Blogia
MEMORIA HISTÓRICA

Y digo yo ...

Las playas de Normandía

Las playas de Normandía Ya han celebrado el sesenta aniversario del desembarco de Normandía y ya ha vuelto el pensamiento neoliberal a recordarnos que aquel día de junio Norteamérica liberó por segunda vez a Europa, en esta ocasión del nazismo y del comunismo.

La Historia es un juez venal; si no no se entendería que la escriban los herederos intelectuales de los canallas que mediados los años treinta veían en Musolini al hombre de moda y se sentían íntimamente seguros y regocijados con Hitler en el poder y un grupo de militares asfixiando la legalidad republicana en España.

Los fascistas no surgieron por generación espontánea. Como señaló un autor que tuvo que soportarlos, detrás de cada nazi había un liberal asustado. Y ahora, son esos mismos liberales los que pretenden que olvidemos para llevar el agua al molino de sus nuevos temores.

No me importaría especialmente quién tiene el poder para escribir la historia si no fuera porque su versión expulsa a las tinieblas el sacrificio de miles de europeos que no desmerecieron en noblez frente a los manidos muchachos de Dakota, Indiana y Oklahoma.

Este país, que no fue liberado en Normandía y que doce años después del desembarco vio pasearse la rubicunda sonrisa de Eisenhower por las calles de un Madrid atribulado y ceniciento al lado de un dictador sanguinario, este país, digo, vivirá en la paradoja mientras no cancele adecuadamente su historia. No se entiende que Soldados de Salamina fuera el libro más vendido hace unos años y que, sin embargo, su verdad más íntima haya calado tan poco.

Y eso que Miralles, el personaje de Cercas, aún tendría un 'pero' a los ojos de los republicanos que simboliza. Mariano Constante, un crío de veinte años en aquella época turbulenta, lo ha narrado: cuando Francia, en 1939, ofrece a los refugiados españoles la posibilidad de enrolarse en la Legión Extranjera, en el campo de Argeles se celebraron asambleas y, respetando la decisión de cada uno, se impuso como criterio mayoritario declinar la oferta del gobierno galo porque como excombatientes del Ejército Popular de la República, los españoles no podían aceptar la condición de mercenarios y luchar por un sueldo. Se integraron masivamente en los Batallones de Trabajadores Internacionales y fueron trasladados al norte para intervenir en la construcción de la Línea Maginot. La derrota aliada y la impetuosa irrupción de las columnas blindadas nazis obligaron a aquellos veteranos de Guadalajara y del Ebro a tomar nuevamente las armas y hoy es verdad cada vez más aceptada que su experiencia aportó una providencial serenidad en la debacle general.

Algunos, los menos, fueron repatriados con los ingleses en Dunquerque y tiempo después darían con sus huesos en un maladado desembarco en Noruega cubriendo, otra vez, la retirada. Otros escaparon al interior de Francia y destacaron en la organización de la Resistencia. Pero un nutrido grupo cayó prisionero y hubo de protagonizar la, quizás, más terrible historia que cupo en suerte a los españoles en el siglo XX.

Internados en Mauthausen, los roter spanien debían ser exterminados en lo que se conoció como Operación Noche y Niebla. Trabajando y muriendo en la cantera, sin estatuto político ni gobierno que los reconociera, solo los judíos, y más tarde los rusos, fueron objeto de peor trato que ellos. Y, empero, aquellos jóvenes, a los que al contrario que a los americanos la vida les negaba el derecho a encarar la muerte con un semblante de alegre confianza, no se rindieron. Condenados al peor infierno creado por el hombre, al poco de llegar ya organizaban el primer acto de protesta colectivo y ante el estupor de sus guardianes impusieron, en cerrada formación, un minuto de silencio por la muerte del primer caído.

Boix, el fotógrafo de eterna sonrisa adolescente que rayó a la altura de Capa, estuvo allí. Él fue el único español en Nüremberg y ni su menguada figura atormentada por dos guerras, ni su nervioso francés apresurado, son capaces de mermar la dignidad de su porte alzándose en el banquillo para señalar a los verdugos.

Pero no fue el único. Los españoles organizaron la resistencia clandestina y lo que llamaron Aparato Militar Internacional, el AMI, que operó bajo el mando de un jacetano formado en la Academia Militar de Zaragoza, el comandante Malle Julvez.

En este país no se conoce suficientemente un dato: Mathausen no fue liberado. Cuando el coronel Seybl, el oficial americano que comandaba la columna, llegó al campo de exterminio, se topó con las imágenes pavorosas que esperaba encontrar, pero halló también a unos hombres famélicos, semidesnudos, de mirada febril y con el cráneo acribillado de mataduras, desplegados a lo largo del Danubio en escalonamiento defensivo y a uno de ellos que con una solemnidad entre trágica y patibularia, le hacía formal entrega del campo y de un tesoro: un recio puente tendido sobre el río que permitía el paso de los blindados. Toda la noche anterior, el AMI, precariamente armado, había defendido aquel puente repeliendo a los S.S. que intentaban su voladura.

Constante, con cierta perplejidad, insiste en el empeño de Malle por preservar el puente. Confieso que a mí también me inquietaba esa fijación obsesiva, pero creo hallarle una explicación desoladamente humana. Malle Júlvez era un hombre de la 43 División, la Pirenaica, que tras defender la Bolsa de Bielsa con el frente aragonés desmoronado, se replegó a Francia y se reincorporó al Ejército Popular en plena Batalla del Ebro. La 43 estaba en el alto de Caballs, frente a Gandesa, cuando la artillería franquista realizó uno de los más intensos bombardeos de nuestra contienda y, retirado el V Cuerpo de Ejército, aún volvió a repasar el Ebro para colaborar en el repliegue del XV. No es disparatado imaginar que en la madrugada del 15 al 16 de Noviembre de 1938, Malle Júlvez viera el resplandor de la voladura del puente de Flix que Tagüeña había ordenado dinamitar. Y estoy persuadido que para Malle Júlvez, aquella detonación, el postrer acto de la batalla, sonó como el final lapidario de la guerra. Siete años más tarde, a las orillas de otro río tan lejano del suyo aragonés, defender un puente era mostrarle los dientes a la historia y retenerlo, una revancha frente a un destino de derrotas, cobrada en nombre de los muertos.

Ni Malle, ni Boix, ni Ponzán, ni Tagüeña, ni tantos miles como fueron, estuvieron en las celebraciones de Caen. Su memoria no parece preocupar a los nuevos 'bolonios' que reescriben la historia. No importa; si Normandía está llamada a ser un mito europeo, estará, como Itaca, cuajada de playas ignotas a las que arribaremos todos como Ulises, aparentemente sin memoria, pero con el viaje cumplido. Los impíos filósofos cortejarán a Penélope que les entretendrá en tejer y destejer la historia. Nosotros sabremos el nombre de los nuestros.

