hubiera desperdigado. Aquí debemos recordar que Southworth sigue escribiendo que esta presencia italiana no tuvo lugar y que tampoco quiere saber que la Legión Cóndor llegó con 18 bombarderos como máximo (demostrado por Ramón Salas) hora y media después, como indicó la prensa de Bilbao, y estuvieron sobre la villa de 18.30 a 19.03 (en realidad bastante menos tiempo como ha razonado Jesús Salas recientemente, aunque probablemente dentro de este margen). Es normal que el aviso de fin del bombardeo no sonase hasta media hora después de que los aviones se alejaran, como nos recuerda el mismo Jesús Salas, lo que explica que los testigos dieran como hora de terminación del raid las 19.30 e incluso las 19.45. Esta es le explicación a las tres horas de permanencia sobre Guernica, que en realidad se redujo a breves periodos que no llegaron a treinta minutos en total. En cuanto a los daños el propio Southworth admite que los edificios en llamas al acabar el bombardeo sería de 40 a 50, como mucho, y añade que finalmente llegaron a quedar destruidas 271. Nadie ha explicado hasta ahora, según ha razonado Jesús Salas, por qué no llegaron los bomberos de Bilbao antes de las 11 de la noche (seis horas después de iniciado el ataque) y regresaron a la capital a las 3, tras cuatro horas de casi nula eficacia. Vicente Talón admite la posibilidad de que se fueran espontáneamente, tras la evacuación de la población de la villa y de las tropas en retirada, por miedo a caer en manos del enemigo, pero Jesús Salas no considera aceptable esta explicación dado el gran número de autoridades bilbaínas que había aquella noche en Guernica, que cita en su trabajo. Southworth critica duramente, más adelante, a los escritores que admitieron una doble motivación a la destrucción de la villa: el bombardeo y el incendio deliberado. Pero no puede alegarse que exista una decisiva diferencia entre provocar un incendio y hacer poco o nada por extinguirlo (impedir que fuera contrarrestado, como algunos testigos declararon). Que Guernica no era una ciudad abierta lo ha demostrado Martínez Bande, que sitúa en el plano de la villa los acuartelamientos de tres batallones, y Vicente Talón, que nos dice el nombre del servidor de una de las ametralladoras antiaéreas que la defendían. Que un bombardeo aéreo era previsible, escribe Jesús Salas no necesita otra justificación que la existencia de los refugios antiaéreos y de las ametralladoras antiaeronaves. Todas estas razones son olímpicamente ignoradas por Southworth. A pesar de lo que escribe Southworth, podemos afirmar, de acuerdo con Jesús Salas, que el bombardeo de Guernica no fue ordenado por Berlín (allí no sabrían ni que esta villa existía), ni por Salamanca (nunca se inmiscuyó el Cuartel General del Generalísimo, ni siquiera la Jefatura del Aire, en señalar los objetivos de las acciones tácticas). Fue debido a una petición de las tropas de tierra a las Fuerzas Aéreas del Norte, que deseaban se interceptase el paso por el puente de Rentería, bien a las tropas que intentasen impedir el desplome del frente Lequeitio-Marquina o a las que trataran de retirarse de dichos sectores. La misma petición se hizo a la Aviación Legionaria y envió tres trimotores. Siguiendo el razonamiento de Jesús Salas, parece encontrarse una diferencia de criterio entre ambas aviaciones en la diferencia de potencia de la formación lanzada sobre el objetivo, seis veces mayor la de la Legión Cóndor, aunque no debe olvidarse que la Aviación Legionaria sólo contaba con los tres bombarderos rápidos que utilizó y que la distancia de Soria a Guernica podría explicar la no participación de los bombarderos pesados, que ese día actuaron sobre Alcala de Henares. Pero debe descartarse el propósito deliberado de destruir el centro urbano, ya que, según ha demostrado Jesús Salas, la Legión Cóndor sólo bombardeó el puente de Rentería y la parte de la villa situada entre la carretera y el ferrocarril Guernica-Amorebieta, desde el puente citado hacia el sur. La carga de bombas, contra lo que escribe Southworth, fue la habitual, aunque los resultados vinieran a ser totalmente diferentes por el cúmulo de factores que se reunieron la noche del 26 de abril de 1937. En lo que está acertado Southworth es en achacar el gran éxito de la versión por él sustentada a que fuese divulgada por diarios anglosajones nada prosistas y avalada en Francia por un canónigo vasco, aunque hay otras razones de sobra conocidas, que no cita, que contribuyeron asimismo en gran medida. Autor: R. Southworth, Herbert [sic] Editor: Ruedo Ibérico. Lugar y fecha: Paris, 1975. Páginas: XXIV + 535. La represión nacionalista de Granada en 1936 y la muerte de Federico García Lorca Ian Gibson relata los detalles de una historia real que parecía sabida, pero que, efectivamente no se conoce en profundidad : la muerte de Federico García Lorca. Una muerte más de la guerra civil española, pero que, por la calidad de la persona asesinada y por las circunstancias que en el hecho concurrieron, ha terminado convirtiéndose en un símbolo ; un símbolo que arropa un dato exacto : la represión franquista ; más exactamente, el valor de la represión como base sobre la que se asienta el poder del Estado en España desde 1939. Hay que convenir en que sobre el valor abstracto « Lorca-símbolo » se había alzado una mitología de signo contrario, pero usada indistintamente a derecha e izquierda. Y no parece obvio advertir que al nacimiento de esta mitología no había sido ajeno, ni mucho menos, el mismo poeta. Con García Lorca moría Ignacio Sánchez Mejías y en García Lorca se asesinaba a Antoñito el Camborio; figuras, una de la vida taurina y otra de ficción, que habían sido pretexto para que el poeta se recrease (de volverse a crear) a sí mismo. ¿ Aquel « andaluz tan claro, tan rico de aventura», era el Ignacio emparentado con los « Gallos » o el mismo Federico ? Pero, avancemos de menor a mayor. Tal mitología personal, legítima en cualquier poeta, se enriqueció o se ensombreció por la historia real, turbia y contradictoria. En 1954, aparecía en Madrid la primera edición de las Obras completas (Aguilar) de Lorca ; en la biografía cronológica que se incluye, al llegar al mes de julio de 1936, aparece esta palabra : « Muere » ; aparte el abultado error temporal (Lorca fue asesinado el 19 de agosto de 1936) casi podría resultar encomiable el laconismo, tan poco usual en las letras hispanas. Gibson cuenta en su libro cómo muere Lorca ; más correctamente, cómo fue asesinado. Para ello, ha realizado una laboriosa tarea, la única, además, objetivamente adecuada para desarrollarla con honestidad y con rigor científico. Vivió en Granada, más de un año ; habló con los más próximos al poeta, aún vivos ; reconstruyó el ambiente granadino, desde febrero de 1936 (las elecciones del Frente Popular) hasta el mes de agosto del mismo año; y, por último, se entrevistó con los muy aparentemente responsables del crimen. Varias eran, hasta ahora, las hipótesis « oficiales » en torno al suceso de Granada. Franco, el 26 de noviembre de 1937, había declarado a La Prensa de México: «Lo cierto es que en los primeros momentos de la revolución en Granada, ese escritor (se refiere, sin nombrarlo, a Lorca) murió mezclado con los revoltosos ; son los accidentes naturales de la guerra.» Nos hallamos ante los dos polos de una misma falsedad : Lorca, revoltoso (revolucionario); Lorca, víctima de un « accidente », de los elementos incontrolados. El trabajo de Gibson, muy superior a todos los anteriores (Claude Couffon, Marcelle Auclair, por citar a dos de los más divulgados), y que sigue los pasos a Gerald Brenan, tiene el gran mérito de dejar bien claros dos extremos : García Lorca no fue un revolucionario, y mucho menos un revoltoso. El grado de compromiso de un poeta, de cualquier intelectual, sólo puede medirse por su actividad política personal o por su obra escrita y publicada. Con respecto a lo primero, Lorca era un hombre « irreal », en el sentido más amplio y lírico del término, dotado de una gran conciencia humanista (« Yo siempre seré partidario de los que no tienen nada... ») ; bagaje que, siempre hay que recordarlo, era más que suficiente por otra parte para asesinar a una persona en la retaguardia andaluza de la guerra civil. Habría que insistir, como hace Gibson, en la vida y en el ambiente de las provincias andaluzas (y, en general, de todas las provincias españolas), que pueden resumirse con dos palabras : envidia y mediocridad. Y también habría que recordar otra constante del fascismo que se repite en todas sus versiones nacionalistas : el anti-intelectualismo. Puede afirmarse que, prácticamente, cuando se inicia la guerra civil, García Lorca no era un temible enemigo político en Granada, ni tampoco un intelectual arrojado a la aventura de la praxis revolucionaria ; pero que tanto por su postura personal, como por su ideología humanista, era un enemigo objetivo del fascismo español que comenzaba entonces su larga vida. Lo demás, las teorías acerca de lo que habría sido García Lorca de no haber sido asesinado, no son admisibles ni a nivel histórico, ni a nivel científico. El segundo extremo, también aclarado por Gibson, es la especie tan hábilmente propalada, de que Lorca murió a manos de unos elementos irresponsables, de un puñado de fanáticos «un accidente natural de la guerra». Gibson determina, de una vez para siempre, que el poeta permaneció desde la tarde del 16 de agosto de 1936 hasta la madrugada del día 19, en el edificio del gobierno civil granadino. No fue, por tanto, una vendetta particular, ni un penoso accidente; Valdés Guzmán, gobernador civil, tuvo largo tiempo para meditar su acción, así como sobre los resultados de la misma. Gibson avanza también la hipótesis, basada en algunas confidencias personales, de que el general Queipo de Llano tuvo conocimiento de la detención de Lorca y que recomendó su fusilamiento. No hubo, pues, accidente, sino crimen premeditado. Ahora bien en torno al Lorca asesinado se ha cernido una conspiración complicada, unas veces por el silencio y otras por las contradicciones. Por ahora, seguimos sin conocer los motivos inmediatos que provocaron el asesinato, así como permanecen ocultos los nombres de los más directos responsables. Gibson ha conversado largamente con Luis Rosales, en cuya casa familiar granadina se refugió Lorca y donde fue detenido, y también con Ramón Ruiz Alonso, diputado cedista que procedió personalmente al acto físico de la detención. Las declaraciones de ambos, en grados distintos, son una ilustración evidente de inconsecuencia, de irresponsabilidad y, hasta diríamos, de un inconcreto miedo físico. Los dos niegan su responsabilidad y se consternan ante el crimen perpetrado hace ya más de treinta años. Pero de las entrelineas de las dos declaraciones, queda flotando algo palpable : que los dos saben más de lo que dicen y que ambos callan, que silenciosos se irán a la tumba con un secreto posiblemente comprometedor. En consecuencia: García Lorca, que sobre el papel no era un temible enemigo político sino un honrado idealista, fue fría y premeditadamente asesinado. Y que en España, todavía hoy existen personas que conocen los motivos, así como los inductores y los autores directos del crimen. En el libro de Gibson estos puntos, unas veces por prueba evidente y otras por omisión, quedan suficientemente establecidos. Gibson rebate también otra tesis muy difundida y que, recientemente, desempolvó Jean Louis Schonberg : la muerte de Federico García Lorca, según el autor mencionado, se debió a un turbio ajuste de cuentas entre homosexuales granadinos. Para nosotros, esta última versión es tan digna de respeto como las anteriores o, por el contrario, tan escasamente fidedigna. Es decir, o tan intrascendente o tan fundamental. Sobre la homosexualidad de Lorca parece que no cabe discusión alguna, sin necesidad de la ya tópica referencia literaria a la Oda a Walt Whitman ; tampoco estimamos seria la maniquea teoría de los homosexuales buenos y de los homosexuales perversos ; tesis tan reaccionaria como aquella otra que divide a los negros en buenos y en malos, en función de su arado de sometimiento al poder establecido. Un análisis político de la muerte de García Lorca exige que se asuma plenamente su condición de homosexual, como también debe tenerla en cuenta una critica literaria de su obra. Algo similar a lo que Octavio Paz realizó en su espléndido ensayo sobre Luis Cernuda, publicado en Cuadrivio, bajo el titulo de «La palabra edificante». Tocamos aquí un punto medular de la natural idiosincracia reaccionaria de1 español, de opuestas ideologías, que cuando ya no encuentra argumento con el que fulminar a su rival (profesional, político, intelectual, etc.), lo condena a las tinieblas, vociferando: «...y,ademas, es maricón» Pero, más terminante que nuestra afirmación son las palabras de Paz, en el artículo sobre Cernuda más arriba citado, cuando escribe sobre el poeta sevillano: « Homosexualidad se vuelve sinónimo de libertad ; el instinto no es un impulso ciego: es la crítica hecha acto. Todo, el cuerpo mismo, adquiere una coloración moral. En estos años [Cernuda] se adhiere al comunismo (1930). Adhesión fugaz porque en esta materia como en tantas otras, los troyanos son tan obtusos como los tirios. La afirmación de su propia verdad le hace reconocer la de los demás: «Por mi dolor comprendo que otros inmensos sufren», dirá años después. Aunque comparte nuestro comun destino no nos propone una panacea. Es un poeta, no un reformador» (Octavio Paz, Signos de rotación, Madrid, 1971, p. 144) Queremos decir, con todo lo que antecede, que tan execrable nos parece el asesinato de Lorca por ser un granadino triunfador en los escenarios madrileños y causante de la envidia de sus paisanos, por ser un socialista convencido gracias a su universal humanismo, como por ser y asumir plena y libremente su condición de homosexual. En España, se mata por las ideas políticas; pero el español también mata por machismo. Y el fascismo español es la sublimación del machismo ibérico. Es una lástima que Gibson no se haya detenido en este aspecto concreto de nuestra historia. Para finalizar, queremos señalar otra virtud, y no de las menores, del estudio de Gibson. Para los españoles que no vivimos la guerra civil, Lorca quizá tenga otra mitología que para aquellos que directamente la padecieron. Para nosotros, Lorca ha llegado a representar, como Antonio Machado y Miguel Hernández, la fe de bautismo de la represión practicada a escala nacional ; el nombre concreto, santo y seña, de millares de españoles anónimos igualmente asesinados por el fascismo. Por ello, es tremendamente valioso el análisis espectral que Gibson realiza de las fuerzas políticas granadinas entre marzo y agosto de 1936; asi como el Apéndice B: «Muertes atribuibles a la represión nacionalista de Granada». Ya es hora de devolver su nombre y su apellido a tantos muertos. Y, en el plano científico, pensamos que es la única fórmula para reescribir la historia de la guerra civil: descender provincia por provincia, nombre a nombre, y aproximarnos, sin literatura, a la represión. Máximo Ordóñez [Roberto Mesa]NOTA DE LA EDITORIALFederico García Lorca, el más célebre de los poetas andaluces, fue asesinado en agosto de 1936 por los rebeldes « nacionalistas » en su Granada natal. Tenía entonces 38 años. Durante más de 30 años, el misterio que rodeaba las circunstancias exactas de su muerte fue cuidadosamente mantenido por el gobierno del general Franco. Durante mucho tiempo, fueron sugeridas múltiples hipótesis para explicar su desaparición : venganza de la Guardia civil, herida en carne viva por el célebre Romance de la Guardia civil, turbia pelea entre homosexuales, etc. En 1965, un joven hispanista, que preparaba una tesis sobre la poesía de Lorca, se instaló en Granada para proseguir sus investigaciones. Las personas que interrogó (amigos o enemigos del poeta) lo dirigieron por un camino inesperado: el de las circunstancias históricas y políticas de la muerte de Lorca. Ian Gibson abandona su proyecto inicial y emprende sobre un tema nuevo, y durante varios años, investigaciones que hacen de su obra el mejor libro conocido sobre la sublevación militar y el terror en una capital de provincia española. Gibson esclarece de manera exhaustiva el papel de los falangistas, de los demócratas cristianos de la CEDA y de los militares en el asesinato del poeta. Analiza igualmente los motivos de ese crimen y los libera de la trama complicada y tenue en que los encerraban tanto la propaganda franquista como la republicana. La edición original en español de este libro fue publicada en París en 1971. En 1972 recibía el Premio Internacional de la Prensa en Niza. A este último propósito cuenta José Angel Escurra, director de Triunfo, lo siguiente: EL PREMIO INTERNACIONAL DE LA PRENSARecién comenzado el 72 recibí la invitación para formar parte, representando a Triunfo, del jurado que discernía el Premio Internacional de la Prensa con ocasión del Festival del Libro de Niza. Era una buena oportunidad para ampliar la presencia de Triunfo en el extranjero, lo que solía producir cierto respeto reverencial en algunos influyentes miembros de la Administración, especialmente en los que se consideraban "al día" de la actualidad cultural. Convocado por Le Nouvel Observateur, participaban en ese jurado los directores - o representantes - de The Observer (Terence Kilmartin), Newsweek (Edward Behr) Der Spíegel (Rolf Becker), La Tribune de Genève (Georges-Henri Martín), L'Espresso (Gianni Corbi, alguna vez Nello Ajello o Lilly Marx) y la revista yugoeslava Nin (Frane Barbieri, después Zika Bosganovic). Cada miembro presentaba una obra, a lo sumo dos, que aspiraban a aquel Premio que "recompensaba una obra histórica, un documento de actualidad o un testimonio". según rezaba la convocatoria. En Triunfo decidimos presentar el libro La represión nacionalista en Granada y la muerte de Federico García Lorca de Ian Gibson, un irlandés que era profesor de español en la Universidad de Londres. Había calado hondo en nuestro ánimo la investigación exaustiva de Gibson sobre los hechos que denunciaba ya en su título; se trataba de un libro escrito en un español impecable y editado en París por Ruedo Ibérico. Obviamente la obra de Gibson había sido prohibida en España. Sabíamos de las dificultades que entrañaba, vista desde nuestro país, la decisión de seleccionarla. Pero fue un riesgo calculado que prevaleció - como lo propuse, lo asumí - sobre cualquier otra cautelosa elección que seguramente hubieran comprendido nuestros colegas europeos. Ya en Niza, mantuve duras y largas discusiones con algunos miembros del jurado, pero sobre todo con el editor del Observateur, Claude Perdriel (que sustituía a Jean Daniel), realmente un correoso contradictor. Al fin, venció nuestro candidato frente a obras de autores como Arthur Koestler, María-Antonietta Macciocchi, Edgar Snow, Gilles Martinet, Roy Medvedev o Roberto Vacca, entre otros. Y, mientras toda la prensa europea se hizo eco del galardón alcanzado en Niza por un libro sobre la muerte de García Lorca, en España no se publicó - no se pudo publicar - una sola línea del acontecimiento. (In Triunfo en su época, ed. Alicia Alted y Paul Aubert, Madrid 1995, pp. 558-559 )El ejército republicano en la guerra civil A pesar de la cantidad de publicaciones existentes sobre la guerra civil española, carecemos de estudios globales sobre los ejércitos en liza, así como de monografías sobre aspectos concretos de ellos. Hasta ahora, se han publicado breves artículos del especialista en historia española contemporánea Ricardo de la Cierva y del coronel Ramón Salas, en la compilación de artículos dirigida por el profesor R. Carr (The Republic and the Civil War in Spain, MacMillan, 1971), y en The Spanish Revolution, del profesor S. Payne (Weidenfeld & Nicolson, 1970), hay un capítulo dedicado al ejército republicano. Un estudio de importancia, sobre el ejército republicano del coronel Salas, apareció demasiado tarde para que pudiésemos consultarlo, salvo en lo que se refiere a algunos detalles ocasionales, aunque ya se habían publicado adelantos de su información en la Historia ilustrada de la guerra civil española, de Ricardo de la Cierva (Madrid, 1970) y en La guerra de España desde el aire, de J. Salas (Barcelona, 1969). Asimismo, en la revista Historia y Vida (Madrid-Barcelona) han aparecido ocasionalmente interesantes aclaraciones del coronel Salas y del profesor de la Cierva, normalmente en forma de respuestas a preguntas de los lectores o a partir de artículos sobre aspectos de la guerra. Igualmente, el coronel Salas ha tenido la atención de proponernos, a título personal, algunas referencias. Las fuentes documentales del ejército republicano han sido utilizadas por el coronel J. M. Martínez Bande en su serie de monografías sobre campañas concretas (véase la Bibliografía), pero sus trabajos son de historia militar y se sirve de la documentación para hacer una historia de la guerra más que de los ejércitos. Presumiblemente, también utilizó fuentes documentales el jefe del Estado Mayor del ejército republicano, Vicente Rojo, para sus libros España heroica (Buenos Aires, 1942) y Así fue la defensa de Madrid (México, 1967). Es también probable que las obras sobre la guerra de los dirigentes comunistas de Milicias Enrique Líster (Nuestra guerra, París, 1966) y Juan Modesto (Soy del Quinto Regimiento, París, 1969), así como del subsecretario de Defensa en la parte final de la guerra, Antonio Cordón (Trayectoria: memorias de un artillero. París, 1971), se basen igualmente en alguna medida en fuentes documentales. Aparte de estas obras, pocos hombres de quienes se podría esperar que escribiesen memorias importantes lo han hecho. Los libros de Indalecio Prieto, ministro de Aire y Marina y posteriormente de Defensa nacional, son en realidad reimpresiones de artículos o discursos, y, a decir verdad, no tratan, como él mismo los llama, más que de los entresijos de la guerra, aunque como tales resulten muy útiles. Las memorias de Largo Caballero son decepcionantemente poco informativas, y Juan Negrín no dejó sus recuerdos. Esta carencia de biografías y autobiografías resulta para el historiador un obstáculo tan grande como la falta de memorias militares. Con la excepción de Rojo, el general Gámir y el coronel Casado, los oficiales superiores profesionales no han escrito sus recuerdos. No tenemos nada de Miaja, Hernández Sarabia, Matallana, Prada, Llano, Perea, ni de otros muchos. Y, entre las fuentes impresas, las de Rojo resultan poco informativas porque dicen bien poco acerca de los problemas cotidianos o acerca de lo que él opinaba, y Casado y Gámir escribieron simples apologías. No existe un libro semejante a los diarios publicados por generales de otros ejércitos después de guerras de importancia. Y tampoco, salvo de modo efímero, han registrado sus experiencias los soldados sin graduación. Ello se ha debido a las circunstancias de la vida española desde el final de la guerra, y sólo recientemente han aparecido en España algunas obras de combatientes republicanos. Otros problemas los han constituido las dificultades materiales de publicación en el exilio y la especial reticencia de los españoles. Es para pensar que muy pocas personas escribieron diarios, y, además, las implicaciones emotivas de la guerra civil, la amargura entre los derrotados y exiliados y el temor a las consecuencias de sus revelaciones han disuadido a los perdedores de escribir. Y, naturalmente, todo lo escrito aparece sobrecargado de una parcialidad emocional. La historia militar general de la guerra resulta apropiadamente tratada por los estudios, relativamente no tendenciosos y muy profesionales, del coronel Martínez Bande. Asimismo, se han publicado y han tenido una vasta audiencia estudios politicomilitares de este periodo. Las obras de Hugh Thomas (The Spanish Civil War, Eyre & Spottiswoode, 1961), Gabriel Jackson (The Spanish Republic and the Civil War, Princeton, 1965) y P. Broué y E. Témime (La révolution et la guerre d'Espagne, París, 1961) son los más importantes. Se han hecho algunos estudios económicos de la España republicana durante la guerra (F. Mintz, L'autogestión dans 1'Espagne républicaine, París, 1971, por ejemplo), y han publicado estudios sobre la implicación soviética y no soviética en la guerra española Patricia Van der Esche (The International Repercussions of the Spanish Civil War, La Haya, 1951), B. Bolloten (The Grand Camouflage, Hollis & Carter, 1961) y otros varios estudiosos norteamericanos. Así pues, parece que un estudio de uno de los ejércitos contendientes sería una útil contribución a la historiografía de la guerra civil española. El presente no es un estudio de historia militar o social, sino que, fundamentalmente, pretende examinar el desarrollo de una institución, sus diversas características y aspectos peculiares y su hundimiento. Confío en que arroje luz sobre un periodo de la historia que interesa tanto al lector común como al historiador. La parte más importante del trabajo de investigación realizado para esta obra ha consistido en el estudio de obras primarias y secundarias sobre la guerra civil española, así como en el examen de los archivos del Ejército republicano disponibles en la actualidad aunque dudo que en su totalidad, en