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MEMORIA HISTÓRICA

Biografias

Lo mataron pero no se rindió

Lo mataron pero no se rindió El pasado 13 de septiembre se cumplian 35 años de la muerte del mítico guerrillero Guido Alvaro Peredo Leigue (Inti). La boliviana Anna Elena Recacoechea, compañera de luchas y madre de su primer hijo, narra cómo lo capturaron, torturaron y asesinaron en la capital de su país natal.

'El Inti que yo conocí fue uno de los hombres más revolucionarios y más grandes que ha tenido la historia de Bolivia'. Así comienza el testimonio de Anna Elena Harvey de Recacoechea, en su casa del reparto capitalino de Bahía, en La Habana del Este, donde radica el Comité de Defensa de la Revolución que lleva el nombre del mítico guerrillero.

'Inti murió cuando estaba preparando la segunda guerrilla en las selvas de mi tierra boliviana. Yo fui una de sus compañeras de lucha en el seno del Partido, y lo recuerdo con la misma claridad que cuando compartíamos una reunión, cumplíamos una tarea partidista, y sobre todo el amor que sentía por su hijo Peter Inti.

El se entregó en cuerpo y alma a organizar un nuevo frente guerrillero, tal como había prometido, luego de la dolorosa muerte del Che. Claro, lo hizo en la más absoluta clandestinidad y eran muy pocos los que sabían dónde estaba cuando lo fueron a buscar'.

Dice Anna que le dieron un cuartico pequeño, en la parte de afuera de la edificación donde se encontraba, exactamente en el número 584 de la calle Santa Cruz, entre Isaac Tamayo y Max Paredes, en La Paz.

'Su muerte fue el resultado de una infame delación en la que no fue uno solo el delator. Lo he pensado siempre y ahora insisto en eso, porque cuando dieron con el sitio exacto donde se refugiaba, estaba solo, como para que nadie más peligrara en ese combate a muerte que sostuvo. Para mí, uno de los traidores estuvo en esa casa donde Inti creyó que estaba seguro.

'Si, la prensa reaccionaria publicó que fueron solo 12 ó 13 automóviles los utilizados por la Policía y el Ejército que rodearon la casa donde Inti se protegía, pero en verdad los cuerpos represivos llevaron al lugar varios camiones repletos de militares armados hasta los dientes: 150 fieras contra un hombre, 150 contra uno solo'.

Cuenta Anna que Inti se batió a tiros contra esa fuerza superior en número y armas: 'Resistió el ataque durante una hora y solo pudieron capturarlo vivo, porque su pistola Browning se le quedó sin balas, su fusil M-1 se le encasquilló, y la granada que él se proponía guardar para volar junto a sus captores antes de caer en poder del enemigo, alguno de los traidores se la llevó de la casa sin que él se percatara del hecho. Siempre he estado convencida de eso, porque él dijo que así actuaría en tal caso, pero lo sorprendieron sin que él pudiera darse cuenta de ese detalle de la traición.

'Ello explica porqué cayó en manos de los verdugos, encabezados por el sanguinario Roberto Toto Quintanilla, quien personalmente lo torturó en forma criminal. Yo me sé de memoria este triste y doloroso episodio del 9 de septiembre de 1969, hace 35 años, no solo porque Inti era una de las personalidades más valiosas de la historia de Bolivia, un revolucionario de altísimo calibre, sin duda la mano derecha del Che en la histórica guerrilla, sino también porque fue mi compañero del Partido, mi amigo, mi hermano, y el padre de mi único hijo, de Peter Inti. Le pusimos Peter por Tchaicovski e Inti por él.

'Quiero insistir en que lo sacaron vivo, herido de bala, y que pudieron haberlo salvado, operándolo, pero no recibió alguna atención médica. Al contrario, lo llevaron enseguida para un campo de concentración de los que crearon cuando Hugo Banzer estuvo en el gobierno, de esos que ayudó a construir el nazi Klaus Barbie en La Paz, ubicado en Achocalla.

'Salvajemente lo torturó Toto Quintanilla. El mismo que le mandó a cortar las manos al cadáver del Che. Lo golpeó de modo brutal y con un culatazo de su fusil le destrozó la columna cervical. Después lo presentaron a la prensa como muerto en combate, pero fueron claras las señales de las brutales torturas a que fue sometido, porque no habló ni una sola palabra. Querían saber, por supuesto, quiénes formaban parte del grupo que se alzaría de nuevo en las montañas.

III

'Cuando murió Inti y se publicó la falsa noticia de que había caído en combate, nos reunimos la familia y los compañeros del Partido. Estaba allí mi niño, que tenía entonces cinco años. Después no hubo sepelio, ni entierro masivo, ni nada. Tuvieron miedo al pueblo, como siempre les ocurre a las tiranías.