JESÚS RODRÍGUEZ RUBIO. MIEMBRO DE INICIATIVA CIUDADANA

Antonio Machado: "A todos los españoles"

Antonio Machado: "A todos los españoles" En la patriótica emisión de radio que diariamente se da con el título «La Voz de España», ha sido divulgada la siguiente alocución del ilustre poeta don Antonio Machado:

A todos los españoles:
Más de una vez he dicho, y nunca me cansaré de repetirlo, que mi ideario político se ha limitado siempre a aceptar como legítimo solamente el Gobierno que representa la voluntad del pueblo, libremente expresada. He de añadir que la palabra `pueblo' no tiene para mí una marcada significación de clase: del pueblo español forman parte todos los españoles. Por eso estuve siempre al lado de la República Española, en cuyo advenimiento trabajé en la modesta medida de mis fuerzas y dentro de los cauces que yo estimaba legales. Cuando la República se implantó en España, como una inequívoca expresión de la voluntad política de nuestro pueblo, la saludé con alborozo y me apresté a servirla, sin aguardar de ella ninguna ventaja material. Si ella hubiera venido como consecuencia de un golpe de mano, como imposición de la astucia o de la violencia, yo hubiera estado siempre enfrente de ella. Yo sé muy bien que dentro de una República se plantean problemas mucho más hondos que el estrictamente político --son ellos de índole económica, social, religiosa, cultural, en suma--, y que, dentro de esa República, caben ideologías no sólo diversas, sino hasta encontradas. Pero por muy honda y enconada que sea la lucha, la República conserva su legitimidad mientras la voluntad del pueblo, libremente expresada, no la condene. Por eso cuando un grupo de militares volvió contra el legítimo Gobierno de la República las armas que de él había recibido para defenderla de agresiones injustas, yo estuve, sin vacilar, al lado de ese gobierno desarmado. Sin vacilar, digo, y también sin la menor jactancia; porque creía cumplir un deber estricto. Los profesionales de las armas no eran ya el ejército de España; el ejército de España era entonces, para mí, aquel que el pueblo hubo de improvisar con los mejores de sus hijos; un ejército tan débil e insuficientemente armado por fuera, como fuerte y superabundantemente provisto, por dentro, de razón y de energía moral. Improvisado, digo, con los mejores de sus hijos, y no vacilo en añadir: con un pequeño grupo de voluntarios propiamente dichos, de hombres abnegados y generosos que venían a España, sin la más leve ambición material, a verter su sangre en defensa de una causa justa.

Con todo ello, y convencido de la ceguera, de los errores, de la injusticia de nuestros adversarios, de cuya índole facciosa no dudé un momento, confieso que nunca pude aborrecerlos; con todos sus yerros, con todos sus pecados, eran españoles; y el lazo fraterno, hondamente fraterno de la patria común, no podía romperse ni con la más enconada guerra civil.

ºPero se inició el hecho monstruoso de la invasión extranjera. De un modo subrepticio y cobarde, la invasión se produjo, y fue tomando cuerpo y realidad innegable a medida que el tiempo avanzaba. Dos pueblos extranjeros habían penetrado en España para disponer de su destino futuro y para borrar por la fuerza y la calumnia su historia pasada. En el trance trágico y decisivo que hoy vivimos, no puede haber dudas ni vacilaciones para un español. Ya no le es dado elegir bando ni bandería: Ha de estar necesariamente con España y en contra de los invasores. Dejemos a un lado la parte de culpa que en la invasión de España hayan podido tener los españoles mismos. Si este pecado existe, alguien lo cometió conscientemente, es de índole tal que escapa al poder de sanción de todo tribunal humano.

Reparad también en que ni siquiera he hablado del fascismo ni de marxismo. No creo que haya nadie en España que diste más que yo del ideario fascista. Siempre he creído, sin embargo, que, desde un punto de vista teórico, cabe ser fascista sin por ello dejar de ser español. Mas siempre he afirmado que no se puede ser español y entregar el territorio y los destinos de España a la codicia imperialista del fascio italiano o del racismo alemán. No creo que nadie, hoy, en España, pueda pretender honradamente que esto sea posible.

Se nos ha calumniado, dentro y fuera de España, diciendo que nosotros también servimos una causa extranjera; que trabajamos por cuenta de Rusia. La calumnia es doblemente pérfida, pero tan grosera, que no ha podido engañar a nadie que no sea perfectamente imbécil. Porque todos saben (están hartos de saber) que Rusia, ese pueblo admirable, que renunció a su imperio para libertar a sus pueblos, no atentó nunca a la libertad de los ajenos y que no tuvo jamás la más leve ambición territorial en España. Esto lo saben todos, aunque muchos disimulen ignorarlo.

Ha llegado el día, hombres de España, de España entera --quiero decir de todos los pueblos hispánicos cuyo territorio está invadido-- en que hemos de reconocer esta verdad inconcusa: nuestro deber más imperioso es luchar por nuestra independencia terriblemente amenazada. Y España es fuerte, mucho más fuerte de lo que piensan nuestros enemigos, porque, como he dicho una vez, y no me importa repetirlo. España no es una invención de la diplomacia extranjera o la resultante de tratados de paz más o menos ineptos. Lleva siglos de vida propia, perfectamente definida por su raza, por su lengua, por su geografía, por su historia y por su aportación a la cultura universal. No dudéis un momento que traiciona a su patria quien se niega a defenderla contra la invasión extranjera.

El gobierno de nuestra República, en el ejercicio de un derecho incuestionable, y en el cumplimiento de su más alto deber, ha formulado en el documento del doctor Negrín, de todos conocido, las líneas generales de los fines de guerra para España entera. Nada en ellos se prejuzga; nada en ellos implica coacción o amenaza. Todo en ellos significa atención y respeto para todas las buenas voluntades de España. Meditadlo bien. Y escuchad, al par, el dictado de vuestra conciencia. El os señalará el único camino para ser españoles.

La mujer trabajadora en la II República

La mujer trabajadora en la II República La mujer ha sido considerada tradicionalmente como un sector atrasado de la sociedad, baluarte de la Iglesia y de la reacción. Este carácter "atrasado" no es innato a la mujer, como nos han querido hacer creer. La explicación a esto no hay que buscarla en aspectos biológicos, sino en la doble explotación que sufre bajo el sistema capitalista, como bien explicaba Bebel : "En su conjunto, el sexo femenino sufre doblemente: de una parte sufre bajo la dependencia social de los hombres (...) y de otra parte, mediante la dependencia económica en que se hallan las mujeres en general, y las mujeres proletarias en particular, lo mismo que los hombres proletarios" (La mujer, A. Bebel).Pero la historia nos ha demostrado que en los períodos revolucionarios, las mujeres han estado siempre en primera línea, y en muchos casos han jugado un papel decisivo en la lucha. En la Revolución Francesa de 1789 las mujeres del Tercer Estado estuvieron en todos los acontecimientos importantes, reivindicando el derecho al trabajo, luchando contra la carestía de la vida; las mujeres de los suburbios de París participaron activamente en la toma de la Bastilla o en la Marcha sobre Versalles.En la Comuna de París en 1871 estuvieron en las barricadas junto al resto de los trabajadores, logrando impedir el avance de las tropas mandadas por Thiers que querían apoderarse de los cañones guardados en Montmartre y Belleville.Lo mismo ocurrió durante todo el proceso que culminó con la Revolución Rusa de 1917. El Día Internacional de la Mujer se celebró en Petrogrado con una manifestación de 10.000 obreras del textil, a la que se fueron uniendo trabajadores acabando en una huelga general: fue el inicio de la Revolución de Febrero. De la misma manera vimos este carácter combativo de la mujer en los acontecimientos que se desarrollaron durante los años 30 en el Estado español.