Madrid. Este trabajo ha sido completado con la utilización de documentos oficiales en España, así como con correspondencia personal y entrevistas con hombres cuyos recuerdos y opiniones tienen alguna importancia. El examen de la abundante prensa y de los folletos editados por el ejército republicano ha sido muy valioso. Debo profundo agradecimiento al profesor Hugh Thomas, quien me sugirió el tema, leyó el manuscrito y me alentó constantemente; también al Politécnico Central de Londres, por su ayuda para permanecer en España durante otoño de 1971. La Escuela de postgraduados en Estudios Europeos Contemporáneos de la Universidad de Reading y la Dirección General de Enseñanza de Londres me proporcionaron una ayuda financiera que agradezco muy de veras. Igualmente deseo dar las gracias a los responsables españoles de los archivos militares y de la Hemeroteca municipal de Madrid. (1) Y entre mis informadores quisiera dar las gracias al profesor Stanley Payne, a Serafín y Miguel González Inestal y al fallecido Manuel Tagüeña, así como a todos aquellos a quienes menciono por sus iniciales porque desean conservar el anonimato. Toda opinión que no se atribuya directamente a sus fuentes es, naturalmente, mía propia. Por último, agradezco a mi esposa su aliento y la ayuda que me ha prestado con el manuscrito. Michael Alpert Londres, agosto de 1976 1. En el Servicio Histórico Militar se me facilitó la información que deseaba y se me abrieron los archivos con toda amabilidad, con la excepción de cierta información sobre determinadas personas concretas. Es posible que existan documentos sin catalogar. En la Biblioteca nacional de Madrid pude consultar, después de mucho insistir, y bajo la mirada vigilante de un encargado del servicio, varios interesantes folletos editados por el Ejército popular. Resultan extrañas esas precauciones y el que se hayan "extraviado" otros folletos mencionados en los Cuadernos Bibliográficos del profesor Palacio Atard, cuando otros ejemplares de los mismos se pueden consultar con toda libertad, sin ni siquiera exhibir la documentación, en el Ministerio de Información y Turismo. Me consta que hoy ya no se puede consultar la prensa militar del Ejército popular en la Hemeroteca municipal de Madrid, aunque yo no tuve ninguna dificultad para hacerlo en 1971, cuando me presenté con una carta de recomendación, la cual era un requisito indispensable para conseguir el carnet de lector. De los Servicios documentales de Salamanca no puedo hablar porque las limitaciones de mi estudio y del tiempo de que disponía en España no me dieron ocasión a solicitar permiso para consultar esas fuentes. Ahora bien, lo que si diría es que los archivos españoles no son públicos en el sentido de que estén abiertos a cualquier estudioso. Hay que establecer un status e ir recomendado, y dudo mucho de que un escritor que demuestre una actitud hostil hacia el régimen político actual o haya empleado los archivos contra el gusto de las autoridades vuelva a obtener permiso para trabajar en ellos. INDICE Abreviaturas Prefacio 1. El Ejército en 1936 I. Efectivos, eficacia militar y oficiales. Las Juntas de Defensa y el conflicto entre africanistas y peninsulares II. La segunda República: 1931-1936 III. Conclusiones 2. Las fuerzas militares y paramilitares el 18 de julio de 1936 I. Organización II. Las fuerzas militares y paramilitares en el esfuerzo bélico republicano 3. El periodo miliciano: de julio a diciembre de 1936 I. Orígenes de las milicias II. Las milicias de Aragón y Levante III. Las milicias en el norte IV. El Quinto Regimiento V. Las milicias anarquistas VI. Los logros de las milicias VII. Las milicias y los oficiales profesionales VIII.Los comunistas y los oficiales IX. Conclusiones 4. La militarización I. La situación militar II. Reorganización y nombramientos III. El Alto Mando y el Estado Mayor Central IV. La militarización de las milicias V. Las Brigadas mixtas VI. La organización militar posterior VII. L'Exèrcit de Catalunya VIII. La militarización en el norte. Euzkogudarostea IX. Conclusiones X. La situación militar 5. Los oficiales profesionales del Ejército republicano I. Los generales II. Los oficiales III. Los mandos del Ejército republicano IV. Adictos a la causa del pueblo, leales geográficos y desafectos al régimen V. El Gabinete de Información y Control VI. Su capacidad VII. Conclusiones 6. Un nuevo cuerpo de oficiales I. Ascensos II. Los jefes III. Los oficiales IV. Los oficiales de milicias V. Oficiales superiores de milicias VI. Algunos jefes de milicias VII. Escuelas de formación de oficiales y suboficiales VIII.Uniformes e insignias IX. Conclusiones 7. Los comisarios políticos I. Su institución II. Los comunistas y el Comisariado III. El papel de los comisarios IV. La prensa militar V. La salud VI. Educación VII. Los comisarios del Ejército del Ebro VIII.Deserciones IX. Justicia militar X. Conclusiones 8. Los comunistas I. La política comunista en el Ejército II. La reacción de Largo Caballero y Prieto III. La reacción comunista IV. Juicio V. Discusiones posteriores a la guerra VI. Los agravios de la CNT VII. Los consejeros rusos VIII.Armas IX. Las armas rusas X. El SIM XI. Conclusiones 9. Reorganización, derrota, rendición y consecuencias I. Reorganización II. Guerrillas III. Reorganizaciones posteriores IV. La rebelión de Casado V. Negociaciones de paz y acontecimientos posteriores 10. Conclusiones generales Apéndices Un coronel llamado Segismundo. Mentiras y misterios de la guerra de Stalin en España Cuando podía pensarse que se conocía casi todo respecto a nuestra guerra 1936-1939, la obra de Francisco-Félix Montiel descubre facetas desconocidas, particularmente del final. Mentiras y misterios de la guera de Stalin en España. Tal es el subtítulo acertado y preciso. Y es que por encima no sólo del gobierno de la República, sino del verdadero centro de poder que en los últimos tiempos de la guerra fue el partido comunista, figuraba no la política, sino la metapolítica del partido comunista de la Unión Soviética. Y de su motor y cerebro: Stalin. Desde 1938, el hoy denominado «ejército republicano», era republicano en una medida cada vez más exigua. Con propiedad su calificación era la de «ejército rojo». En la batalla del Ebro, los mandos de los cuerpos del ejército pertenecían al partido comunista en su totalidad. Y al producirse los sucesos de marzo de 1939 en Madrid, de los cuatro cuerpos de ejército de la zona Centro, tres estaban bajo el mando del partido comunista. Además, las unidades blindadas, las unidades guerrilleras, y la aviación tenían su inequívoco control por el PCE. La influencia del partido comunista español sobre el gobierno republicano alcanzó una extensión y profundidad inmensas. Dicho gobierno poco o nada podía hacer frente al partido. Si añadimos el colaboracionismo de su presidente Juan Negrín, mucho más util desde su teórica adscripción socialista que si hubiese sido miembros del partido, no ya el colaboracionismo, sino la entrega de ministros como Álvarez del Vayo, de quien en 1998 se sabe ya su papel no sólo al servicio del partido, sino de la simbiosis servicios de información-policía política: N.K.V.D. El control comunista de la República era casi absoluto. El partido comunista español era una simple correa de trasmisión de la Internacional comunista -la Komintern-. Y ésta, perdido con la derrota trotskysta su papel internacionalista, era un instrumento al servicio del partido comunista de la Unión Soviética, a las ordenes de Stalin. El profesor Montiel acierta plenamente con el subtítulo de mentiras y misterios de la guerra de Stalin en España. El testimonio es esclarecedor, pues Montiel fue miembro del aparato del partido. Conoce sus entresijos. No la verdad oficial, sino la de los que dirigen la función entre bastidores. Desmitifica a Casado, rompe los esquemas clásicos, deshace los tópicos sobre el final de nuestra guerra. ¿Podía Segismundo rodeado de fuerzas comunistas enormemente superiores levantarse contra el gobierno, es decir, contra los comunistas sin perder la cabeza en la aventura? pregunta Montiel con considerables dósis de lógica. Casado fue un mero instrumento, aunque él se creyera bien intencionadamente, héroe. Sin él saberlo, utilizándole, manipulándole, se convirtió en un modo de poner fin a la guerra de acuerdo con el plan comunista. Mas no de un plan pensado por José Díaz, Jesús Hernández, o por esa mujer histérica y delatora de sus propios camaradas -hoy magnificada en la España del PP de 1998-, la Pasionaria, o por otros miembros del buró político. Casado fué utilizado según las instrucciones dadas sin posibilidad de réplica por Palmiro Togliatti -el cruel y sanguinario Togliatti como también se le ha conocido a finales de los 90, con datos incontrovertibles-. Y naturalmente por encima de Togliatti, el lider supremo: Stalin. Montiel aporta datos desconocidos: El partido comunista, desde las intenciones de Stalin de llegar a un pacto con Hitler, se encuentra a un coronel llamado Segismundo. Odiado y vilependiado por los comunistas, antes de mayo de 1938, pasa a ser promovido por el verdadero poder -el partido- a jefe fantasma del Ejército del Centro. «Es difícil imaginarse una alimaña más cobarde y escurridiza que el coronel Segismundo Casado», calificaría la Pasionaria. O «masón, politicastro…» Tales son los epítetos que le adjudican. Francisco Félix Montiel quien ocuparía cargos importantes en el PCE hasta que abandona el comunismo en 1948, analiza desde dentro. Con documentos propios, de primerísima mano, señala las contradicciones en que tal personaje, de repente, sea promovido con la anuencia indispensable del partido a puestos militares de máxima importancia. Cumplido su papel, mediante la función dirigida e interpretada desde Moscú, Segismundo de nuevo será insultado con mayor fuerza todavía. Montiel, empleando irónicamente la palabra de Calderón, «Segismundo resultará segismundeado». Obra indispensable para conocer el fin de la guerra española en el lado vencido desde dentro no ya del gobierno, sino desde dentro de las altas esferas del partido, pues el militante de base y los mandos intermedios serían meras comparsas destinadas a sufrir las durezas de la derrota. Los miembros del buró-político, por el contrario, tienen sus aviones disponibles para desde Monóvar huir de la derrota. La aportación de documentos confiere un valor extraordinario a la obra de Montiel. No es historia más o menos fidedigna. Es la exposición vivida en primera persona por quien era el director del aparato de propaganda gubernamental de la república. Por tanto del responsable del aparato de propaganda del partido comunista, dueño del gobierno en los días finales de aquel régimen. MONTIEL, Francisco-Félix: Un coronel llamado Segismundo. Mentiras y misterios de la guerra de Stalín en España. Ed. Criterio-Libros. Apartado 3.198, Madrid. 1998. 236 págs.
25/08/2004
Con voz y voto, Las mujeres y la política en España (1931-1945) Al proclamarse la Segunda República en 1931, las mujeres españolas empezaron a vislumbrar la esperanza de ver cumplido el viejo sueño de la igualdad con los hombres. En efecto, la constitución republicana les otorgaría el sufragio, protección laboral y otros derechos que intentarían redimirlas del lugar que habitualmente habían ocupado en la tradicional sociedad española. En este libro, pionero en la bibliografía de nuestro país, al hilo de las memorias y los textos de muchas de las que protagonizaron un cambio histórico en el metabolismo de España, se traza un apasionante e iluminador recorrido por la larga travesía en el desierto de unas mujeres que ayudaron a sentar las bases de un Estado moderno en 1931, vivieron las contradicciones, euforias y violencias de la Segunda República, pelearon en los frentes de la Guerra y Civil y finalmente sufrieron la represión y el ostracismo con la llegada de la dictadura franquista. Sin embargo, Con voz y voto quiere ser también reflejo objetivo del amplio abanico de ideologías que poblaron la vida política española entre 1931 y 1945 y, lejos de centrarse tan sólo en las voces de las mujeres progresistas, da con frecuencia la palabra a personalidades tradicionalistas, de tal modo que el libro consigue recrear el estimulante debate que se vivió en la época en torno a la figura, autonomía e independencia de la mujer. María Teresa León, Margarita Nelken, Dolores Ibárruri, Juana Doña, Pilar Primo de Rivera o María Urraca Pastor son algunas de esas figuras del pasado a las que se vuelve a dar vida en estas páginas. Autora: Carmen Domingo Ed. Lumen El escocés que quiso atentar contra Franco Stuart Christie publica, 40 años después, un libro donde relata su aventura.