'Se hicieron muchas gestiones, pero todo resultó inútil. Varios días después nos avisaron para que acudiéramos a la iglesia del cementerio. Solo permitieron que fuéramos cinco mujeres y dos hombres. En cuanto llegamos nos mostraron el ataúd y abrieron el cristal para que confirmáramos que era él. Para mí fue tremendo verlo muerto, aquel hombre que parecía no tener muerte. Allí estaba la esposa de un primo hermano de Inti que era como su hermano. Por parte del gobierno vi a Benavides, el Jefe de la Inteligencia. La familia se llevó el cadáver para la estancia Las Perlas, en El Beni, donde hoy se conservan sus restos. Recuerdo que murió a los 17 días de cumplirse el segundo aniversario de la muerte de su hermano Coco Peredo'.

Cuenta Anna que le llamó mucho la atención que Adolfo Siles Salinas, el presidente de Bolivia al morir Barrientos, comentó que Inti 'era un rebelde con causa'.

'Recuerdo que era alto de estatura, y tenía 32 años cuando fue asesinado. Tenía una personalidad muy sólida'.

'Ingresé al Partido Comunista donde él también militaba. Partió a cumplir una misión al exterior y al regresar fue que lo conocí. Yo escuchaba hablar del camarada Inti, del camarada Inti, hasta que un día lo tuve frente a mí. Comenzamos a charlar. Era muy introvertido.

'Nosotros hacíamos trabajos del Partido, pirueteábamos el periódico, hacíamos reuniones, pues estuvimos en la misma célula. Estoy hablando de finales de la década del 50, antes de que él iniciara los preparativos para la guerrilla del Che.

'Yo no sabía dónde estaba. Me enteré por una noticia de Radio FIDES, de La Paz, una emisora religiosa, donde se anunció su muerte. Eso fue en junio de 1967. Se pidió que sus familiares acudieran a la Policía para recoger algunas de sus pertenencias. Entonces me llamaron los compañeros del Partido y me dijeron que no creyera tal falsedad.

'Esa noticia era una trampa. También era falso que había muerto. El presidente Barrientos, en un sucio simulacro, condecoró al supuesto matador del guerrillero.

Escrito por el Che, el Comunicado No. 4 del ELNB, dio un rotundo mentís a lo anunciado: 'Inti Peredo, efectivamente, es miembro de la Jefatura de nuestro ejército, donde ocupa el cargo de Comisario Político y bajo su mando estuvieron recientes acciones. Goza de buena salud y no ha sido tocado por las balas enemigas; el infundio de su muerte es el ejemplo palpable de las mentiras absurdas que riega el ejército en su impotencia para luchar contra nuestras fuerzas'.

IV

Ciertamente Inti llega a convertirse para unos en consigna, para otros en leyenda, y para el imperialismo norteamericano en una pesadilla. Tan es así que en un afiche que el ejército y la CIA distribuyeron por todo el país, pedían por él una recompensa altísima.

Inti era hijo del escritor boliviano Rómulo Peredo. De acuerdo con su esposa, Selvira Leigue, le ponen al niño una porción del nombre de un personaje de su novela Aillo Inti, o familia del Sol. En quechua Inti significa Sol. Nació en Cochabamba, el 30 de abril de 1937 y de muy niño sus padres lo llevan para Trinidad, departamento de El Beni.

Se convierte en cuadro de la Juventud Comunista, llega a ser su secretario general en Trinidad, e integra en 1950 el grupo de jóvenes fundadores del Partido Comunista en El Beni. De simple militante, alcanza la membresía del Comité Central hasta su ruptura con la línea claudicante impuesta por Mario Monje, entonces máximo dirigente partidista.

Viaja a Chile a estudiar en la escuela de cuadros del Partido, y después a Moscú. En 1963 presta valiosa ayuda en la organización y apoyo logístico a la guerrilla de Salta, en Argentina, encabezada por el periodista Jorge Ricardo Masetti y colabora con los revolucionarios peruanos.

En marzo de 1966, José María Martínez Tamayo (Ricardo), contacta con Inti para iniciar los preparativos del frente guerrillero en Bolivia. Ya en mayo elabora un informe para un Congreso del Partido donde plantea la necesidad de la lucha armada.

Se decide su viaje a Cuba y el 25 de julio de aquel año viaja a la Isla con nueve militantes. En octubre reciben la orden del citado dirigente del Partido de regresar a Bolivia, lo que cumplen solo por disciplina.

Llega a Cochabamba el 12 de noviembre y 15 días después se une en la selva a la guerrilla del Che. Cuando el 31 de diciembre Monje, en Ñacahuazu los conmina a dejar la lucha, encuentra en Inti y los demás la negativa a esa actitud traidora.

'Yo escuché por casualidad la noticia verdadera de su muerte, cuando estaba estudiando en la Escuela Normal para Maestros, donde era secretaria comercial.

'Inti, tras el asesinato del Che en la escuelita de La Higuera, fue uno de los pocos que logró salir del laberinto de la jungla, al asfalto de la ciudad y se convirtió en el reorganizador del ELNB.