A diferencia de otros países industrializados de Europa como Francia, Alemania, Gran Bretaña, Italia, etc., en el Estado español la incorporación de la mujer al mundo laboral fue tardía, pero cuando ésta empezó, lo hizo imprimiendo su propio sello. A principios de siglo el Estado español era un país económicamente atrasado con dos tercios de la población dedicada a la agricultura. El hecho de mantenerse neutral en la I Guerra Mundial tuvo como consecuencia el aumento de las inversiones extranjeras que buscaban nuevos y más seguros mercados dentro de una Europa en guerra. Esto favoreció un auge económico que permitió el desarrollo de la industria y su expansión a otras provincias. Pero este auge no repercutió directamente en las condiciones de vida de la clase obrera y el campesinado, sino todo lo contrario.

La explotación de la mujer

En 1930 había aproximadamente seis millones de familias de las cuales el 85% eran familias obreras y campesinas. En cinco millones de éstas, las mujeres realizaban las tareas del hogar única y exclusivamente. La incorporación de la mujer al trabajo estaba jalonada de dificultades. Por un lado con una tasa de analfabetismo mayor que la de los hombres, superior al 50%, lo que la hacía estar en inferioridad de condiciones a la hora de conseguir un trabajo, y además sin ningún tipo de infraestructura que facilitase a las mujeres con hijos tal incorporación. No existían escuelas infantiles donde las mujeres pudiesen dejar a los niños durante su jornada laboral, y además se carecía de suficientes plazas escolares para todos los niños, menos por supuesto para los hijos de los trabajadores y campesinos. La burguesía no hacia nada para mejorar esta situación, en la medida que le interesaba mantener a la mujer entre las cuatro paredes del hogar, llevando adelante las tareas imprescindibles para la reproducción de la especie y la reposición de la fuerza de trabajo obrera. A pesar de todas estas dificultades, la población activa femenina fue aumentando progresivamente. Una de las razones era que según se iba desarrollando el proceso de industrialización y urbanización, las mujeres jóvenes y solteras emigraban a la ciudad buscando un empleo remunerado y una independencia económica difícil de encontrar en el campo. Además, el incremento del paro obrero en la agricultura, a causa de las malas cosechas y de la existencia de enormes latifundios sin cultivar, impedía que miles de mujeres pudieran acceder a un puesto de trabajo en el campo, donde incluso los patronos llegaban a prohibir expresamente la contratación de mujeres. En 1930 la población activa femenina era del 24% sobre el total. El 80% de estas mujeres eran solteras y viudas. Cuando el marido moría la mujer se veía obligada a trabajar para sacar adelante a sus familias, porque no existía ningún tipo de pensión de viudedad. Por otra parte las mujeres casadas se encontraban con más dificultades: había leyes que dificultaban su acceso al trabajo, necesitaban tener permiso del marido para poder trabajar, no podían disponer libremente de su salario, y si el marido se oponía a que la mujer cobrase el salario, lo podía cobrar él directamente, e incluso si se separaban judicialmente el marido seguía teniendo el derecho a cobrar el salario de la mujer. Dos tercios de las mujeres asalariadas eran trabajadoras temporales, o estaban en el servicio doméstico (que carecía de todo tipo de derechos laborales), y el otro tercio restante eran obreras cualificadas, fundamentalmente en el sector del textil y vestido (82%). En cuanto a derechos laborales la legislación existente en ese momento concedía pocos derechos a las mujeres por no decir que ninguno

Esperanzas en la II República

La llegada de la II República en 1931 trajo enormes esperanzas para los trabajadores y campesinos de este país, y de hecho en el terreno social se dieron pasos adelante, especialmente para las mujeres. En la Constitución de 1931 se reconoció el derecho al voto de la mujer y el derecho a ser elegidas para cualquier cargo público. En 1932 se aprueban la Ley de Matrimonio Civil y la Ley del Divorcio, en ese momento la más progresista de Europa, ya que reconocía el divorcio por mutuo acuerdo y el derecho de la mujer a tener la patria potestad de los hijos. Ambas leyes supusieron un duro revés para la Iglesia que veía recortadas sus funciones e influencia en el seno de la familia, y un gran paso adelante para que la mujer saliese de su órbita de influencia. En 1936 el Gobierno de la Generalitat de Catalunya despenalizó y legalizó el aborto. No es casualidad que esto se consiguiese en una zona donde las mujeres estaban más incorporadas al trabajo industrial. En 1935 se decretó la abolición de la prostitución reglamentada, dado que hasta ese momento el cuerpo de la mujer era considerado legalmente por la burguesía como una mercancía en venta, como lo podía ser un saco de patatas o una silla.En el terreno laboral se dieron algunos pasos adelante para todos los trabajadores, por ejemplo se reconoció el derecho a asociación y sindicación, y el 1 de julio de 1931 se decretó la jornada laboral de 8 horas. Además se regularizó el trabajo nocturno, obligando a los patronos a dar un descanso de 8 horas para dormir, y se aprobó la Ley del Descanso Dominical para todos los trabajadores, excepto para el servicio doméstico donde prácticamente todos eran mujeres. Se prohibió contratar mujeres en trabajos considerados como peligrosos o duros y que pudiesen minar su salud o su futura maternidad. Pero a pesar de todo, las condiciones laborales siguieron siendo duras para los trabajadores, y para la inmensa mayoría de las mujeres trabajadoras no supuso una gran mejora. El tercio que trabajaba en el sector doméstico quedó excluido de la jornada de 8 horas, no tenía derecho a las prestaciones de los seguros sociales, no tenía subsidio de paro, ni de maternidad, ni eran beneficiarias de la Ley de Accidentes de Trabajo; trabajaban casi en régimen de esclavitud para las "damas" de la burguesía. En los otros sectores, por ejemplo, el 35% de los telares incumplía la jornada de 8 horas, y se trabajaban más de 9 horas diarias; además en el textil, vestido, confección, etc., mientras que a los hombres se les pagaba por horas trabajadas, las mujeres tenían que trabajar a destajo, por kilogramos o unidades producidas, lo que las obligaba a trabajar a ritmos mayores si querían conseguir un salario mínimamente digno. En la práctica tampoco podían acceder al subsidio de desempleo. En 1933 cobraban el subsidio 200.000 obreros, de estos 100 eran mujeres (el 0,5%). Para poder cobrar este subsidio era necesario estar afiliados a las Sociedades Mercantiles y a éstas no podían afiliarse los trabajadores eventuales, caso de la mayoría de las trabajadoras de este país.Otro problema constante era la discriminación salarial que sufrían las mujeres, algo que continúa en la actualidad. En 1930, el salario de una jornalera en la recogida de la aceituna era el 50% del que cobraba un jornalero por el mismo trabajo; una obrera metalúrgica cobraba el 41,3%, y en el sector textil la diferencia era de un 47,6%. En todos y cada uno de los sectores, en ningún caso, el salario máximo de una trabajadora alcanzaba el mínimo de lo que cobraba un trabajador por el mismo trabajo. Y además había que unir a esto los trabajos que estaban considerados como "femeninos", fundamentalmente el servicio doméstico, el sector que sufría las mayores jornadas laborales y el que estaba peor remunerado. A pesar de todo, sí que se consiguieron derechos importantes para las trabajadoras con hijos, por ejemplo la Ley de Maternidad, que regulaba por primera vez el período de lactancia, el tiempo de baja por maternidad, etc.