Debajo de su espeso jersey de lana llevaba adosado a su sudoroso pecho, con cintas adhesivas, la promesa de asesinar a Francisco Franco y cambiar así el curso de la Historia española.Pero la dolorosa eficacia de la policía del régimen pronto hallaría aquellos explosivos plásticos traídos desde Francia. Su aventura encaminada a terminar con la vida del Generalísimo encontraría, en ese mismo momento, su final. Sin embargo, la adversidad de la experiencia no parece haber dejado un sabor amargo en su recuerdo, 40 años después de haber sido desbaratado el atentado. «El arresto fue algo que sucedió para bien. Probablemente así hice más por la causa antifranquista que si lo hubiera matado», afirma el ahora calvo Stuart Christie. El escocés que decidió ocultar esas bombas bajo su prenda de invierno en pleno verano contaba con 18 años. Tenía muchas ganas de transformarse en un prohombre del anarquismo, cuando se embarcó en la odisea que signaría su existencia para siempre. Su temprana obsesión con Franco había nacido algunos años antes, en los albores de su adolescencia, cuando sus familiares y su círculo de amigos adultos nutrían sus reuniones con anécdotas sobre la Guerra Civil. Especialmente, hablaban de la Brigada Internacional en la que algunos de ellos se habían integrado. Pero quien más influyó en su vocación anarquista y antifranquista no fue ninguno de estos ex combatientes, sino una figura mucho más fuerte y determinante en el ideario de Christie: su abuela.«Básicamente, lo que ella hizo fue proveerme de un barómetro moral en el que se fusionaban el socialismo libertario y el anarquismo.Ella me dio la estrella que siempre seguí», comentó el activista británico en un reportaje publicado ayer por el periódico The Guardian. En él se promocionaba su último libro Mi abuelita me hizo un anarquista. Fue así como, siempre guiado por su curiosa musa inspiradora, Christie comenzaría a contactar con algunos exiliados de la España franquista en Bristol, a quienes pronto les confesaría su más íntimo deseo. «Quiero hacer algo más que protestar y repartir panfletos», les dijo, y sus nuevas amistades no demorarían en complacerle. En agosto de 1964, cuando su mundo aún no se extendía más allá del sur de Inglaterra, Christie recibió instrucciones para cumplir con su primera misión internacional. Debía entrar en España desde Francia con un cinturón de explosivos que, una vez en Madrid, le entregaría personalmente a otro contacto de la red junto con una carta que el escocés pasaría antes a buscar por las oficinas de American Express. Pero la tarea no era nada sencilla. Después de recolectar los explosivos en París, Christie debía viajar en tren hasta Toulouse, de allí a Perpignan y, luego, intentar ingresar en automóvil a España. En su libro, Stuart Chrisite relata con todo lujo de detalles la experiencia hasta Madrid, que, tal vez algo edulcorada con el paso del tiempo, es presentada por el autor como una ajetreada epopeya. Durante el camino, vivió algunos sobresaltos como la revisión a la que fue sometido por la guardia franquista en la frontera entre Francia y España, hasta que el agente estampó su sello aprobatorio en el pasaporte de Christie. El protagonista de la historia no deja de resaltar el importante papel de su jersey.En él, y al menos en una primera instancia, pudo ocultar exitosamente las cinco pequeñas bombas, de un peso aproximado a los 200 gramos por unidad. Sin embargo, a pesar del alentador comienzo, Christe fue apresado en plena calle por la policía, unos minutos después de que pasara a buscar la carta por las oficinas de American Express. Esa primera visita a España le costaría a Christie tres años y medio de prisión, que fue reducida por una carta de su madre en la que pedía clemencia al mismísimo Franco. Hoy, su sentido del anarquismo se ha encauzado por los carriles del sistema democrático, y se ha manifestado como un seguidor del partido izquierdista Respect. ADRIAN SACK El Mundo
24/08/2004
Ceuta y el Norte de África. República , Guerra y Represión 1931-1944 La investigación histórica tiene una importante deuda para con el pasado reciente de Ceuta., Melilla y el Protectorado Español en Marruecos, especialmente con los períodos de la II República, la Guerra Civil y, sobre todo, la represión derivada de ésta. Por primera vez sale a la luz los datos de la represión en esta zona, con nombres y apellidos. Este libro viene, en gran media a saldar esa deuda y trata, con especial relevancias unos acontecimientos que pudieron cambiar el curso de la historia como el frustrado atentado al general Franco en un acuartelamiento de Ceuta, a los pocos días del golpe militar, o los primeros momentos de la sublevación en Melilla y la citación crítica por la que atravesó Ceuta durante el bombardeo del día de Santiago de 1936. La resistencia al golpe del primo del general Franco, de la Puente Bahamonde en el aeródromo de Tetuán (Marruecos) que le costó la vida. El trágico final de personajes muy emblemáticos en Ceuta, como el Doctor Antonio López Sánchez-Prado. Este libro seguro que no defraudara, muy al contrario, a los lectores y lectoras habituales de la investigación histórica, muy especialmente a los que están interesados por nuestra reciente Historia encontrarán en estas páginas unas fuentes inéditas de sucesos y acontecimientos. -------------------------------------------------------------------------------- CAPÍTULOS 1. De la crisis de la monarquía a la segunda república ·Hacia la República ·Elecciones municipales ·Proclamación de la II República ·1º de mayode 1931 ·Sánchez-Prado hijo adoptivo de Ceuta 2. El Bienio Republicano-Socialista ·Elecciones a Cortes constituyentes ·Situación de la CNT ·Dimite el alcalde Manuel Olivencia Amor ·David Valverde primer Alcalde socialista ·Gil Robles con la derecha de Ceuta ·Monumento a Galán y García Hernández ·Rotary club ·Dimisión del alcalde ·Visita del Presidente de la República 3. El Bienio Radical-Cedista ·Nuevo Gobierno Republicano ·Constitución de Izquierda Republicana ·Autonomía de Ceuta a debate. ·Octubre de 1934. ·El Sargento ceutí, Vázquez, fusilado. ·ElGeneral Franco destinado a Ceuta ·Reorganización de los partidos de izquierda. ·La enseñanza durante la II República. ·Apuntes para la Masonería 4. El Frente Popular ·Convocatoria de elecciones generales ·La campaña electoral ·16 de febrero de 1936 ·Nombramiento del delegado del gobierno ·Partido Comunista de Ceuta ·Sánchez-Prado, militante del Partido Comunista ·Manifestación del 1º de Mayo ·Huelga general 5. Inicio de la Guerra Civil ·Sublevación militar en melilla ·La situación en Ceuta ·La sublevación en Tetuán ·La situación en Larache ·Primeras tropas pasan el Estrecho ·Atentado contra Franco en Ceuta ·Fallece el Comandante General teniente coronel Gautier ·Asalto a la prisión de garcía Aldave ·Ataques navales y aéreos a Ceuta ·Un Convoy marítimo pasa el Estrecho de Gibraltar 6. La Represión ·Ciudad llena de miedos y recelos ·La Falange ·Represión contra la Masonería ·La fosa común ·Fusilado el Comandante de la Puente Bahomonte y el Alto Comisario ·Ejecuciones en la vía pública ·Fusilados 93 militares ·Antonio Parrado Gil ·Presidente de las Juventudes Socialistas ·Fusilamiento masivos en 1937 ·Topos y Huidos ·Ejecuciones de tres miembros del partido Comunista en 1944 ·Apuntes para el exilio Ceutí ·Tribunal regional de responsabilidades políticas ·Conclusiones finales sobre la represión DOCUMENTOS -Consejo de Guerra al Alcalde de Ceuta Sánchez-Prados APÉNDICES -Índice cronológico fusilados en Ceuta -Índice cronológico de fusilados en la circunscripciónoccidental del Protectorado Español en Marruecos AUTOR: Francisco Sánchez Montoya (Ceuta, 1955), es miembro numerario del Instituto deEstudios Ceutíes, Premio nacional Edc 2001, Manuel Azaña de investigación histórica. Miembro de la Sociedad de Historia de la Fotografía Española (Sevilla). Sus investigaciones se centran en la Historia Contemporánea, especializándose en la II República, Guerra Civil y Masonería. Autor de libros y estudios sobre la Historia de Ceuta y el Protectorado Español en Marruecos en las IV Jornadas de Historia del IEC,“Ceuta en los Siglos XIX y XX” (2001). El Congreso Los campos de concentración y el mundo penitenciario durante la guerra civil y el franquismoen la Universidad Autónoma de Barcelona (2002), Edc. Crítica 2003. X SymposiumInternacional, La Masonería en España, del siglo XVIII al XXl en la Universidad Carlos III (Madrid,2003).I Jornadas de Recuperación de la Memoria Histórica (Algeciras,2004). Otras obras suyas son, Real Álbum de Ceuta (1992), Cuadernos del Rebellín nº8 (1993), Más de un siglo de Historia (1995,1996,1997) yCuadernos del Archivo Municipal (1998), entre otros. 553 páginas, más de 200 fotos y documentos ISBN: 84-932986-3-8 Editorial Natívola. España http://www.guerrayrepresion-ceuta-protectorado.com
28/07/2004
Abel Caballero presenta una novela sobre la Guerra Civil El autor afirma que es una obra basada en los sentimientos. José Blanco fue el encargado de desvelar algunos de los contenidos del libroEl que fuera ministro de Transportes socialista entre los años 1985 y 1988, Abel Caballero, presentó ayer su última novela, El invierno de las almas desterradas (editorial Belacqva). El libro fue apadrinado por el secretario de Organización del PSOE, José Blanco, en la Casa de Galicia de Madrid. Al evento también acudió la ministra de Agricultura, Elena Espinosa, que, como desveló ella misma, fue su alumna en la etapa universitaria. «Esta novela me enganchó desde las primeras páginas, me atrajo como lector de obras de ficción y como político que ha estudiado un período crucial en la historia de España», afirmó José Blanco en referencia a una obra que se mueve entre la República, la Guerra Civil, el exilio, la posguerra y la Segunda Guerra Mundial. El mismo autor afirma que con este libro ha querido mostrar cómo los protagonistas de la época vivieron los acontecimientos y de qué forma afectó a sus sueños e intereses. «Se han escrito muchos libros sobre nuestra contienda, pero hay pocos que reflejen los sentimientos de las personas, qué es lo que les ocurría por dentro», subrayó el escritor pontevedrés. «Es la descripción cariñosa y justa del espíritu de miles de ciudadanos anónimos que lucharon por unos ideales», afirmó Blanco, quien añadió que durante la lectura de la novela se le hizo difícil diferenciar al compañero del autor, pero que una vez más, con esta novela de acción, espionaje y tesis, Abel Caballero evidencia lo buen novelista que es. Rebeca Mato La Voz de GaliciaDurruti, vida y mito de un rebelde La Esfera de los Libros ha reeditado la biografía de Buenaventura Durruti que Abel Paz publicó primero en francés en 1962 y que no pudo ver la luz en castellano hasta 1978. Más de 700 páginas en las que hace una revisión exhaustiva de la vida del dirigente anarquista leonés, su prodigiosa actividad revolucionaria y la leyenda que le rodeó tanto en vida como tras su oscura muerte. Para escribir sobre Durruti, Paz necesitó más de 20 años de investigación en bibliotecas, hemerotecas y archivos. También pudo entrevistar a compañeros y familiares del militante anarquista. El relato resultante ha sido escrito desde un punto de vista muy diferente al del historiador o el académico. Abel Paz es uno de los muchos nombres bajo los cuales se ocultó Diego Camacho, también militante anarquista, detenido y encarcelado durante la guerra y el franquismo, después exiliado, y que terminó como escritor y propagandista libertario. Sólo la vida del autor, su participación en la primera línea de la historia española desde los años treinta, merece ya de por sí un libro. Por eso el historiador José Luis Gutiérrez Molina dedica buena parte de su introducción de 'Durruti en la revolución española' a contar las sucesivas 'reencarnaciones' de Diego Camacho, un hijo de jornaleros almerienses que pasó buena parte de su vida en las cárceles y campos de concentración franquistas y nazis, mientras intentaba organizar y reorganizar la CNT por enésima vez. Una vez transformado definitivamente en Abel Paz, su empeño fue colocar a Buenaventura Durruti en el sitio que, a su juicio, le corresponde en la historia de España, lejos de la mitificación pero también de su reducción al bandidaje. El sufrimiento "Desde mi más tierna edad, lo primero que vi a mi alrededor fue el sufrimiento, no sólo de nuestra familia sino también la de nuestros vecinos. Por intuición, yo ya era un rebelde. Creo que entonces se decidió mi destino", le confiesa Durruti a su hermana Rosa en una carta. Y, en efecto, Buenaventura, el segundo de ocho hermanos, comenzó su militancia sindical muy pronto, en 1917, en el seno de la UGT, de la que fue expulsado por radical. En 1919 ya pertenecía a la CNT. Después creó Los Justicieros, Crisol, Los Solidarios, Nosotros... todos ellos grupos de autodefensa del proletariado contra la burguesía y el capital. Según Gutiérrez Molina, "la rebelión de Durruti es la del pueblo español que no acepta el papel de comparsa que se le adjudica". Y la respuesta de las clases dirigentes, también las izquierdistas de la Segunda República, a la conflictividad social siempre fue reducirla a un mero problema de orden público. En su introducción destaca el historiador la incapacidad del "reformismo republicano" para solucionar los graves problemas de España, mientras los anarquistas intentaban seguir adelante con su revolución social. Con su libro, Abel Paz da un primer paso para contar la Guerra Civil desde un punto de vista diferente, alejado de la propaganda del bando vencedor y de la historiografía oficial posterior a la Transición. Para José Luis Gutiérrez, esta última siempre ha obviado la importancia de los intentos de transformación social llevados a cabo por los anarquistas, sobre todo en Aragón, en lo que él llama la 'Edad de Oro' del anarquismo y Hans Magnus Enzensberger, en su famosa novela sobre Durruti, bautizó como 'el corto verano de la anarquía'. La muerte del rebelde Así que Abel Paz explica, con profusión de datos y fuentes, la épica aventura de Durruti en América de 1924 a 1926, o las peripecias de la Columna Durruti, que intentó liberar Zaragoza del control franquista en 1936. Tampoco olvida sus planes para atentar contra el rey Alfonso XIII en París, sus múltiples pasos por prisión, sus problemas dentro de la CNT y finalmente, las sospechas sobre su muerte. Durruti falleció durante un combate en la Ciudad Universitaria de Madrid el 19 de noviembre de 1936, a los 40 años. Recibió una bala y desde ese mismo momento, subraya Abel Paz, "los propios testigos del hecho se enredaron, al relatarlo, en contradicciones, e inmediatamente comenzaron a a circular versiones contradictorias (...) Es evidente que detrás de cada versión se ocultaba el interés político del que la sostiene". Las conjeturas fueron múltiples: traición (la bala partió de las propias filas anarquistas), persecución estalinista, una bala perdida del enemigo fascista... Lo cierto es que su entierro en Barcelona fue multitudinario, una auténtica manfiestación de dolor popular. De la importancia del mito que se creó en torno a su figura cabe destacar que el libro de Paz ha sido traducido al inglés, portugués, italiano, alemán y japonés, más de 40 años después de su desaparición. De hecho, ha pervivido más el mito que la utopía ácrata. El anarquismo fue decayendo hasta quedar como un movimiento residual según iba avanzando el siglo XX, pese a que España fue el país en que más cerca estuvo su sueño de hacerse realidad. León Felipe se equivocó al escribir -Abel Paz cierra su libro con la frase-: "La nobleza de la vida de Durruti inspirará en el avenir el nacimiento de una legión de Durruti".