'Los guerrilleros que pudieron burlar el cerco, hicieron un juramento: continuar la lucha. Logran salir, después de un montón de peripecias y por gestiones clandestinas de Inti, llegan hasta el lugar de la frontera con Chile donde los recibe el entonces senador chileno Salvador Allende.

'Inti después se va a Oruro, más tarde a La Paz, y posteriormente a Cochabamba, todo en el más absoluto secreto. Preparó la segunda guerrilla y decidió marchar a Cuba. Al regreso lanza su Manifiesto en el que dice: "Volveremos a las montañas", en el que anuncia el reinicio de la lucha'.

'Ese llamamiento hizo que el gobierno arreciara su búsqueda y desatara una fuerte ofensiva para capturarlo, pero como volvió de Cuba más grueso, con otro aspecto -'pues él era más bien delgado-', no lo reconocían fácilmente. La traición fue lo único que lo puso en manos del enemigo, porque él actuaba como un artista del clandestinaje.

'Ya no puedo precisar exactamente la última vez que lo vi ni tampoco el lugar, pero no he podido olvidar su valor y su entereza. A 35 años de su muerte heroica, solo me tranquiliza pensar que fue un hombre del Che, que no traicionó nunca a su jefe ni a su pueblo, y que cada vez que se diga Inti, como en quechua significa Sol, me parecerá que se dirá: el Sol sigue alumbrando la lucha'.
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«Nuestra guerra fue por la libertad, la de ahora es a causa del petróleo»

«Nuestra guerra fue por la libertad, la de ahora es a causa del petróleo» «Los falangistas odiaban a los asturianos. Era oír el nombre de Asturias y volverse locos» «Soy republicano, pero Juan Carlos I es un gran Rey. Se ganó mi respeto en la jornada del 23 de febrero de 1981»

Después de 85 años de batallas, fugas y exilio francés, se enfrenta a las dos semanas con más carga emotiva de su vida. Desde mañana al 7 de setiembre, la plácida jubilación de Manuel Fernández Arias en la Bretaña francesa se verá convulsa por dos actos significativos: esta semana, el Ayuntamiento de París le concede la medalla conmemorativa de los 60 años de la liberación de la ciudad del yugo nazi. Seguidamente, en la jornada previa al Día de Asturias, el Gobierno regional le entregará la Medalla de Plata de Asturias. Su patria de adopción y la de su cuna, Ibias, se unen en el tiempo para darle las gracias por una juventud dedicada a la lucha contra el fascismo. La única pena entre tanto festejo es que 'su' Paulette no le acompañará. Su mala salud la impide viajar.

-Homenaje en París y en Asturias, ¿está preparado?

-Estoy sorprendido. Sé que el Ayuntamiento de París prepara algo grande para conmemorar los 60 años de la liberación de la ciudad. Pero no sé qué van a hacerme. Tampoco esperaba la Medalla de Plata de Asturias. Es el honor más grande para un asturiano.

-¿Llegan tarde estos homenajes?

-(Risas) Nunca es tarde si la dicha es buena.Yo estoy encantando porque, insisto, me parece un honor, sobre todo el asturiano.

-Insiste en el honor de ser asturiano, pero mantiene su residencia en Francia.

-Porque ya soy muy mayor. Si hubiera intentado volver antes de 1975, Franco me hubiera dado en la cabeza (risas). Y después, yo tenía aquí mi vida, mi trabajo, mi mujer, Paulette, y en España no había nada para mí.

-Entonces, ¿hasta la muerte de Franco no volvió a ver a su gente?

-Tuve mucha suerte. Mi mujer trabajaba en la Agencia Press y logró un salvoconducto para que pudiéramos venir de visita en 1957. Se pidió permiso al Ministerio del Interior español y dio su conformidad.Además, el embajador francés nos protegía, con lo que no podía pasar nada.

-A pesar de la protección, ¿no tuvo miedo?

-¿Muchísimo! (Carcajadas) Cuando llegamos a la frontera y di mi pasaporte estaba un poco preocupado, pero cuando vi que el funcionario se marchaba y que dos guardia civiles se colocaban a mi lado me temí lo peor. Me volví a Paulette y le dije, 'hasta aquí hemos llegado'. Pero ella fue muy firme y dijo, si te hacen algo, llamo inmediatamente a París.

-¿Y qué pasó?

-Afortunadamente, nada. Yo no figuraba en ninguno de los ficheros que tenían, así que seguimos camino hasta Ibias.

«Nos asesinaban»

-¿Y qué recuerda de aquel primer reencuentro?

-Una gran tristeza. Durante todo el trayecto sólo vimos hambre y pobreza. Llevábamos en el coche 10 kilos de caramelos para los niños de mi familia, pero los fuimos repartiendo por el camino. Los críos no sabían qué era aquello que les dábamos.