La mujer participa en las luchas obreras

En el campo la situación no era mejor; en este sector trabajaba el 24% de la población activa femenina, que en muchos casos no recibían ninguna remuneración, ni tenían ningún derecho laboral, porque este trabajo era considerado oficialmente como "ayuda familiar".Durante todos estos años se sucedieron muchas luchas y huelgas por parte de los trabajadores, para intentar cambiar sus condiciones de vida y mejorarlas, y en todas, las mujeres participaron enérgicamente, por un lado en su condición de asalariadas junto a los trabajadores, reivindicando subidas saláriales, mejora de sus condiciones de trabajo, etc., y por otro, en su condición de esposa, madre, hermana... del trabajador, intentando mantener unas condiciones de vida dignas para sus familias. Por ejemplo en 1932, el 97,1% de las obreras participaron en huelgas junto con el 95,2% de los obreros, y en 1934 más del 50% de las horas perdidas en huelgas, lo fueron en el sector textil, confección, alimentación y tabaco, sectores donde predominaba la mano de obra femenina. Además las amas de casa durante todo este período protagonizaron multitud de luchas y manifestaciones, sobre todo contra la carestía de la vida, una constante en estos años, especialmente cuando subía el precio del pan, que era el alimento básico de las familias obreras, y que, entre 1931 y 1934, fue objeto de numerosos incrementos debido a la escasez de cereales producida por las malas cosechas. No sólo se hicieron manifestaciones, sino que en los primeros meses de 1933 se produjeron asaltos a los vagones, camionetas y tranvías que transportaban alimentos, confiscándolos y repartiéndolos entre las familias obreras, en Vizcaya, Almería, Málaga, Granada, Valencia... y Madrid donde las mujeres asaltaron los mercados de abastos.

Politización creciente

La mujer había dejado de tener una actitud pasiva y resignada para empezar a tomar parte activa en la lucha. Al mismo tiempo que aumentaba su incorporación al mundo laboral y a las movilizaciones, iba aumentando su participación en los sindicatos y partidos obreros. Hasta 1930 su afiliación estaba centrada en los sindicatos católicos, que contaban con 35.000 afiliadas, pero, según aumentaban las luchas y la radicalización, estos sindicatos no sólo dejaron de crecer, sino que vieron descender significativamente su militancia, tanto de hombres como mujeres, produciéndose al mismo tiempo un fortalecimiento del sindicalismo de clase. Los sindicatos obreros comienzan a comprender la necesidad de incorporar a la mujer a sus filas y atraerlas a la lucha de clases para conseguir la transformación de la sociedad. En el Congreso de la UGT de 1932 se aprobó bajar la cuota para la mujer como una manera de facilitar su afiliación, debido a la inferioridad de sus salarios, y también se aprobó incrementar la propaganda entre las trabajadoras, que hasta ese momento había sido más bien escasa. Es en este Congreso cuando por primera vez se incluye en su programa la consigna "A igual trabajo, igual salario".Esta orientación hacia las trabajadoras tuvo un rápido efecto: de 18.000 afiliadas que tenía la UGT en 1929, pasó a tener en los primeros meses de 1936 más de 100.000. La CNT siguió el mismo camino y en 1936 tenía más de 142.000 afiliadas. Una de las características más importantes en este proceso de incorporación de la mujer a la lucha, es que en todo momento lo que predominó fueron las reivindicaciones de clase. No hubo cabida para ningún tipo de reivindicación feminista burguesa. De hecho, el país de Europa donde menos eco tuvieron los movimientos sufragistas y feministas burgueses fue en el Estado español. El PSOE empezó muy pronto a incluir en su programa las reivindicaciones propias de la mujer obrera, uniéndolas a la lucha del resto de los trabajadores como la única manera de conseguir la igualdad, y ésta a su vez sólo se podía conseguir a través de la transformación socialista de la sociedad. En 1902 se crearon las Agrupaciones Femeninas Socialistas, pero no como organismos autónomos del partido cuya única función fuese reivindicar los problemas de las mujeres. Eran agrupaciones dependientes del partido y planteaban tres deberes básicos para sus afiliadas: hacer propaganda de los principios e ideas socialistas, leer y propagar la prensa obrera, El Socialista, y participar en todos los actos públicos que celebrase la clase trabajadora. No obstante, en el PSOE existían sectores que tenían una enorme confusión respecto a la cuestión de la mujer, aunque su programa parlamentario publicado en julio de 1931 sí incluía: "La igualdad de derechos entre uno y otro sexo"; defendía la necesidad de "creación de guarderías" y "la consecución de todos los derechos femeninos incluido el derecho al trabajo y esto solo se conseguiría completamente con la implantación de la sociedad socialista", (Programa Parlamentario del PSOE, julio 1931).En lo referente al derecho al voto de la mujer existían serias discrepancias. Indalecio Prieto y Margarita Nelken, entre otros, se oponían, porque pensaban que la mujer aún no estaba preparada para tal responsabilidad y concedérselo sería dar más votos a la reacción. En el movimiento anarquista el proceso fue más difícil ya que había distintos sectores con posturas bastante dispares. Desde aquellos que defendían que el único papel de la mujer era el de apoyar al hombre: "La mujer tiene que desempeñar un papel accesorio de apoyo al hombre militante. Su misión central es la de cuidar a sus hijos y compañero en el seno del hogar y, sobre todo, actuar de apoyo al hombre". (Tierra y Libertad, Delia, 5/12/1931). "Su misión es animar al hombre y actuar como un ángel tutelar". (La mujer y sus ideas, Salvador Majó, Solidaridad Obrera, 18/6/1932).A otros, entre los que destacaba Federica Montseny, que luchaban contra cualquier concepción feminista y negaban que existiese ningún problema específico de la mujer y por tanto no había que prestar demasiada atención a ese tema. También existía otro sector que sí defendía incorporar al programa de la CNT las reivindicaciones específicas de la mujer: defender su derecho al trabajo, al voto, etc.