27/07/2004
El lucernario. La pasión crítica de Manuel Azaña El interés de la figura de Azaña no disminuye con el paso del tiempo ni con los embates de una historiografía polémica empeñada en magnificar algunas de sus indudables carencias y en cargar sobre el político alcalaíno gran parte de las responsabilidades de la hecatombe de 1936. La publicación en México de sus Obras completas, a partir de 1966, le llevó a la primera fila del memorialismo político español y ayudó decisivamente a la comprensión del ambicioso proceso modernizador acometido por la República. Aquella edición, preparada con todo esmero por Juan Marichal, era incompleta porque una parte importante de los diarios de Azaña había sido robada durante la guerra civil, y terminó entre los papeles del general Franco. Esos diarios robados no se publicarían hasta 1997 y, desde comienzos de esa década de los 90 –que se había iniciado con la conmemoración del quincuagésimo aniversario de la muerte del ex Presidente de la República–, contamos con la publicación de otros textos –sobre todo epistolarios– que nos van acercando a un conocimiento cada vez más completo de su figura y de su obra. Con ocasión de aquel cincuentenario se publicaron también algunos documentos recuperados a mediados de la década de los 80 que vieron la luz bajo unas condiciones de embargo familiar que provocarían la justa protesta del desaparecido Marichal. Ahora conocemos mucho mejor las diferentes facetas de la producción intelectual de Azaña y eso ha hecho posible que el primer especialista español en el personaje, el profesor Santos Juliá, añada ahora a sus trabajos de edición una recopilación de veintisiete de los principales discursos del líder republicano, entre 1911 y 1938. Todos los discursos menos tres estaban ya recogidos en sus Obras completas por lo que la novedad del material que ahora se ofrece es muy escasa y el mayor interés del libro reside en la organización cronológica de las más brillantes piezas oratorias de Azaña –con unas breves notas de introducción– y en un corto prólogo de Juliá, sugerente como todos los suyos, en el que reclama para Azaña el honor de ser el orador parlamentario más insigne que ha conocido España, afirmación respaldada por el testimonio de Salvador de Madariaga y Luis de Araquistáin. Ambos admiraron de la perfección de aquella prosa oratoria, que era expresión de una nueva forma de decir en el Parlamento. Una perfección que, como señala también Juliá, no era pura habilidad literaria sino que adquiría toda su grandeza por la radicalidad de las propuestas renovadoras de la tradición democrática española que Azaña desplegó desde comienzos de la década de los 30. Junto a ese empeño de amplio espectro, la documentación que nos ofrecen Pedro L. Angosto y Julia Puig parece muy limitada porque se trata, tan sólo, de una veintena de cartas de Azaña a su correligionario Carlos Esplá (1895-1971), que se extienden desde mediados de marzo de 1939, cuando Azaña había pasado ya a Francia y acababa de dimitir la presidencia de la República, hasta la primavera del año siguiente, cuando se anunciaron los síntomas de la enfermedad que le llevaría a la muerte en noviembre de aquel mismo año. “Carezco de aliento hasta para vestirme. Dicen que pasará pronto. Bueno.” Las cartas son algunas de las piezas más valiosas del archivo del republicano alicantino Carlos Esplá que, recuperado por el propio Angosto, se puede consultar ahora en Internet, en esa caja de sorpresas maravillosas que es la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, que dirige Emilio La Parra desde la Universidad de Alicante (http://www.cervantesvirtual.com). La incorporación de las bibliotecas de Larra, de Pereda, de Valera o de Pardo Bazán, por seleccionar algunas de las bibliotecas de autor que se incluyen, son una tentación casi irresistible para quienes se interesan por la vida intelectual y política de la España romántica y liberal. En el volumen de cartas que ahora nos ocupa, cuya transcripción ocupa algo menos de cien páginas apasionantes, está el dolor por el sufrimiento de los amigos, la melancolía por la estupidez humana y, sobre todo, el silencio de Azaña para no alentar el rescoldo del enfrentamiento fratricida: “me guardaría muy bien de ayudar a nada que se pareciese a otra guerra civil entre españoles”. Los editores han precedido este material de una larga y valiosa introducción sobre la trayectoria de los dos corresponsales hasta que la muerte de Azaña los separa definitivamente. Esplá había marchado poco antes a la Argentina y desde allí pasaría a México, donde continuaría con su tarea de apoyo a los refugiados españoles en colaboración con Indalecio Prieto y José Giral. Esplá puso sus esperanzas en la recuperación de la democracia desde dentro de la España franquista lo que le llevó, en los últimos años de su vida, a establecer contactos con personalidades de la oposición interior como Francisco Bustelo o Enrique Tierno Galván. Juan Goytisolo, por su parte, prescinde de la dimensión política, y se adentra en la figura literaria que le ha cautivado –“un descubrimiento asombroso”– como consecuencia de lecturas relativamente tardías. La simpatía de Azaña por Valle-Inclán y su clara opción por Valera, en detrimento de Clarín y Galdós, le parecen a Goytisolo referencias significativas para caracterizar al escritor que, lejos de pretender el medro en el turbio mundo literario, optó por la mirada original que cultivaron personajes marginales (y británicos) como George Borrow, al que tradujo Azaña, o el mismo Blanco White, que Goytisolo considera “remoto antecesor” del líder republicano. La pluma de Goytisolo recorre la obra ensayista y novelista de Azaña –con una deliberada omisión del teatro– para reflexionar sobre el fenómeno literario, también en nuestros días, y resaltar la eficacia de una mirada distante y certera guiada por la pasión crítica. La triple perspectiva que ahora se nos ofrece sobre Azaña no altera, desde luego, la imagen que de él teníamos ni va a conseguir acallar la polémica sobre el personaje que se ha alimentado en los tiempos más recientes. Los años de la aceptación acrítica de todo su legado político han pasado y tal vez haya que reconocer que su jacobismo de algunos momentos pudo acrecentar la tensión política, pero tampoco puede ocultar el profundo compromiso de Azaña en la renovación de la tradición liberal española que reflejan algunos de los textos que ahora comentamos. Discursos, cartas, novelas y ensayos que vienen a sumarse a la recuperación de ese Azaña completo, que aún resulta imprescindible para el conocimiento de un pasado no tan lejano. Juan Goytisolo Península, 2004.
26/07/2004
«Mi libro es un acto de justicia con las mujeres de Laviana» AIDA FUENTES, SECRETARIA DE IGUALDAD DEL PSOE.