-¿Qué lleva a un chaval de 18 años a ir a la guerra?

-No había otra opción. Teníamos que defendernos de las matanzas a que nos sometían los gallegos. Eran auténticas carnicerías. Mataban, robaban, los fascistas eran terribles.

-¿Cuál es su peor recuerdo?

-Sin duda, el campo de concentración de San Marcos, en León. Aquello era el infierno. Los fascistas nos hacían de todo. A los asturianos nos odiaban. Era oir Asturias y ponerse como locos, agresivos.

-¿Cree que puede volver a pasar?

-Espero que no.

-Lo espera, pero ¿qué cree?

-Creo que no, aunque, tampoco pensé que hubiera tantos criminales en España como vi en la Guerra Civil.

-Como soldado, ¿qué opina de la guerra de Irak?

-Eso ha sido una fanfarronada de Aznar ¿Qué pintábamos los españoles allí? ¿Nada!

Héroe en Francia

-Pero usted también fue a la guerra en el extranjero: luchó contra la ocupación nazi de París.

-Sí, nuestra guerra fue por luchar por la libertad. Por poder hablar y leer en libertad. Ahora sólo van a la guerra por el petróleo. Nada más.

-¿Con qué se queda de su experiencia en Francia?

-Con el compañerismo. Aunque muchos han muerto, todavía tengo amigos de aquella época. Y con Paulette, mi mujer, que por salud no podrá venir a Asturias.

-Usted participó en el desembarco de Normandía.

-Sí, pero no en el Día-D. Nosotros desembarcamos el 1 de agosto y la batalla fue muy dura. De hecho, un cañonazo me destrozó el hombro el día 14 y ya no pude participar en la liberación de París, que ya la teníamos ganada.

-Luchó contra el fascismo español y contra el alemán, ¿cuál fue peor?

-El fascismo es igual de terrible en todas partes. De los españoles no esperaba tanta maldad, pero la vida me ha permitido ver cómo desaparecían todos.

-Como republicano, ¿qué le parece tener una Princesa de Asturias asturiana?

-Yo soy republicano, pero Juan Carlos I es un gran rey. Se ganó mi respeto, y creo que el de todos los españoles, el 23 de febrero de 1981, cuando hizo frente al golpe de Tejero. Creo que él y su familia están trabajando mucho y muy seriamente por este país, por lo que merecen todo mi respeto.

-Acabamos. Cuando venga a Asturias, ¿qué le gustaría llevarse, además de la medalla?

-¿Qué echo más de menos de Asturias? (Carcajadas) ¿El chorizo! Me encanta el chorizo asturiano. De hecho, a mi sobrina ya le pedí un cocido para el día que llegue.

BIOGRAFIA:
85 años: Manuel Fernández Arias nació en Ibias, en 1919. Sin embargo, de sus 85 años, en su pueblo natal sólo estuvo hasta los18. A esa edad se fue con su padre a luchar en la Guerra Civil, desde el bando republicano ¿La razón? «Para defendernos de las matanzas a que nos sometían los gallegos».

Penurias: desde su entrada en el conflicto bélico y hasta su fuga de España, 30 meses después, su vida fue un canto al dolor. Perdió a su padre, fue apresado y sufrió cárcel y torturas en el campo de concentración de La Harinera, en Gijón, y, sobre todo, en el de San Marcos, en León. De este último dice que fue «un auténtico infierno».

Francia: desde Pirineos, donde cumplía trabajos forzados, logró fugarse y llegar a su patria de adopción. En Francia se incorporó a la Legión extranjera, que le llevó a Túnez, tras la rendición del mariscal Petain ante Hitler. Formó parte de la división militar del general Leclerc que desembarcó en Normandía, (aunque no el Día-D) y no llegó a participar en la liberación de París porque fue herido de gravedad el 14 de agosto de 1944.

Paulette: tras un año en el hospital militar, recuperándose del destrozo que un cañonazo le hizo en el hombro, Manuel Fernández fue 'adoptado' por los franceses, que le llenaron de condecoraciones. La mejor de ellas tiene nombre de mujer, Paulette, la persona que lleva a su lado media vida y que, por problemas de salud, no podrá estar en el Auditorio Príncipe Felipe cuando su marido reciba la Medalla de Plata del Principado.

Testigo y cronista del exilio de los republicanos

Testigo y cronista del exilio de los republicanos Silvia Mistral, fallecida a los 90 años, fue una de las primeras cronistas de las vicisitudes de los exiliados españoles tras la Guerra Civil. De nombre real Hortensia Blanch Pita, vivió con su familia en Galicia y La Habana hasta que en 1931 se instaló en Barcelona. A los 18 años ya escribía columnas para Las noticias y El día gráfico, y publicó también críticas de cine en las revistas Popular Film, Films Selectos y Proyector.
Con la guerra, se exilió en el Gard francés y empezó su obra fundamental, en la que relata sus últimos días en Barcelona y las miserias del desarraigo. Al terminar la contienda, se embarcó junto a su compañero Ricardo Mestre, rumbo a Veracruz, México.Gracias a las gestiones del presidente Lázaro Cárdenas, miles de españoles rehicieron sus vidas.