La mujer en la Guerra Civil

El PCE desde sus comienzos tuvo una orientación decidida hacia la mujer, intentando su captación para el movimiento comunista, logrando pasar entre 1936 y 1938 de 179 afiliadas a 4.203.Al estallar la guerra civil en julio de 1936 se produce un cambio cualitativo. Al incorporarse miles de milicianos al frente, la mujer tiene que participar masivamente en la producción, ocupando los puestos de trabajo vacantes dejados por los hombres que iban al frente. Esto supuso un aumento importante de su conciencia de clase al integrarse al trabajo fuera del hogar y alcanzar en muchos casos una independencia económica que antes no tenía. Además no dudaron en participar decididamente en el frente, dentro de las milicias, no sólo como enfermeras, lavanderas... sino como soldados. Las primeras mujeres que se incorporaron al combate fueron las militantes anarquistas, las de UGT y las del POUM. Las milicias obreras fueron el segundo ejército del mundo que incorporó a la mujer, tras haberlo hecho el ruso por primera vez en 1917.Es precisamente en este período en el que se produce la mayor afiliación femenina a las organizaciones obreras. Incluso llegaron a existir organizaciones de mujeres de masas que estaban vinculadas y controladas por las organizaciones obreras. Mujeres Libres era una organización de la CNT-FAI. Surgió al principio como portavoz de un pequeño grupo de militantes anarquistas, con el único propósito de sacar un periódico y distribuirlo dentro del movimiento anarquista. En mayo de 1936 contaba sólo con 500 afiliadas, pero según iba avanzando la guerra y la revolución fueron creciendo rápidamente y se convirtieron en una de las organizaciones más importantes, llegando a contar con 30.000 afiliadas en 1938.Sus objetivos eran facilitar a la mujer los medios prácticos para que ésta pudiese incorporarse a la producción, creando para ello guarderías, comedores... que facilitaban las tareas de las mujeres, al mismo tiempo que proporcionaban formación técnica y profesional, para que pudiesen adquirir mayor cualificación en el trabajo.

La Unión de Mujeres Antifascistas

La organización femenina más importante en estos años fue la Unión de Mujeres Antifascistas (UMA). Surgió en 1933 como sección española de "Mujeres contra la Guerra y el Fascismo", creada por la Internacional Comunista tras el triunfo de Hitler en Alemania. Comenzaron a tener fuerza en 1934, y tras los acontecimientos de Octubre fue prohibida, aunque siguió existiendo con el nombre de "Pro Infancia Obrera", dedicada a ayudar a las mujeres e hijos de los mineros muertos o encarcelados en Asturias tras la insurrección. En 1936 pasó a denominarse UMA, y se fortalece notablemente cuando el gobierno republicano declara a Comisión de Auxilio Femenino, organización subsidiaria de la UMA, organismo encargado de la organización del trabajo de la mujer en la retaguardia, dependiendo directamente del Ministerio de Guerra. Aunque su militancia era heterogénea, un 80% eran militantes de la UGT, un 16% del PCE y un 4% de la CNT, su política estuvo dirigida en todo momento por el PCE y las Juventudes Socialistas Unificadas, que controlaban el 35% de los comités de la UMA. En este período su presidenta fue Dolores Ibárruri. No obstante, las posiciones políticas del estalinismo, negando la revolución española y sometiendo toda la acción del proletariado español al apoyo a la república democrático burguesa, tuvo sus consecuencias prácticas en la política de la UMA.En julio de 1936 tenían ya 50.000 afiliadas, pero en vez de incorporar a las mujeres a la revolución que estaba en marcha, y concienciarlas de que su liberación sólo se podría llevar adelante liberando al conjunto de la clase obrera en lucha por la transformación de la sociedad, basaron su política en limitar la acción de la mujer a un respaldo constante a las acciones y decisiones del gobierno del Frente Popular: Esto se tradujo inmediatamente en la aceptación de la desaparición de las milicias obreras y, por tanto, de la incorporación de la mujer como combatiente. La UMA y el PCE se opusieron a que la mujer luchase en el frente, defendiendo que el papel de la mujer en la lucha contra el fascismo se limitase a las tareas de la retaguardia, haciendo labores de cocina, lavandería, enfermería, producción, importantes sin duda alguna. Por ejemplo en la Columna Pasionaria, las más de 25 mujeres que se encuadraban en sus filas se dedicaban sólo a estas tareas (una continuación de las que hacían en su casa), y se las prohibía coger un arma para luchar.La postura del POUM era distinta. El Secretariado Femenino del POUM no defendía una organización de mujeres aparte y abogaban por un Frente Revolucionario de Mujeres Proletarias que tuviese un contenido revolucionario. Su principal objetivo era atraer a las mujeres al partido y plantear la lucha de las mujeres unida a la de los trabajadores, como la única forma de derrocar al sistema y hacer triunfar la revolución. Su actividad durante la guerra fue hacer propaganda para incorporar a las mujeres al frente, no sólo en labores de enfermería a través del Socorro Rojo, (organización creada por el POUM para proporcionar asistencia sanitaria en el frente), sino como soldado para lo cual daban cursillos de entrenamiento militar, además de otras tareas dedicadas al abastecimiento en tiempo de guerra. Su trabajo no estuvo exento de dificultades. A cada paso se encontraban con el boicoteo del estalinismo: en la Segunda Conferencia Nacional de Mujeres del PSUC celebrada en 1938, se especificó entre los quince intereses principales para las mujeres comunistas, la "lucha contra emboscados, provocadores y trotskistas", en clara alusión al POUM y otros sectores del proletariado revolucionario. (Treball, 4/10/1938).Cuando Largo Caballero, Ministro de Guerra en el gobierno del Frente Popular, apoyado por el PCE, y más tarde por los anarquistas, decretó la prohibición de que las mujeres luchasen en el frente y que su labor se limitase a realizar las tareas domésticas dentro de los batallones, produjo una enorme decepción y frustración entre miles de ellas, que iban al frente reivindicando la igualdad, y veían de nuevo que se las relegaba para las tareas de las que ansiaban salir. Pero no sólo fue una decepción para ellas. Los trabajadores se opusieron a esto y tuvieron que intervenir las direcciones de los sindicatos para poner fin a la situación de descontento que se estaba creando en el frente. Con esta política seguida por los dirigentes del Frente Popular y de los partidos obreros, frenando el ímpetu y la ofensiva revolucionaria, tanto de las mujeres como del conjunto de los trabajadores, no se ganaba la batalla, sino más bien todo lo contrario, se preparaba el camino hacia la derrota. Tras el triunfo de la contrarrevolución fascista más de 400.000 obreros fueron encarcelados o encerrados en campos de trabajo; unos 30.000 fueron fusilados después de la guerra; entre 1939 y 1940 había 30.000 mujeres encarceladas; sólo en la cárcel de Ventas, en Madrid, fueron fusiladas 1.000.Otro castigo reservado para las mujeres por la dictadura, no sólo para las que habían tomado parte activa en la lucha, sino también para las mujeres de los milicianos, para sus hijas, madres etc., fue que eran encarceladas, rapadas al cero y paseadas por las calles de sus pueblos y ciudades. Al mismo tiempo las mujeres retrocedieron más de medio siglo en sus condiciones de vida y en sus derechos, se prohibieron todas sus conquistas: el derecho al aborto, el divorcio, los matrimonios civiles; y además se las prohibió prácticamente el derecho a trabajar por medio del Fuero del Trabajo, quedando de nuevo confinada a las cuatro paredes del hogar.