«La Guerra Civil marcó un antes y un después en sus vidas» «Hemos querido recuperar del olvido a muchas personas». Recuperar la historia de 79 mujeres de la invisibilidad en la que las ha sumido el pasado para rendir homenaje a su labor callada y a su esfuerzo. Este es el objetivo del libro 'Historia de Muyeres', que ha escrito la secretaria de Igualdad de la Mujer del PSOE de Laviana, Aida Fuentes Concheso. -Esta publicación es el resultado de un prolijo trabajo de campo. -Así es, recabar la información sobre la vida de 76 mujeres del municipio, entre los años 1870 y 1970, ha supuesto un gran esfuerzo. -De todas las historias, seguramente que hay alguna que le ha dejado huella. -Sí. Se trata de la vida de Isabel García. Era una joven que con tan sólo veinte años decidió arrojarse al tren después de los abusos y maltratos que había recibido por parte de los franquistas, que le reclamaban un arma. Igualmente trágica es la historia de su madre, a quien mataron por las vinculaciones de su marido con el PSOE en tiempos de la dictadura. Dejó huérfanos a cinco niños. -Indagando en el pasado también habrá encontrado ejemplos de mujeres que destacaron por su esfuerzo en el trabajo. -Es el caso de la historia más antigua que se ha recuperado. Me refiero a la vida de María 'La Carreña', del año 1862. Era una trabajadora incansable que vendía arena y una fumadora empedernida, algo poco habitual en las mujeres de su tiempo. -¿Qué tienen en común todos estos personajes? -La mayoría de ellas salen adelante solas, 'tirando' por familias numerosas con pocos recursos. Todas desempeñaron mil oficios para llevar dinero a casa y en ellas la Guerra Civil marco un antes y después en sus vidas. -¿Qué se persigue con este libro? -Hemos querido recuperar del olvido a las mujeres de Laviana y dar a conocer sus historias. Ha sido un trabajo orientado a sacar sus vidas del pasado y a poner fin a la invisibilidad de la historia. Para mí era un deuda, un acto de justicia, porque fueron mujeres que abrieron muchos caminos. -¿Alguna destacó en política? -En el Condado, en 1930, la primera secretaria de la agrupación socialista fue una mujer, Sara Díaz, que era maestra. Pero también ha habido mujeres empresarias muy activas. -¿Cómo va la tirada? -Se han publicado 2.000 ejemplares, que estamos repartiendo entre instituciones y colectivos. Estamos estudiando la posibilidad de sacar una segunda edición y completar estas historias con otras pocas hasta llegar al centenar. P. Gallego
25/07/2004
«Hay lectores cansados de cómo se ha tratado el franquismo en la ficción» El autor de 'El vano ayer' ha sido alabado por la crítica por escribir sobre la dictadura de una forma no contemplada hasta ahora, y él dice que es fruto de la distancia. 'El vano ayer' (Seix Barral-Biblioteca Breve), la segunda novela del escritor extremeño Isaac Rosa, ha recibido el beneplácito de los más renombrados críticos, que la han saludado como una original aproximación a la época franquista. Tampoco ha pasado desapercibida para los lectores. De hecho, la novela se muestra en una lectura inicial como el apasionante juego de construcción de un personaje, un profesor universitario de Madrid sobre el que se cierne la duda de su colaboracionismo con el régimen franquista y cuyos perfiles se confunden con los de un estudiante que la dictadura hizo desaparecer. Educado en Badajoz, ciudad a la que llegó cuando tan sólo contaba con 3 años, Isaac Rosa Camacho inició y abandonó los estudios de periodismo, ganó algunos premios de relato, hizo incursiones en el ensayo, escribió como free-lance y sacó una primera novela, 'La malamemoria', que fue editada por Los Libros del Oeste en 1999. En ella, un joven investiga el perdido rastro de un pueblo olvidado después de que sus vecinos fueran víctimas de una masacre durante la guerra civil. En estos días, y de vacaciones, Isaac Rosa ha vuelto a Badajoz con la intención de presentar a familia y amigos a su primera hija de apenas dos meses. -¿Le ha sorprendido el éxito de la novela, de la que se ha dicho que es una nueva forma de aproximarse al franquismo?¿Sabía que estaba haciendo eso cuando se puso a escribirla? -Ha tenido buena acogida de crítica, pero también de lectores que me hacen llegar sus opiniones o a través de la editorial. Es cierto que ha tenido muy buena acogida y yo creo que fue por la crítica de Echevarría en Babelia, la más elogiosa de la novela, que titulaba 'una novela necesaria'. Yo cojo eso no en el sentido de mi novela en sí, sino de que hacía falta un tipo de novela -que ha sido la mía, pero podía haber sido otra- que responde a una cierta sensibilidad común que puede haber entre una parte de los lectores; quizá un cierto cansancio de cómo se ha tratado el franquismo en la ficción, de la propia ficción y de cómo se está escribiendo en España. Respecto a si estaba haciendo algo nuevo... pues no lo sé. Sí es cierto que la clave está cuando dicen que es una novela de alguien que no vivió el franquismo: la distancia con la que escribes, la perspectiva que tienes, cómo te enfrentas con ese discurso precisamente porque no lo has vivido... en todo ello está la explicación. -No puede ser casual que las dos novelas tengan una temática común aunque el tratamiento sea muy diferente. ¿Está preocupado por este asunto en especial y va a seguir con él en el futuro? -Con esta novela y con 'La malamemoria' ya he dicho lo que tenía que decir. No creo que vuelva sobre el tema, sino que hablaré de otros más contemporáneos. Sí es cierto que las dos están hermanadas por una preocupación común, que puede ser de alguien de mi generación que no ha conocido el franquismo y que sólo ha recibido un discurso creado que cuestiona. A lo mejor 'La malamemoria' era un novela más de juventud, más inmadura y responde a esa curiosidad inicial, a esas primeras preguntas, mientras que en 'El vano ayer' hay otro tipo de reflexiones. -¿Pensaba que ni los novelistas ni el cine se han enfrentado al franquismo como había que hacerlo? -Sí hay novelistas que lo han hecho y hay novelas más que interesantes y muy buenas. Pero hay una parte de creadores en general, novelistas, cinematógrafos, series de televisión que han tratado el franquismo y el antifranquismo de una forma bastante insatisfactoria. Yo quería hacer las preguntas de otra forma. Otras preguntas -¿Por qué lo hizo construyendo la novela junto con el lector?, eso indica saber muy bien cómo se hace una novela, algo que el público muchas veces ignora. -Pues es el resultado de mi propia incapacidad para escribir la novela que me planteaba inicialmente. Yo me planteé una novela sobre el franquismo que tocase temas de una forma más o menos ensayística y me di cuenta, mientras escribía, que yo mismo era preso de aquello que criticaba en las novelas, que tenía la insatisfacción de ese discurso construído sobre franquismo y antifranquismo. Cuando ya tenía bastante escrito fue cuando me replantee todo y decidí, con los mismos materiales que estaba utilizando, aprovecharlos de otra forma, de construirlos y reconstruirlos otra vez y de esa forma presentar al lector, de una manera quizá más irónica o con más distancia o más desnuda, los materiales habituales con los que se habla del franquismo y antifranquismo. -Hay mucho de toda la literatura en el libro. En la noche beoda del profesor Denis aparece Malcom Lowry, también se entrevé al 'Ulises' de Joyce. ¿Qué autores le han formado más? -En general, un tipo de literatura más exigente con el lector, que huye de ciertas facilidades o concesiones, de tomar al lector como un ser pasivo que simplemente lee y asiente. Ese tipo de literatura exigente puede ir desde Joyce, Faulkner o Virginia Wolf hasta, en España, algunas exigencias que se han señalado en algunas críticas y que, aplicadas a la novela sobre el franquismo, pueden ser ciertas, tipo Juan Goytisolo, Martín Santos, Marsé... -¿Se inscriben sus obras en ese intento de recuperación de la memoria histórica que está alimentando muchas cosas como la búsqueda de las tumbas anónimas de los asesinados en la guerra civil? -Antes dije que la novela podía responder a una sensibilidad común en muchos sentidos. No solamente en la literatura sino en otras cuestiones que pueden ser generacionales, de gente más joven que no ha vivido el franquismo y están insatisfechos con el tratamiento que se ha dado a éste. Yo creo que es algo que no ha dejado de estar en el ambiente desde el franquismo; que nos hemos enfrentado a ello de distinta forma porque, en la transición, había cosas a las que no se podía llegar en favor de la reconciliación. Y en los años 80 no se hizo por otras cuestiones. Eso ha estado en el ambiente y el no haberlo resuelto satisfactoriamente es lo que hace que siga vivo y se plantee en el asunto de los enterrados al que hay que dar una solución digna, pero también se plantea en otras. -¿Ha sido un lector voraz? -No. He sido un lector tardío y autodidacta en el peor sentido del término, en el sentido de no tener una orientación o una cierta guía. Eso te hace leer de forma desordenada, mal, leer primero lo que tendrías que haber leído después. Yo he sido fruto de un sistema educativo que tampoco te da una formación como lector y tengo muchas carencias de las que todavía no me recupero. Aprovecho los veranos para ponerme al día. -Ha trabajado como documentalista... -Sí, como documentalista, como redactor, unas veces en plantilla y otras como free-lance... -Lo digo porque hay mucho de investigación histórica en la novela. Por su edad no pudo haber estado en las carreras ante los grises en la Ciudad Universitaria, pero parece que hubiera estado. -Me han dicho que está muy bien plasmada esa ambientación. Pero lo que hay sobre todo es -no para esta novela en sí sino fruto de lecturas anteriores- haber leído en torno a muchos temas que me han interesado y no sólo libros de historia o de ensayo, sino también de memorias y mucha novela sobre la época del franquismo. -¿Cuándo se dio cuenta de que era escritor? Su primera novela la sacó al mercado una editora de la región y la segunda aparece publicada por Seix Barral, ¿funcionan bien los cazatalentos de las editoriales? - 'El vano ayer' se ha publicado de la forma tradicional: yo envié la novela certificada y se fijó en ella el director literario de la editorial, Pere Gimferrer. Entonces me llamó para decirme que estaban interesados en publicarlas y todo fue bastante rodado desde el principio. Yo no he tenido nunca una vocación clara de escritor. Respondiendo a alguna necesidad concreta, he escrito algo y me he propuesto publicarlo y ha salido bien y ha tenido premios. Pero yo no soy de esos que escribe constantemente aunque no sea para publicar y con intereses muy claros de lo que ha de hacer en la escritura. Cada libro que he hecho ha respondido a una necesidad. -¿Le cuesta escribir? -No es que me cueste, pero tampoco tengo esa facilidad de cierta gente que parece que tiene que escribir todos los días una serie de páginas. Yo puedo pasarme meses y meses sin escribir no porque esté bloqueado, sino porque en esos momentos no necesito escribir y necesito leer. -¿Cual su estado en este momento? -De tomar notas. Lo hago entre una novela y otra y se reciben ideas y se desechan otras. Tomo notas para una posible novela que empezaré cuando ya tenga claro la voz desde la que quiero escribir. Y creo que será rápido, una vez que me pongo a escribir soy bastante rápido. -¿Cual es su relación con Badajoz?. La ciudad sale también en la novela, en la que se citan los hechos de la Plaza de Toros. Se ha criado en Badajoz aunque en las reseñas hable de 'autor sevillano'. -De Sevilla sólo tengo el nacimiento y me considero autor extremeño. La solapa de un libro es muy pequeña y sólo sale el nacimiento, pero yo, cada vez que me han hecho una entrevista, he recalcado lo de autor extremeño porque yo he vivido aquí desde que tenía tres años hasta que me fui a estudiar a Madrid con 19 años y volvía temporadas. Sigo teniendo aquí la familia, los amigos y me considero más bien de Badajoz. -¿Qué estudió? -Periodismo, pero no lo terminé. -¿Se dio cuenta enseguida de por dónde va el periodismo hoy? -En parte eso. En parte por la situación personal, esa edad joven en la que pasan otras cosas por la cabeza. Pero llegó un momento en que dejé la carrera, me puse a trabajar y no me replanteé volver a ella. Tampoco me hizo falta para trabajar porque trabajé en cosas relacionadas con el periodismo y no volví sobre ella.
13/07/2004
La violencia durante la guerra civil, a debateCaspe fue el lugar elegido por el joven historiador José Luis Ledesma para presentar su nuevo libro Los días de llamas de la revolución , un trabajo de investigación que aborda el tema de la violencia en la retaguardia republicana de Zaragoza durante la Guerra Civil.
El acto, presentado por el nuevo presidente del Centro de Estudios Comarcales del Bajo Aragón-Caspe (CECBAC), Salvador Melguizo, y por la alcaldesa de Caspe, Teresa Francín, tuvo lugar el pasado sábado ante un abarrotado salón de plenos del ayuntamiento de la localidad. El autor afirmó que su objetivo es "contribuir al conocimiento de la contienda civil en una parte de Aragón", concretamente en un tercio de la provincia de Zaragoza. Un espacio que según Ledesma "no es un marco cualquiera" porque fue la zona con una represión más intensa en toda la España republicana, hasta llegar a un porcentaje del 8´7 por mil en cuanto a fusilados y asesinados. El autor asegura que en su libro ofrece "un relato riguroso, que no soslaye la importancia y gravedad del fenómeno, pero depurado de las tergiversaciones y manipulaciones típicas del franquismo".
Ledesma anunció su deseo de continuar trabajando esta parcela de la contienda civil. Espera recabar nuevos testimonios y anécdotas gracias al apoyo de personas voluntarias y, sobre todo, de los historiadores caspolinos
ALFREDO GRAÑENA El Periódico de Aragón "Los perdedores tienen derecho a contar su historia"Miguel Marco edita la biografía del ´maqui´ de Azuara Doroteo Ibáñez
"En la guerra civil hubo perdedores, y estos también tienen derecho a contar su historia". Con esta premisa abordó Miguel Marco la redacción de Senderos de lucha. Vida de un guerrillero de Azuara: Doroteo Ibáñez , en el que recupera la memoria de este hombre al que el golpe de estado fascista del 36 transformó "de ciudadano pacífico a guerrero".
La vida de Doroteo Ibáñez fue similar a la de otros compañeros que se alistaron en el maquis "llevados por un idealismo utópico que poco tenía que ver con la realidad", dice Marco, quien asegura no entender "la poca verguenza" de los mandos del PCE en el exilio "que convencían a la gente de que mantener un lucha armada en el interior del país iba a contar con el apoyo del pueblo, cuando la realidad era distinta, pues ese apoyo ya no existía".
Pero lo realmente encomiable de estos guerrilleros era el desapego de sus vidas en defensa de unos ideales políticos que habían sido machacados. Doroteo Ibáñez, cuenta Miguel Marco, era antes de la guerra un jornalero con cierta inquietud cultural, ya que tomaba clases nocturnas. "Se fue politizando con la República, formó parte del primer sindicato de UGT y, en la mili, se acercó al comunismo", explica el autor.
EXILIO Y CLANDESTINIDAD
Durante la contienda, participó en las batallas de Belchite y Teruel y vivió la ruptura del frente de Aragón y Cataluña, aunque fue su participación como brazo represor del Consejo de Aragón el episodio que lo puso en el disparadero de las fuerzas franquistas. En 1939 se exilió en Francia, donde participó también de forma activa en la lucha de la resistencia contra los ocupantes nazis.
Tras la segunda guerra mundial su lucha sigue en España. "Vive en el monte un año y medio y en 1947 se convierte en enlace general con Francia, llegando a atravesar de forma clandestina Aragón 16 veces, desde Javalambre y la Serranía de Cuenca hasta Francia. El llevaba armas, mensajes, propaganda, dinero, era persona de confianza del PCE", explica Marco.