La obra escrita en Francia apareció inicialmente por entregas en la revista Hoy; en 1940 vería la luz en forma de libro, con el título Exodo, diario de una refugiada española, prologado por el poeta León Felipe y publicado en Minerva, la editorial que había fundado Mestre.

Instalada en la colonia Roma de la capital, Mistral publicó cuentos en la revista Aventura. También hizo novelas rosa, de las cuales Violetas imperiales tuvo un éxito singular. A este título le siguieron La cola de la sirena, El niño de la banda, Madréporas y La cenicienta china.

Además, retornó a la crítica cinematográfica en la revista Arte y plata, se convirtió en columnista del matutino Excélsior y colaboró también con la publicación anarquista cubana El Libertario, uno de los últimos medios independientes clausurados por Fidel Castro.

Silvia Mistral, escritora cubana, nació en La Habana en 1914 y falleció en México D. F. en agosto de 2004.

EMILIO GODOY
EL Pais

EL LARGO ÉXODO Y LA MUERTE DE ANTONIO MACHADO, Madrid, 1936 - Collioure, 1939

EL LARGO ÉXODO Y LA MUERTE DE ANTONIO MACHADO, Madrid, 1936 - Collioure, 1939 El día 15 de enero de 1939 las tropas del general Yagüe tomaron Tarragona, y por la brecha abierta en lo que ya no podía considerarse frente republicano, se lanzaron hacia el Norte varios cuerpos de ejército. La aviación nacional bombardeó de nuevo Barcelona. Bajo las bombas, grupos de soldados, muchachos y muchachas, intentaban levantar barricadas con los adoquines arrancados del pavimento de las calles. Era un último esfuerzo desesperado de defensa. Faltaban las armas, se carecía de fusiles y de ametralladoras. Las armas que estaban depositadas en la frontera, y que
el Gobierno francés había autorizado para que entraran en Cataluña, no llegaron nunca. El Estado Mayor comunicó al Gobierno, en la noche del 21 al 22, que el frente ya no existía. Había quedado roto en Solsona, en Garraf y en el sector de Igualada-Manresa. Como consecuencia, el Gobierno ordenó que abandonaran Barcelona todos los organismos oficiales. La confusión en la capital era enorme. No se sabía quién mandaba y la orden de evacuación de los dos mil hombres que componían el Cuerpo de Guardias de Asalto sembró el pánico y el espíritu de derrota se extendió por todas partes. Millares de vehículos cargados de gentes militares y civiles, y millares de civiles y militares a pie, se lanzaron hacia Gerona.

El día 22, un decano de la Universidad de Barcelona se presentó en "Torre Castañer", la villa que ocupaba don Antonio Machado y su familia en la capital, en el paseo de San Gervasio, donde les instaló el profesor Wenceslao Roces, para invitarle, a él y a los suyos, a abandonar la ciudad, de acuerdo con las autoridades republicanas. El mensajero le informa que saldrían todos formando parte de una expedición de escritores y profesores.

Una vez aceptada por el poeta la invitación, fue a recogerles un coche enviado por el comisario general de Sanidad Militar, Gómez de Lara. A él subieron don Antonio, su madre, doña Ana Ruiz, su hermano José y la esposa de éste. Entre la confusión que invadía las calles, el coche llegó a la Dirección de Sanidad. Era ya de noche y la aviación enemiga volaba una y otra vez sobre Barcelona. Los reflectores barrían el cielo nocturno en tanto algunas piezas de la defensa antiaérea disparaban contra los aviones nacionalistas. Bajo esta fantasmagórica situación, y por la carretera invadida por los fugitivos, confundido entre la marabunta de camiones y coches que se adelantan, caen a las cunetas o chocan entre sí, el auto que conduce a los Machado intenta también llegar a Gerona. Cuando amanece entran en la ciudad. "Gerona —refiere Teresa Pámies— era un manicomio: llena de forasteros acorralados, de vehículos sin gasolina o estropeados... Los caminos estaban llenos de baches y resultaba más seguro ir en bicicleta que sobre cuatro ruedas... Sobre las majestuosas escaleras de la catedral dormían niños y mujeres, de la riada del éxodo. Las calles estrechas de la parte alta estaban tan llenas de militares en desbandada que habría sido difícil buscar desertores entre ellos. No todos, sin embargo, eran desertores. Había soldados que perdieron su unidad, aturdidos, físicamente agotados, pero buscando todavía un jefe militar, un batallón, una compañía en la que poder hacer el último gesto o para no encontrarse solos. Las escenas eran conmovedoras".