Juana Cobo

Esclavos del pasado

Esclavos del pasado La mitología griega sitúa en los infiernos la llamada Fuente del Olvido o Fuente de Lete, la hija de Éride, la Discordia. En ella bebían los muertos para olvidar su vida terrestre, y también, según añadiera Platón, con su brebaje las almas se olvidaban del infierno antes de regresar a una nueva vida en la tierra. Una alegoría aleccionadora: en los tiempos míticos correspondía a los vivos beber de la Fuente de la Memoria (Mnemósine) y a la Historia cultivar los recuerdos, para escrutarlos o revivirlos, para expiarlos o para sufrirlos una y otra vez.

No son conscientes de esa idea los que no entienden la legitimidad y la fuerza que ha cobrado el -tal vez mal llamado- Movimiento por la recuperación de la memoria histórica. No lo son. Y sorprende que no lo sean a estas alturas de los tiempos -cuando la Guerra Civil terminó hace 75 años- esa mayoría de ayuntamientos del Valle del Roncal que, para justificar su negativa a apoyar en su tierra un homenaje a los 'esclavos del franquismo' que entre 1939 y 1941 realizaron la carretera que une las localidades de Roncal, Vidángoz e Igal, han aducido que semejante reconocimiento público es rechazable por tratarse de «una cuestión política». ¿Acaso siguen todavía mu- chos ediles roncaleses el consejo de aquel caudillo que no quería que nos metiéramos en política? Bromas aparte, ¿no sorprende que hoy por hoy se pueda explicar tan pobremente una actitud tan trascendente?

Sorprende según se mire. Tampoco en las más altas instancias de la vida política faltan los malos ejemplos. Porque ya éramos conscientes de que la Historia ni lo ilumina todo ni todo lo va superando. No lo hizo durante el franquismo y tampoco a lo largo de la transición. De hecho, pareciera que muchos hayan estado esperando a que llegara la era Aznar para bramar con más fuerza que nunca contra el franquismo, no tanto a favor de la reparación de una justicia histórica como contra el propio Aznar y lo que representa. Contra Aznar quisieron promover los estudios históricos mayormente en el País Vasco. Contra Aznar hablaron de recuperar la memoria de los silenciados. Y contra Aznar prometieron com- pensar económicamente a las víctimas de la represión franquista. ¿Y ahora qué?

Al menos en Euskadi ha resultado ser bastante falso (o una impostura o un incumplimiento, el tiempo lo acabará dilucidando del todo). Si hubieran cumplido sus promesas, nada se les podría reprochar. Pero tanto el consejero vasco de Izquierda Unida Javier Madrazo como el resto de miembros del Gobierno tripartito han demostrado ser bastante demagogos y puede que incluso algo necios. Madrazo prometió ayudas y, a la hora de la verdad, lejos de reconocer que se pasó de valiente y que no tiene fondos para acometerlas, ha decidido pasarse de listo y autojustificar los miles de rechazos de peticiones con argumentos impropios de la izquierda y con excusas historicistas que a veces recuerdan a Pío Moa o al mismísimo Ricardo de la Cierva. Lamentable.

Debemos ser duros en el juicio porque ese amagar y no dar del consejero Javier Madrazo no es sólo una actitud cicatera. Es pura hipocresía, una mentira manifiesta, por ejemplo, en lo que se refiere a esos represaliados que la historiografía más seria ya viene considerando 'esclavos del franquismo', esto es, miles de soldados de la República que una vez derrotados, sobre todo entre 1939 y 1941, fueron castigados a hacer 'otra mili' en Batallones de Trabajadores o Batallones Disciplinarios de Soldados Trabajadores. Según han demostrado brillantemente los historiadores navarros Fernando Mendiola y Edurne Beaumont, aquellos soldados esclavizados fueron considerados por el régimen «las mulas de la Nueva España». Pero para Madrazo eran simples soldados de Franco que estaban haciendo la 'mili'.

Patético. Decepcionante. Y muy triste. Si Madrazo ha bebido de la Fuente del Olvido, si es la Discordia la que confunde al consejero, sólo cabe desearle que beba de la Fuente de la Memoria y que algún día la Historia lo perdone (o, como dirían esos otros: que no se meta en política de izquierdas).

PEDRO OLIVER/PROFESOR DE HISTORIA CONTEMPORÁNEA EN LA UNIVERSIDAD DE CASTILLA-LA MANCHA

Yo también tiré huevos

Yo también tiré huevos Todos tendríamos que hacer una colecta para levantar un monumento a los chicos y chicas que tiraron huevos rellenos de pintura a la ignominiosa placa franquista de la fachada del Gobierno Militar de Las Palmas. Esa placa era una provocación. Ese trozo de fachada marmórea era como la lengua de Franco tratando de imitar a las ya famosas de Mick Jagger y Albert Einstein, a pesar de que el dictador bajito de bigote irrisorio (como el de Hitler, como el de Chaplin, como el de Aznar, como el de Soria) no era ni artista ni científico.



Siento vergüenza por que en tantas décadas de muro de la vergüenza en pleno centro de la ciudad, frente mismo al parque de San Telmo, nadie haya sido capaz de enfrentarse a esa placa periclitada y ridícula que provocaba a los transeúntes demócratas y a los turistas despistados que caminaban por Triana pensando que efectivamente España es a veces repugnantemente diferente.

Tengo cargo de conciencia por no haber acompañado a los imputados el otro día en el juzgado para que no se sintieran solos. Me consta que no se sintieron solos porque estuvieron acompañados por un grupo de amigos y correligionarios, pero eso es insuficiente. Teníamos que haber sido muchos más los que debimos mostrarles nuestra adhesión y nuestro agradecimiento. Porque han pasado muchas décadas para que las autoridades (militares, por supuesto) osaran descolgar tal barrabasada.

Las placas no muerden, pero sí sus rememoraciones. Duele que te recuerden día a día, machaconamente, que un militar golpista y dictador acabó con una república democrática partiendo de esta islas de ultramar. Hay cosas de las que los canarios no debemos sentirnos satisfechos y ésta es una de ellas. Saludo a esos jóvenes lúcidos y valientes que se han atrevido a tirar huevos con pintura a esa placa de la vergüenza, que sólo tiene sitio en un museo castrense.

Sin embargo, esta desagradecida sociedad, en vez de subirlos a un altar, tiene la osadía de juzgarlos como delincuentes comunes. Hubo un fiscal que tuvo el atrevimiento institucional y cómodo de pedir una multa infinitamente mayor al coste de la propia placa. Hubo un perito que tuvo la desvergüenza de reconocer en el juicio que se fió de la tasación que le dieron en el Gobierno Militar.

Todos somos esos pobres chicos imputados que sólo han cometido el crimen de la cordura, el civismo, la democracia y el pacifismo. Ellos han conseguido lo que muchas organizaciones políticas, culturales y sociales no pudieron en muchos años. Aunque algunos consideren su acto como una gamberrada, se ha demostardo que era la única forma de cortar por lo sano con una injusticia histórica y un agravio a los perdedores de la guerra civil, que eran justamente los que defendieron con su vida la legalidad vigente.

Un fiscal que pida una condena por tirar unos huevos a una placa que nunca debió existir no vive en este mundo. Las leyes hay que saberlas interpretar y no ejecutarlas al pie de la letra. ¿Pero en qué país vivimos y sobre todo en qué época?