Pero esa fe ciega en el partido acabó jugándole una mala pasada. Por un lado, como ya se ha dicho, porque en España ya nadie osaba enfrentarse a Franco y los maquis habían ido perdiendo el apoyo activo, si bien su vida en el monte sólo podía sobrellevarse gracias a la ayuda que recibían "a escondidas" por parte de la gente. Así, Doroteo, en uno de sus viajes clandestinos, se acerca a su pueblo, Azuara, y ahí le avisan de la realidad. Eso le haría mella, pues dos años después, en 1950, deja la guerrilla y regresa a Francia, donde vuelve a llevarse otra desilusión. "El partido lo abandona y lo traiciona hasta entregarlo a los gendarmes".
Devuelto a España, sufre dos consejos de guerra en Zaragoza, en los que es condenado a 30 años en cada uno; y un tercero en Valencia, en el que es condenado a muerte y ejecutado en 1956. Sin duda, su participación en la represión, le pasa cuentas. "Posiblente participó en muertes, pero en esos momentos dramáticos era matar o morir y nadie podemos decir cómo hubiésemos actuado; Doroteo no era ningún villano, sino que vivió unas circunstancias muy fuertes para cualquiera", concluye Marco.
GARZA AGUERRI Red de Aragón
11/07/2004
JUAN PUJOL, EL ESPÍA QUE DERROTÓ A HITLER Javier Juárez escribe esta apasionante y minuiciosa biografía sobre la vida de uno de los espías más fascinantes pero desconocidos de la Segunda Guerra Mundial: el Gran Garbo. Juan Pujol García, fue hijo de un industrial catalán que peleó al lado de Franco durante la Guerra Civil. Juan Pujol, quien odiaba a los alemanes, pensaba que sólo con la victoria Aliada podía España liberarse de Franco. Ofreció sus servicio a los británicos, pero inicialmente fue rechazado y por tanto optó por ofrecerse como agente a la Abwehr alemana que dirigía el Almirante Canaris. Partió de Madrid en 1941 con dirección a Lisboa portando material escrito, listas de preguntas, dinero y direcciones donde hospedarse. Realizó muchos esfuerzos por comunicarse con la inteligencia británica, pero no lo logró. Mientras tanto, les comunicó a los alemanes que había llegado a Londres y desde Julio de 1941 escribió y envió a la Anwehr, informes acerca de asuntos navales británicos. Pujol se valió de un mapa de Inglaterra, un diccionario de términos militares, la Guía Azul de navegación marítima y una publicación portuguesa llamada Flota Británica. En 1942 Garbo aún estaba en Lisboa, pero finalmente entró en contacto con oficiales de inteligencia del MI5 y se ofreció como agente doble. Después de vencer la resistencia del Servicio de Inteligencia MI6 y luego de definir bajo ordenes de quién estaría, finalmente llegaron a un acuerdo y se trasladó a Londres en abril de 1942, donde permaneció hasta el fin de la guerra. Su esposa e hijo se reunieron con él en la capital inglesa. Garbo estuvo bajo el mando del Comité XX, que confundiéndolo con los números romanos, ha sido muchas veces llamado erróneamente Comité 20. Pujol recibió el nombre en clave Bovril, pero fue cambiado a Garbo por sus superiores, que lo consideraban "el mejor actor del mundo", y por tanto digno de compararse con la estrella de cine Greta Garbo. El nombre en clave de Pujol para la Abwehr era Rufus. Una vez en Londres estableció la red ficticia de agentes para continuar engañando a los alemanes. Le dijo a la Abwehr que tenía 14 agentes y 11 contactos muy importantes. También "se asignó" un lugarteniente, un operador de radio suplente y varios ayudantes en toda Gran Bretaña. Entre los agentes, Garbo inventó un piloto alcohólico de la RAF y un lingüista del servicio de inteligencia que odiaba a los comunistas. Uno de los agentes imaginarios de Garbo se llamó "Wren" como se les llamaba a los miembros de la WRNS (Women's Royal Naval Service). Garbo le informó a la Abwehr que Wren había sido enviada al Cuartel General del Teatro de Guerra del Sureste Asiático en Ceilán desde donde ella le enviaría los informes para ser transmitidos a la Abwehr. Los alemanes a su vez pasarían esa información a las embajada japonesa en Berlín, que a su vez la retransmitiría a Tokio. Los alemanes estaban impresionados con los informes de Garbo. Los informes de Garbo llegaban a la Abwehr por correo, haciendo un periplo de Londres a Portugal, gracias a "la colaboración de un piloto de KLM, quien los enviaba a Berlín por correo desde Lisboa." Un informe que impresionó a los alemanes fue el que contenía los detalles sobre el desembarco anglo-americano en África, pero que manifestaron que "desafortunadamente, llegó demasiado tarde, por culpa del correo." La Abwehr decidió utilizar equipos de radio para las futuras comunicaciones. Las actividades de Garbo forzaron a los alemanes a revelar varios de sus verdaderos agentes en la inteligencia británica y en pago por sus servicios, los alemanes le enviaron 340 mil dólares para los gastos que la red de Garbo generaba. El español logró convencer a su superior en la Abwehr, Karl Kuehlanthal, que disponía de información de primera mano sobre los desplazamientos de las fuerzas británicas y norteamericanas, hasta el punto de ser condecorado con la Cruz de Hierro. La principal operación, según el informe del MI5 fue el engaño sobre el Desembarco en Normandía. Convenció a los alemanes de que las fuerzas aliadas disponían de 77 divisiones y de 19 brigadas en la costa sur de Inglaterra, es decir, un 50% más que la realidad. Para dar credibilidad a la idea de un desembarco en el norte de Francia, los británicos hicieron flotar frente a las costas de Dover barcos de aglomerado, construyeron puertos de cartón-piedra y tanques de caucho. La estrategia alemana estuvo basada en el desembarco en el Paso de Calais, puesto que Garbo les convenció que el desplazamiento de tropas en Normandía era sólo una operación de distracción. El Ejército de Patton, que sólo existía en el papel, pensaba que desembarcaría en Calais. Después de Normandía y a pesar de todo, los alemanes siguieron confiando en los informes de Garbo. Uno de los informes que envió, daba cuenta de un enorme depósito de armas en el sur de Londres que se intercomunicaba con un tren subterráneo. Después de la guerra, Pujol vivió con nombre ficticio en Venezuela por 40 años. Con Nigel West escribió un libro titulado El Espía del Siglo donde relata todas las peripecias de su vida como espía.
10/07/2004
Las mentiras de la historia Destruir mitos se ha convertido en una de las obsesiones de la paranoica sociedad contemporánea, empeñada en transformar historia y actualidad en una suerte de conspiración universal. 'Desmontando la historia' (Volter) sirve a ese fin a la perfección. Sus autores, Ed Rayner y Ron Stapley, dos profesores británicos de Historia Contemporánea, intentan desenmascarar a granujas disfrazados de héroes, zanjar controversias de siglos y aclarar las tergiversaciones históricas más persistentes en la memoria colectiva. Fieles a su origen, su trabajo desmitificador se centra sobre todo en capítulos de la historia de Gran Bretaña y Estados Unidos, además de dedicar especial atención a la Segunda Guerra Mundial, el nazismo y Stalin. En otros episodios al lector extranjero le parecerá que pecan de anglocentrismo, al dedicar capítulos a personajes del calibre del sheriff Wyatt Earp -que ni fue sheriff, ni un justiciero, ni sabía manejar el revólver-, al sitio del Álamo -ponen en duda la heroicidad de David Crockett y los suyos frente al ejército mexicano- o al general Custer. En los tres casos, Rayner y Stapley derriban de un plumazo la imagen que Hollywood se ha esforzado por dar de las leyendas de la corta historia estadounidense. Tampoco falta el capítulo dedicado a la conspiración del siglo XX por antonomasia: el asesinato del presidente John F. Kennedy. Pero el lector no debe esperar grandes revelaciones en éste y otros misterios. Los autores no han intentado aportar teorías nuevas o extravagantes para descubrir la verdad oculta. No han hurgado en los archivos de la historia ni aprovechado la desclasificación de informaciones reservadas. Por el contrario, se atienen a las interpretaciones más lógicas de los acontecimientos. "La mejor teoría es la que explica los hechos de la manera más sencilla y completa con los datos de que se dispone en el momento", argumentan los autores en el prólogo del libro. Wyatt Earp. Tal es así que, a veces, dejan las cosas en la misma nebulosa histórica en que se encontraban. Así ocurre con el ataque de Pearl Harbor. Ponen en duda la versión oficial sobre el 'traicionero' ataque japonés, pero tampoco conceden credibilidad a la teoría conspiratoria de que Roosevelt se dejó bombardear para entrar en la guerra. Y abandonan al lector salivando por un poco más de intriga. El 'Maine', Guernica, la Guerra Civil España sólo aparece en tres ocasiones en el libro. La primera, para dar crédito a la versión española del hundimiento del 'Maine', que sirvió de excusa a Estados Unidos para declarar la guerra al Gobierno de Madrid el 25 de abril de 1898. En efecto, tal como enseñan los libros de historia que estudian los niños españoles y en contra de las múltiples informaciones publicadas entonces por los periódicos de EEUU ('Remember the Maine!'), el barco fue volado antes por insurgentes cubanos que por soldados nacionales. Pero tampoco se descarta la posibilidad de una explosión accidental, provocada por el mal estado de la munición que se almacenaba en el buque, o por la mezcla casual de oxígeno y polvo de carbón. Mijaíl Gorbachov. También confirma el libro que el bombardeo de Guernica durante la Guerra Civil española fue obra de la aviación alemana e inspirada por el bando nacional, pese a los múltiples intentos franquistas de negar su responsabilidad, durante y después de la contienda. Finalmente, Rayner y Stapley niegan que la Guerra Civil española sirviera de ensayo general de la Segunda Gran Guerra a las potencias mundiales. Aseguran que la participación de Italia y Alemania, de un lado, y Francia, Reino Unido, Unión Soviética y Estados Unidos, de otro, fue más bien limitada. Ni estaban especialmente interesados ni su aportación bélica fue significativa. Y las brigadas internacionales no llegaron a enviar los 80.000 hombres de que se ha hablado. Probablemente, dicen, fueron sólo 35.000. Entre los mitos modernos, los autores se detienen en Ronald Reagan (¿hasta qué punto fue merecida su reputación?), Mijaíl Gorbachov (¿causó el hundimiento del comunismo y de la Unión Soviética?) y Margaret Thatcher (¿la esperanza blanca del conservadurismo británico?). Entre los hechos más actuales, no alcanzan más allá de la Guerra de las Malvinas (¿hizo bien Gran Bretaña?) y la Guerra de las Galaxias (¿acabó con la Guerra Fría?). Un pastel de carne Más sabrosas resultan al profano las anécdotas de la historia, pequeñas mentiras que han perdurado durante siglos en el imaginario colectivo. Por ejemplo, la Marcha de las Mujeres, que sacó del palacio de Versalles a la familia real francesa en 1789, estaba integrada por un puñado de hombres disfrazados. Y el primer ministro británico conocido como Pitt 'El Joven' no dijo en el lecho de muerte "mi patria, cómo voy a dejar mi patria", el 23 de enero de 1806. Su frase fue, por el contrario, mucho más prosaica: "Ahora me comería ese pastel de carne de cerdo de Bellamy". Rayner y Stapley también echan por tierra el legendario final del almirante Nelson, quien antes de morir se dice que susurró a su capitán: "Kismet [destino, del persa qismat], Hardy". Nada más lejos de la intención del héroe británico, porque sus deseos eran otros: 'Kiss me [bésame], Hardy'...