La expedición de la que formaban parte los Machado había sido organizada por el doctor Trías. Su propósito era llegar a la frontera. Y formaban parte de ella, entre otros, Tomás Navarro Tomás (director de la Biblioteca Nacional), los profesores Juan Roura, José y Joaquín Xirau (catedrático de Filosofía de la Universidad de Barcelona); Enrique Rioja, José M. Sacristán (neurólogo), Royo Gómez (geólogo), Ricardo Vinós, José Puche (rector de la Universidad de Valencia), José Pous y Pagés y los escritores Caries Riba y Corpus Barga. Al atardecer pudieron hacer alto en un caserón de Cerviá de Ter. El día 26, una ambulancia leslleva hasta la masía "Max Feixat", cerca de Viladásens. Mientras la riada continúa y sigue fluyendo, los Machado y sus amigos descansan ante el fuego. Otra vez era la noche. Corpus Barga, cronista excepcional de este dramático viaje junto a José Machado, hermano del poeta, y Enrique Rioja, escribió: "Fuimos de noche... una hermosa, y debía haber sido abundante masía catalana... Estaba Antonio Machado con su madre, su hermano José, el pintor, y la mujer de éste... Machado tenia su inseparable bastón entre las piernas... Ni mientras esperábamos en la masía, ni luego en la expedición, aquella misma noche, y al día siguiente, habló de la guerra y de la situación en que nos encontrábamos si no era provocado por alguna pregunta, y contestaba brevemente y como de pasada, volviendo a la conversación que llevaba sobre temas de la vida y las letras". Don Antonio se acomodó junto al fuego, sobre un diván, entre la luz mortecina. Surgió el tema de Valle-Inclán. Se le oía repetir: "Tenemos que dejarnos de hablar así de Valle-Inclán; su obra está pidiendo que hablemos de ella y de él muy en serio". En plena catástrofe, el poeta se volvía a los poetas. Intentaba ocultar o disimular sus preocupaciones inmediatas, como había hecho siempre, a no ser en sus escritos y sus intervenciones públicas, desde que la guerra había comenzado. En Barcelona, en el crudo invierno de 1938, al atardecer, le gustaba recibir algunos amigos, entre los que eran asiduos Navarro Tomás y el maestro Tornar. Y, junto a la chimenea, escasa de carbón, pero siempre abastecida por el cuidado de los que le querían, disfrutaba leyendo en voz alta o escuchando de labios de algún concurrente páginas del "Quijote", obra que siempre tenía a mano "y en la que cada día encontrábamos nuevas facetas: Shakespeare, Tolstoi, Dostoyevsky, Dickens... De poesía, a Bécquer y a Rubén Darío".

LA PRIMAVERA
Más fuerte que la guerra —espanto y grima
cuando con torpe vuelo de avutarda
el ominoso trimotor se encima,
y sobre el vano techo se retarda,
hoy tu alegre zalema el campo anima,
tu claro verde el chopo en yemas guarda.
Fundida irá la nieve de la cima
al hielo rojo de la tierra parda.
Mientras retumba el monte, el mar humea,
da la sirena el lúgubre alarido,
y en el azul el avión platea,
¡cuán agudo se filtra hasta mi oído,
niña inmortal, infatigable dea,
el agrio son de tu rabel florido!
ANTONIO MACHADO (1) ,

HACIA COLLIOURE

Según Corpus Barga, desde la masía gerundense a la frontera tardaron casi un día completo. La marcha se hacía cada vez más difícil sobre una situación siempre la misma. "Delante —refiere José Machado— había toda clase de vehículos casi empotrados unos en otros, formando un tapón que impedía todo avance. Hubo que hacer un alto en el camino, sin esperanza de poder continuar. Caía la tarde. Definitivamente, ya no se podía reanudar la marcha". Las gentes se lanzaban fuera de los coches y los camiones empujados por el ansia de alcanzar cuanto antes el límite fronterizo. Desde este punto existen diferencias entre el relato de Corpus Barga y el del hermano de don Antonio. Mientras éste asegura que Machado y sus compañeros de ruta abandonaron también el auto en que viajaban para unirse a la multitud que les arrastraba, aquél afirma que ni el poeta ni su madre llegaron a descender del vehículo y sólo lo hicieron para cruzar la frontera. Barga escribe que don Antonio pasó a Francia con equipaje. Sea como quiera, lo que sí parece cierto es que todo el grupo cruzó el puesto aduanero por debajo de una "pesada cadena de hierro" que sostenían dos enormes senegaleses. Desde allí, Barga y los hermanos Xirau se adelantaron hasta la caseta en la que se encontraba el comisario de policía. Y regresaron con buenas noticias: el grupo puede entrar en territorio francés. Corpus Barga tuvo que explicarle al policía quién era la persona que traían con ellos. "Se trata —le dijo— de don Antonio Machado, un viejo poeta que es en España lo mismo que Paul Valéry en Francia, y que se encuentra enfermo y tan achacoso como su madre". "Y le rogué —agrega— que tuviese a su buena chimenea de leña a Machado y a su madre mientras yo y mis amigos bajábamos a Cerbére, que no está tan cerca, a buscar un carruaje cualquiera para trasladarlos. El comisario me contestó que no necesitábamos molestarnos, pues irían en su automóvil. Así ocurrió". El comisario les dijo que aguardaran y que serían llamados por su nombre. Enrique Rioja ha referido: "Para no agravar la impaciencia de las gentes que esperaban pasar a Francia, que eran muchas, aguardamos al caer la noche para salvar el medio kilómetro, o poco más, que nos separaba de la frontera. Llegado el momento, cada uno de nosotros avanzó con sus familiares. A don Antonio y a los suyos se les hizo pasar apenas llegaron; a muchos de los demás se les fue llamando nominalmente".