Yo me autoinculpo. Yo también tiré huevos, aunque en realidad me quedé con las ganas. Ya lo dijo el anterior ministro de Defensa: ¡manda huevos! Pues eso: manda.


Cristóbal D. Peñate

Dalí el fascista

Dalí el fascista Las cosas no desaparecen, sólo se esconden o se recuerdan, se buscan o se olvidan. O, cuando caen en malas manos, se oculta una de sus mitades y se enseña la otra, como si eso fuera todo. La realidad es un iceberg, piensan los cínicos y suponen los desmemoriados; pero un iceberg es una trampa, y una trampa es una mentira. Así de fácil.

Una buena muestra de todo eso es el modo en que se está presentando el centenario del pintor Salvador Dalí, un artista que apoyó con nitidez la dictadura de Franco; que vivió en las cercanías del general sedicioso y obtuvo todas las ventajas posibles de aquel régimen corrompido al que sirvió de coartada y sobre el que jamás hizo pública la más mínima crítica. Aquel régimen que había derribado el Gobierno legítimo de la República y exterminado toda la política cultural de la que tanto se benefició en su juventud el propio Dalí, desde la Institución Libre de Enseñanza a la Residencia de Estudiantes; el mismo régimen que había ejecutado a su íntimo amigo García Lorca; el mismo que había obligado al destierro a su otro camarada inseparable de la Residencia de Estudiantes, el director de cine Buñuel, y a la mayoría de sus contemporáneos, gente que le había sido cercana, como Alberti; poetas como Cernuda, Salinas o Guillén; pintores como Gaya, o maestros suyos como Picasso, Mallo y el escultor Alberto Sánchez. El mismo régimen que, tras causar cientos de miles de muertos con su golpe de Estado, siguió asesinando a tantos miles de personas tras acabar la Guerra Civil que aún hoy quedan alrededor de 35.000 republicanos sin tumba, vergonzosamente tirados en fosas comunes. Dalí nunca dijo nada de todo eso y vivió en la España de Franco como un auténtico rey.

En uno de los primeros actos montados para celebrar los 100 años de su nacimiento, cinco reputados especialistas coincidieron en una sola cosa: Dalí no fue franquista. El Museo Reina Sofía acaba de inaugurar una exposición, Huellas dalinianas, en la que se rúnen obras de 40 creadores en los que la influencia de Dalí es evidente. La muestra se refiere a los ecos que produjo su obra entre 1927 y 1939: el problema ideológico queda solucionado por omisión.

Y lo primero que se encuentra el visitante es una serie de dibujos de García Lorca, empezando por un Retrato de Dalí, que parece querer recordar la gran relación de Lorca y Dalí, quien después de la guerra hizo comentarios detestables sobre su antiguo compinche de tantas cosas, fue más que comprensivo con su fusilamiento y llegó a airear supuestas aficiones sexuales del autor del Romancero gitano, una indiscreción que delató, sin duda, una falta de respeto extraordinaria por su memoria. Para la posteridad, sin embargo, parece que sólo ha quedado un Dalí cuyas virtudes y pecados quedan resumidos por la palabra "excéntrico". Eso, al parecer, lo justifica todo. Y, por si no fuera así, los gestores de esta exposición se han curado en salud acotando las fechas, 1927 y 1939, lo que va de la camaradería a la traición, pero sin entrar en las arenas movedizas del franquismo.

Aunque, la verdad, si ni Dalí era franquista, lo que habría que preguntarse es: ¿existió el franquismo? Yo empiezo a creer que no, después de oír 800.000 veces -una por muerto- que Cela no era franquista, ni Diego, ni Rosales, ni Panero, ni Torrente, ni González Ruano, ni Vivanco, ni siquiera el propio Dalí, ése que se ríe con el Funeralísimo en tantas fotos de la época. Aquí hubo monárquicos o falangistas críticos, pero franquista no lo fue ni doña Carmen. Resulta preocupante que, cada vez más, así se escriba la historia, dulcificándola o, directamente, tergiversándola a base de hacerla selectiva: lo que no interesa, se quita, y asunto resuelto. La Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales es especialista en eso: si se celebra el centenario de Alberti -a los 101 años, para no coincidir con el de Cernuda-, pues se elimina toda referencia a la militancia comunista del autor de Sobre los ángeles. Si el centenario es el de Dalí, se le lima el franquismo y problema solucionado. Quizá haya quien considere esta visión de la cultura y la historia apropiada para los tiempos que corren.

Otros consideramos una pena desaprovechar la oportunidad que brindan esta clase de celebraciones para hacer una verdadera reflexión ideológica que ayude a esclarecer los hechos más significativos de una parte de nuestra historia y sirva para lo que deberían servir estas conmemoraciones: para poner a cada uno en su sitio a base de decir la verdad. Dalí no sería peor ni mejor pintor por eso.

Benjamín Prado, El País

El general Sanjurjo, ni héroe ni víctima

El general Sanjurjo, ni héroe ni víctima REVISIÓN DE LA FIGURA DEL MILITAR GOLPISTA

Enrique Sacanell Ruiz de Apodaca se ha valido de cartas y documentos inéditos para renovar una parte importante de la historia española a través de la figura del ‘General Sanjurjo. Héroe y víctima’ (La Esfera de los Libros), su tío abuelo y un personaje fundamental en los acontecimientos del siglo pasado, ya que en sus manos estuvo evitar la dictadura franquista.

¿Un accidente?

Él instigó al Alzamiento militar que en 1936 desató el conflicto civil. Él se consolidó como uno de los mayores competidores de Franco. Pero Sanjurjo acabó muriendo en un accidente de avioneta cuando regresaba de su destierro para encabezar la insurrección. Al igual que la muerte de Mola, los investigadores guardan ciertas dudas en torno a este supuesto accidente y se han empeñado en varias ocasiones en recuperar supuestas verdades que invitan a plantearse innumerables incógnitas.

Uno de esos intentos por rebatir la Historia, está en manos de Enrique Sacanell, sobrino nieto de Sanjurjo, que ha publicado una extensa biografía a través de documentos inéditos que descomponen algunos aspectos sumidos en supuesta nebulosa, y destapan incluso los rasgos más oscuros de Franco.

Al igual que hiciera María Teresa Weyler con su abuelo, el denostado general Weyler, Sacanell pretende dar ciertos retoques a la imagen de su pariente con nuevas informaciones. Así, califica al general de “víctima y héroe”, ya que su imagen ha sido desfigurada desde todos los flancos posibles: “Los republicanos le condenaron como reo de alta traición; los monárquicos jamás le perdonarían que no montara a caballo y que sostuviera un trono que se hundía; los que, tras vencer en una cruenta guerra civil, edificaron un Estado que dio vida a una dictadura falsearon su figura y la utilizaron, como harían con la de tantos otros, ocultando su talante regeneracionista, unificador y de tinte liberal...”.

Un hombre acosado y mujeriego

Los propios historiadores también son culpables, según el autor, de la distorsión de la vida de este personaje que, sin embargo, desempeñó "un papel clave" antes del estallido del conflicto civil: “Su inestimable concurso en los primeros compases de la República y su afán posibilista comenzaron a quebrantarse con los graves sucesos que asolaron la geografía peninsular en mayo de 1931”.