07/07/2004
Maquis (de Secundino Serrano) El 21 de febrero de 1946 el maquis Cristino García Granda era fusilado en la cárcel de Carabanchel. Había combatido en la guerra civil contra los militares sublevados, en la Resistencia francesa contra los nazis y en el Madrid de la posguerra contra el franquismo. Para la justicia española se trataba de un vulgar delincuente. En Francia fue considerado un héroe y se le dedicó una calle en Saint-Denis. La trayectoria de García Granda simboliza -con sus luces, sus sombras y sus contradictorias interpretaciones-, la de todo un movimiento, el maquis, tan importante como «desconocido». A pesar de que constituyó «la oposición más seria al régimen de Franco», como ha escrito el prestigioso hispanista Paul Preston, en los estamentos universitarios aún no han abordado su estudio. Durante el franquismo, el Estado tejió una red de silencios en torno a la guerrilla. Ante la imposibilidad de hablar libremente de «los años del maquis», los habitantes de pueblos y aldeas aprendieron las historias de los hombres del monte para legarlas a sus descendientes, construyendo los espacios de una memoria colectiva y clandestina en la que la realidad no tardó en fundirse con la leyenda. Apoyándose en una documentación exhaustiva, Secundino Serrano, uno de los máximos especialistas sobre el tema, ha roto definitivamente ese velo de silencio -o ignorancia- con esta obra, estremecedora y veraz, en la que analiza un capítulo crucial de la historia reciente de España, al tiempo que traza el vigoroso retrato de un puñado de hombres y mujeres cuyo motor fue la desesperada defensa de la libertad. Historia de la guerrilla que luchó para derrocar la dictadura franquista. A la venta el 15 de junio. Ediciones Temas de Hoy.'El Canal de los Presos' rescata la memoria de una explotación El salón regio de la Diputación acogio el 9 de junio la presentación en Cádiz del libro El Canal de los Presos (1940-1962). Trabajos forzados. De la represión política a la explotación económica. Un trabajo multidisciplinar editado por Crítica y auspiciado por la Confederación General del Trabajo de Andalucía que analiza con exhaustividad el caso de los presos políticos utilizados como mano de obra esclava durante la dictadura franquista para la construcción del Canal del Bajo Guadalquivir entre 1940 y 1962. La publicación es el resultado de un trabajo de tres años en el que ha participado un amplio equipo de expertos de diversas especialidades, como el historiador José Luis Gutiérrez Molina, los geógrafos Gonzalo Acosta Bono y Leandro Moral, los antropólogos Angel del Río y José María Vacuente, la jurista Lola Martínez y Mari Villa Cuadrado, hija de un ex preso. Han colaborado asimismo en la obra los historiadores Antonio Miguel Bernal y Nicolás Sánchez Albornoz y el filósofo Reyes Mate. Gutiérrez Molina y Gonzalo Acosta presentaban ayer el libro en Cádiz, acompañados de Cecilio Gordillo Giraldo -coordinador de la publicación y del programa de la CGT de Andalucía 'Recuperando la memoria de la historia social de Andalucía'- , de Carlos Perales, director de la delegación de Políticas de Igualdad de la Diputación y del hefe del área de Cultura de la institución, Antonio Rodríguez Cabaña . En sus 500 páginas, el libro recoge la argumentación ideológica y jurídica del franquismo en la que se sustentaba su política de utilización de mano de obra esclava por parte del régimen y sus más cercanos colaboradores. Explica Gutiérrez Molina que "entre 1937 y 1962 más de 150 mil españoles presos trabajaron en un gran número de obras públicas en calidad de verdaderos esclavos como método para la reducción de condena. Asimismo, eran 'alquilados' por el Estado a particulares y empresas privadas en los más variados sectores productivos.Este libro es un homenaje a todos esos hombres y sus familiares, cuya memoria ha permanecido oculta durante demasiado tiempo". La publicación que ayer se presentaba en Cádiz se centra en los presos que trabajaron entre 1940 y 1962 en la construcción del Canal del Bajo Guadalquivir, conocido popularmente como el "Canal de los Presos". Una obra de 159 kilómetros que puso más de 800 hectáreas en regadío entre las localidades de Peñaflor y Lebrija, en la provincia de Sevilla. En ella trabajaron cerca de diez mil presos políticos de toda España. El minuciosos trabajo de investigación llevado a cabo por los autores de este libro ha logrado recabar cerca de tres mil nombres de estos presos, cuya relación aparece recogida en la obra, junto con sus lugares de origen y profesión y la descripción de su vida y de la de sus familias. Entre estos presos figuraban 164 gaditanos procedentes de las comarcas de la Campiña (23), la Sierra (31), La Janda (8), el Campo de Gibraltar (17), la bahía (5) y la Costa Noroeste (2). El equipo redactor del libro y sus colaboradores, más de 50, han realizado un exhaustivo trabajo de investigación en diversos archivos, el más importante de los cuales, según indican sus autores, es el archivo del Servicio de Colonias Penitenciarias, que dependía directamente de la Presidencia del Gobierno y a través del cual se llevaba a cabo este programa de trabajos forzados "un mecanismo de explotación que el régimen disfrazaba con un traje de legalidad para la redención de pena". Destaca José Luis Gutiérrez Molina el papel cómplice que una parte de la Iglesia jugó en esta operación, como es el caso del sacerdote jesuita Juan Antonio Pérez del Pulgar, que fue el que dotó de contenido ideológico a este método de reducción de pena por el trabajo". Especialmente enriquecedoras, explican los autores, han sido las entrevistas que para la realización de este libro han mantenido con los presos que trabajaron en el canal y con sus familiares. "Ha habido un intercambio muy positivo -afirma José Luis Gutiérrez Molina- porque ellos nos han aportado experiencias muy interesantes, algunas estremecedoras, y también han conocido cosas que nosotros hemos averiguado en nuestra investigación". Subraya que "una de las cosas que más nos ha impactado es descubrir el importante papel que las mujeres jugaron en este episodio. Cuando empiezas a investigar crees que estás tratando sobre una historia de hombres y descubres la gran labor que desempeñaron las mujeres que siguieron a estos hombres con sus familias, llevándolas adelante, trabajando incluso para los oficiales que les custodiaban en los campos de concentración desde los que cada día los trasladaban a su trabajo en el Canal". El exilio español En abril de 1939 no empezó la paz, sino la victoria. La victoria de un régimen que implicaba la cárcel, la muerte o el exilio de los vencidos. Este libro, redactado por Julio Martín Casas y Pedro Carvajal Urquijo, habla de los españoles que tuvieron que exiliarse como consecuencia de la guerra civil. Son los propios exiliados los que, en primera persona, narran los avatares sufridos. Los numerosos testimonios muestran el factor humano del exilio, y eso es lo que dota de una intensa emoción a las páginas del libro. El exilio español se extendió por medio mundo, por Europa y América, trabajando en campos, fábricas y comercios, enseñando en las universidades, luchando en la segunda guerra mundial y muriendo en los campos de exterminio nazi. "El español del éxodo y del llanto fue también el del trabajo, la iniciativa y la creación". Si hay algo obligado a destacar de este libro, es que no trata de buscar la atención del lector por medio de los avatares sufridos por los grandes nombres, como Lorca, Salinas, Azaña, a causa del exilio. Los grandes personajes tienen su pequeño hueco, pero aquí, el protagonismo reside en las figuras de la gente desconocida, en la gente anómima que arrastra en su alma el dolor de la raíz de una España de la que la han expulsado. El grueso del exilio se produce al finalizar la Guerra Civil, en 1939. Y al sufrimiento de la derrota se suma el duro trato recibido en Francia, donde son internados en improvisados campos de concentración. Los franceses miraban con desconfianza, incluso con un punto de racismo, a los rojos españoles que venían de una salvaje Guerra Civil. Aquella opinión cambió cuando la barbarie del fascismo les alcanzó a ellos y los españoles, curtidos en tres años de guerra, se convirtieron en una ayuda inestimable para montar y reorganizar La Resistencia. No obstante, la vida de los exiliados españoles no dejaría de ser una continua decepción. Lo sería cuando los aliados dieron la espalda a España y dejaron que Mussolini y Hitler dieran su apoyo al fascismo. Pero, por aún fue cuando tras haber colaborado en la II Guerra Mundial y en la Resistencia francesa, entendieron que ya nadie quería hacer nada para volver a instaurar la democracia en España. En ese momento nace la total desesperanza, la resignación de deshacer las maletas para quedarse ya siempre, de por vida, fuera de España. Frente a la acogida francesa, México fue la verdadera patria de los exiliados. El presidente Lázaro Cárdenas se convirtió en sinónimo de solidaridad con la derrotada República española, admitiendo a todos los exiliados, sin condiciones previas. El exilio reprodujo las grandezas y miserias de la República en todos sus aspectos. Si los exiliados dieron un ejemplo de abnegación, educación y capacidad de trabajo, también reprodujeron enseguida las divisiones políticas que caracterizaron a la República. Hasta el punto de que constituyeron dos organismos de ayuda a los refugiados, de distinto signo político. Quizá, uno de los capítulos más interesantes de este libro sea el dedicado a la experiencia de los españoles en los campos de concentración y exterminio nazi, donde se compartieron la terrible suerte de tantos perseguidos y donde jugaron un papel decisivo, como fue el del caso de fotógrafo Francisco Boix, cuyas fotografías fueron utilizadas en el juicio de Nuremberg que condenó a los dirigentes nazis. Un sinfín de testimonios, documentos e ilustraciones inéditas componen una imprescindible síntesis de la triste historia del exilio republicano español. Un libro que sirve cuando menos, para conservar la memoria. El exilio español (1936 - 1978) Julio Martín Casas y Pedro Carvajal Urquijo Prólogo de Alfonso Guerra Editorial Planeta Vicente Rojo, el general que humilló a Franco Dentro del grupo de cadetes que se formaron en la Academia de Infantería en las dos primeras décadas del siglo XX, están dos hombres bien distintos. Por un lado, Francisco Franco Bahamonde quien, durante su estancia desde 1907 a 1910, dejó constancia "de sus limitadas dotes intelectuales y de su escasa afición al estudio; nunca lograría destacar entre sus compañeros, que, ciertamente, lo consideraban un muchacho triste, introvertido y mediocre". Por el otro, está Vicente Rojo Lluch quien, durante su ingreso como cadete desde 1911 hasta 1914, alcanzó el 4 número de su promoción, causó una excelente impresión en sus profesores y compañeros, que "supieron valorar su inteligencia, su capacidad de trabajo, su afición al estudio y también su rectitud moral". "Vicente Rojo, el general que humilló a Franco", de Carlos Blanco Escolá desbanca al mismísimo Franco e intenta demostrar cómo Vicente Rojo, figura histórica recuperada en las páginas de este libro, superaba constantemente a Franco durante la guerra civil, a pesar de que sus méritos no le serían reconocidos oficialmente durante el período de la monarquía, cuya deplorable política militar "propició el encumbramiento de personajes tan mediocres como Francisco Franco". La victoria nacionalista, dice el libro, no vendrá dada por las virtudes militares del supuesto "invicto caudillo", sino por la aplastante superioridad de medios. De hecho, a lo largo de la contienda española, Vicente Rojo tuvo ocasión de humillar muchas veces al Caudillo, a pesar de que Franco estaba apoyado por las potencias fascistas. Sin embargo, gracias a la acertada dirección de operaciones y a los dotes como organizador de Rojo, se compensó la abrumadora superioridad del bando nacional, consiguiendo que la guerra civil se prolongara durante casi tres años. Vicente Rojo, al estallar la guerra civil luchó junto al bando republicano. Por Orden de 14/8/36 pasa al Estado Mayor del Ministerio de la Guerra de Hernández Saravia. Como teniente coronel fue jefe del Estado Mayor de la defensa de Madrid. Especialista en táctica y estrategia se convirtió en el más importante mando militar del bando rojo. Fue Jefe del Estado Mayor General en mayo de 1937 y en septiembre del 37 fue ascendido a general. Planificó las ofensivas de Brunete, Teruel y del Ebro. Al caer Cataluña, convencido de la derrota de su ejército, marchó a Francia. Fue profesor en la Academia Militar de Bolivia entre 1943 y 1956. En 1958 volvió a España. Vicente Rojo fue uno de los exiliados que se establecieron en Sudamérica al final de la contienda española. En 1958 quiso regresar a España y solicitó al gobierno de Franco el correspondiente permiso que le fue concedido sin problemas. Salvo la mala salud de Rojo, todo parecía pronosticarle un final tranquilo hasta que, varios meses después de su llegada a nuestro país, fue procesado por un delito de rebelión y condenado a cadena perpetua; condena que no cumpliría al aplicársele los beneficios de un indulto. Carlos Blanco Escolá insiste en el libro en la fuerza arrolladora de Vicente Rojo frente a Franco y la injusticia con él cometida al no serles reconocidos sus méritos. Es más, Blanco Escolá continúa preguntándose qué razones llevarían a Franco a tener "un comportamiento tan mezquino" con el profesional más completo y brillante que ha dado el Ejército español en la pasada centuria, según su opinión reflejada en el libro. ¿Conocerá algún día la respuesta? Esperaremos al próximo libro. Vicente Rojo, el general que humilló a Franco Carlos Blanco Escolá Editorial Planeta
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