En el coche del policía, entre filas de soldados, llegaron a la estación de Cerbére, y allí fueron alojados en un vagón de ferrocarril, en el que pasaron la noche, ya que en la ciudad fue imposible encontrar alojamiento. Entre la milicia francesa y los refugiados españoles han ocupado todos los locales hábiles. Una noche ciega de frío y de lluvia. La primera noche en el exilio. Al bajar del automóvil, doña Ana, con sus ochenta y ocho años, con la cabellera chorreando agua, era, según el profesor Xirau, una belleza trágica. La anciana repetía a sus hijos, como una niña: "¿Llegaremos pronto a Sevilla?".

Iba muriendo el 27 de enero de 1939. Por la mañana, turbia de nubes, desayunaron en la cantina de la estación. El relato de Corpus Barga prosigue diciendo que los Machado no llevaban moneda francesa, pero que al día siguiente se la facilitaron y que, desde Perpignan, donde se había desplazado, Navarro Tomás le trajo a don Antonio una carta del ministro de Estado de la República Española en la que decía que la Embajada republicana en París "tomaba a su cargo todos los gastos de él y su familia". Pero el poeta no quiso aceptar y prefirió quedarse en cualquier pueblecito cercano del mediodía. Barga le conducirá, con los suyos, hasta Collioure.

Por este relato —y como hace observar Aurora de Albornóz— puede verse que, en ningún momento, en aquellas dramáticas jornadas, se sintieron desasistidos Antonio Machado y sus familiares. Desde que la situación en Barcelona se hizo insostenible —los "camisas negras" del general Gambara y las tropas de Yagüe y de Solchaga entraban en la ciudad el día 26 bajo la protección de sus aviones— contaron con la protección de las autoridades, que les facilitaron los medios necesarios de transporte y les organizaron el viaje a Francia. Y tuvieron, además, a su lado amigos fieles que les resolvieron impedimentos y obstáculos y les condujeron, finalmente, hasta un lugar tranquilo.

LA POLITICA Y EL POETA

Cuando Antonio Machado llegó a Collioure llevaba tres años fuera de su casa de Madrid, tantos como para él había durado la guerra civil. Se había instalado en la capital a raíz de proclamarse la República, cuando fue fundado el Instituto Nacional de Segunda Enseñanza Calderón de la Barca, al ser triplicado el número de éstos en toda España. Don Antonio venía de Segovia, donde había enseñado francés, asignatura que siguió explicando en Madrid. En Segovia, junto a unos cuantos amigos, había sido uno de los que izaron la bandera republicana en el balcón del Ayuntamiento el 14 de abril. Siempre se había sentido adherido al bando antimonárquico y sus ideas políticas, en el curso de los años, fueron acendrándose y hasta radicalizándose en una especie de aperturismo, diríamos ahora, hacia la izquierda. A los sesenta y tres años evocaba con admiración y respeto la figura humana de Pablo Iglesias, el fundador del partido socialista, al que había visto y oído en un mitin cuando sólo contaba catorce. A vueltas con la memoria, escribiría: "De lo único que puedo responder es de la emoción que en mi alma iban despertando las palabras encendidas de Pablo Iglesias, Al escucharle, hacia yo —escribió en 1938— la única reflexión que sobre su oratoria puede hacer un niño: 'Parece que es verdad lo que este hombre dice"'.