Enrique Sacanell revela también el lado más íntimo del general, trazando un perfil de su personalidad y sus aficiones particulares. Aparte de ser un hombre batallador y famoso por sus hazañas como soldado, Sanjurjo también destacó por su promiscuidad sexual, que le llevó incluso a enfermar de sífilis. Por otra parte, su familia quedó resquebrajada con la muerte de su mujer, Esperanza, y sus dos hijos se criaron con su abuela Carlota sin perder, no obstante, la admiración y el amor hacia su padre.

Después llegó la muerte de uno de sus ellos y el general cayó en un profundo abatimiento, acrecentado por otros problemas, como la ruina económica y la existencia de un hijo nacido fuera del matrimonio.

Con esta serie de infortunios y agravios el autor justifica el posicionamiento ideológica del general contra la República: “Con estas circunstancias no puede extrañar que, insatisfecho con el devenir del régimen republicano, sintiéndose perseguido por sus gobernantes, acosado incluso en la esfera personal y espoleado por amplios sectores, tanto en lo político como en lo militar, que le incitaban a la sublevación, se dejase persuadir de que la salida a la caótica situación que percibía era la Restauración...”

La provincia mantiene recuerdos franquistas en calles y plazas

La provincia mantiene recuerdos franquistas en calles y plazas FOTO: 'IN MEMORIAM'. Monumento, en Agua Amarga, a los que intentaron liberar a José Antonio.

Los falangistas propusieron que la ciudad se llamara 'Alicante de José Antonio' «Hay nombres que dan repelús y deben suprimirse», opina el cronista oficial

Lo decía el historiador Javier Tusell, por esta fechas del verano del 2000: «No hace tanto tiempo que quien consultara el nomenclátor de las calles de Alicante, una capital que no puede ser considerada como derechista, podía encontrar nada menos que 24 nombres relacionados con los vencedores de la Guerra Civil. En la práctica, todos los generales del Ejército de Franco tenían una calle...»

Hoy el panorama es bien distinto. La mayoría de símbolos, connotaciones y semántica del régimen franquista han desaparecido incluso de la conciencia colectiva. Pero aún quedan en la provincia resquicios de aquella época, sobre todo en zonas de la Vega Baja. Algunos han sido centro de polémica reciente. Como en Orihuela, donde la oposición planteó al Pleno la retirada o no del monolito dedicado a Franco, en la Glorieta. El tema está por resolver. Mientras el alcalde (PP) ofrece «un debate en silencio sin abrir heridas», Izquierda Verde, PSOE y Centro Liberal le exigen acato a la resolución del Congreso de los Diputados de hace un año.

En la mayoría de lugares, las connotaciones franquistas se han obviado, permanecen por consenso, perduran sin pena ni gloria, o fueron retiradas sin conflictos, explican Enrique Cerdán Tato, cronista oficial de la ciudad de Alicante, y el escritor Mariano Sánchez Soler. En Agua Amarga persiste, prácticamente en abandono, el monumento erigido a los cincuenta falangistas «llegados de la Vega baja para liberar a Primo de Rivera y que fueron acribillados en el Barranco de las Ovejas por la Guardia de Asalto al mando del capitán Rubio Funes», recuerda Cerdán. «El alicantino ha pasado mucho de ese monumento, típico de las obras fascistas». Y que, según añade Mariano Sánchez, «fue realizado con parte del material del monumento a los Mártires de la Libertad que existía en la Explanada». Alicante ciudad mantiene el nombre de José Antonio para uno de sus barrios y al menos una docena de calles rememoran a falangistas o militares fascistas «que participaron en la Guerra Civil pero sin ser personajes relevantes o con una fama tan fugaz que los alicantinos de hoy ignoran esa vinculación», explica Cerdán Tato.

Tucumán

Curiosa es la historia del destructor argentino Tucumán, que primero bombardeó Alicante y luego sirvió de huida a personajes franquistas «que refugiados en el consulado argentino huyeron disfrazados de marineros». Tras la guerra se puso Destructor Tucumán a un calle (antes Mariana Pineda) y actualmente se mantiene sólo con Tucumán «por lo que poca gente sabe a qué hace referencia».

Aún más interesante la anécdota que conserva, documentada, el cronista alicantino: en los años 40 el Ayuntamiento debatió una moción, respaldada por falangistas, para que la ciudad se llamara Alicante de José Antonio. «Por fortuna, no fructificó», apunta Enrique Cerdán. Para él «hay nombres de la Dictadura que provocan repelús y deben ser suprimidos; pero otros, que no crispan a nadie, se podrían conservar perfectamente».

Así es el panorama en el resto de la provincia. En Elda, la Cruz de los Caídos se mantiene erguida en el Parque de la Concordia, antes Plaza del Caudillo. En Novelda aún puede verse el águila franquista en un edificio público. En Crevillent perdura un monumento a José Antonio Primo de Rivera «donde cada 20 de noviembre los falangistas depositan una corona de laurel y entonan el Cara al Sol», explica José Vicente Más. Del casco urbano crevillentino han ido desapareciendo las calles con significados nombres de la Dictadura, excepto en el caso de personajes locales. Aquí, como en algunas otras localidades, se mantiene el nombre de José Antonio en un centro escolar.

Cruz sin placa

En Torrevieja no quedan rastros del antiguo régimen. Nada en calles o plazas recuerda a Franco o a la guerra civil. Desaparecieron todos los símbolos en los años ochenta, cuando regía la ciudad la alcaldesa socialista Rosa Mazón, informa Luisa Sánchez. El concejal de Tráfico de aquellos años, y luego Alcalde, Joaquín García, recuerda que «en la Plaza de Miguel Hernández, entonces llamada de Los Caídos, había una gran cruz con una placa que recordaba a los caídos por Dios y por España. Quitamos la placa y se quedó la cruz sin leyenda».

Nunca hubo en Torrevieja monumentos a Franco. Sólo su perfil en un bajorrelieve del Salón de Plenos, en conmemoración de la ampliación del municipio en los años 50. Sí había amplia representación de nombres del antiguo régimen en el callejero: plazas o calles del Caudillo, José Antonio, General Mola, General Sanjurjo... «Los cambiamos por Miguel Hernández, Antonio Machado, Blasco Ibáñez.» Así, la Plaza del Caudillo se llamó de la Constitución y los paseos costeros pasaron a ser de Vista Alegre y de la Libertad. Nunca se han vuelto a cambiar nombres y apenas los más mayores recuerdan a las vías con nombres de próceres de la dictadura.

La excepción son dos referentes de la dictadura, Ramón Gallud y Juan Aparicio, pero más por razones de vinculación a la localidad que por su condición ideológica. Gallud fue jefe de Falange de Torrevieja, fusilado en Alicante durante la Guerra Civil; y Juan Aparicio, director general de Prensa del Movimiento, fundador de la Falange y padre del Certamen de Habaneras, desde los años cincuenta da nombre a lo que fue durante muchos años el Paseo de las Rocas.