EL POETA RECUERDA LAS TIERRAS DE SORIA
¡Ya su perfil zancudo en el regato,
en el azul el vuelo de ballesta,
o, sobre el ancho nido de ginesta,
en torre, torre y torre, el garabato
de le cigüeñal... En la memoria mía
tu recuerdo a traición ha florecido;
y hoy comienza tu campo empedernido
el sueño verde de la tierra fría,
Soria pura, entre montes de violeta.
Di tú, avión marcial, si el alto Duero
a donde vas recuerda a su poeta,
al revivir su rojo Romancero;
¿o es, otra vez, Cain, sobre el planeta,
ajo tus alas, moscardón guerrero?
ANTONIO MACHADO

Desde aquel encuentro, a tan temprana edad, don Antonio fue siempre demócrata fiel abierto a la evolución de sus ideales. Y a éstos estuvo entregado, consecuentemente, como lo demuestran sus escritos de la guerra y de antes de la guerra en los años más trágicos de la historia española contemporánea, No fue nunca un militante, no se afilió nunca a ningún partido, Pero ya en 1915 —como ha estudiado Aurora de Albornoz— aparece su firma al pie de un documento
político. Se trataba de un manifiesto aliadófilo. Un acontecimiento que le hizo meditar profundamente fue la revolución rusa del 17. Y en 1918 participó en una manifestación en favor de los presos políticos condenados por la huelga de agosto del año anterior, Largo Caballero, Anguiano, Besteiro y Saborit. En 1922 figura como fundador de la Liga de Derechos del Hombre; cuatro años más tarde firma el Llamamiento de Alianza Republicana y toma parte posteriormente en campañas en favor de la Republica. A principios de los años treinta escribe varias reflexiones sobre la vida política española y sucesos tales como la insurrección del 34 en Asturias y Cataluña. Aurora de Albornoz nos ilustra también sobre su adhesión al Comité de Escritores para la Defensa de la Cultura, de clara tendencia izquierdista (1935), y de su firma en el Manifiesto de la Unión Universal por la Paz (1936), junto a Manuel Azaña, Ángel Ossorio, Julio Álvarez del Vayo y el doctor Hernando. Unas declaraciones suyas, aparecidas en el diario madrileño "Ahora", en octubre de 1936, no dejan lugar a dudas sobre su evolución hacia un socialismo humanista y, digámoslo así, populista.

En sus primeros años madrileños, en esta etapa de su vida, don Antonio se dedica a sus clases, en el Instituto, a pasear y frecuentar tertulias en diversos cafés, a escribir y a adorar a su "Guiomar", el amor de su vejez. En 1934 comienzan a aparecer en el periódico "Diario de Madrid" las primeras entregas de "Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo", que luego continuarían en "El Sol" y que se publicarían en libro poco antes de estallar la sublevación militar. Por esa misma época, firma la convocatoria a un banquete-homenaje a Rafael Alberti, a quien dos años antes había enviado, para su revista "Octubre" (Escritores y Artistas Revolucionarios) un artículo "Sobre una posible poesía comunista venida de Rusia".

DE MADRID, A VALENCIA

La guerra civil supuso para Machado una interior y viva crispación que se transformó inmediatamente en un profundo y público compromiso. Ese compromiso no llegaría a terminar más que con la muerte. En su casa de la calle General Arrando, 4 —hoy Goded—, don Antonio se sintió sacudido por un impulso juvenil y desde los primeros momentos se dispuso a "ejercerlo" con su pluma. Su primer escrito desde esta actitud fue el poema que dedicó a García Lorca, que debió ser escrito en el mes de septiembre de 1936 y que fue publicado por vez primera en el semanario "Ayuda", de Madrid, al mes siguiente. Fue el poema más largo y mejor compuesto de cuantos escribió durante la guerra, lo que demuestra hasta qué punto se sintió conmovido por el asesinato del poeta de Granada.

Mientras tanto, los combates habían ido aproximándose a Madrid, y a Machado le tocó vivir las más graves circunstancias de aquellos momentos. La ciudad, en los últimos días de octubre, se encontraba a tiro de cañón de las tropas nacionales que mandaba el general Varela. El día 25 fue cortado el ferrocarril del Sur, por Ciempozuelos. El ejército del general Mola avanzaba desde Ávila. Madrid comenzó a ser bombardeado Intensamente y, como protesta por estas acciones, Machado firmó, con Menéndez Pidal, José Gaos, los profesores Márquez, Moles, Millares, Medinaveitia, Cuatrecasas, Navarro Tomás, el escultor Victorio Macho y el poeta Moreno Villa, un documento que fue dado a conocer en el extranjero. El 4 de noviembre, Varela ocupó Alcorcón Leganés y Getafe. Todo el mundo esperaba la caída de Madrid de un momento a otro. El día 5 los nacionalistas tomaron el Cerro de los Ángeles. En Carabanchel se luchaba casa por casa. El Gobierno republicano tuvo que abandonar la capital, instalándose en Valencia. Y se hicieron llamamientos para que salieran todas aquellas personas que no fueran necesarias para la defensa. Los combates decisivos se produjeron los días 7 y 8. Del primero de ellos data el segundo poema escrito por Machado durante la guerra, cuatro versos repletos de trágico aliento.

Las órdenes de evacuación alcanzaron también a los intelectuales y don Antonio Machado, como otros muchos escritores, artistas y profesores, fueron invitados a trasladarse a la nueva sede del Gobierno, a orillas del Mediterráneo. Rafael Alberti fue encargado de visitar a don Antonio. "A la Alianza de Intelectuales —escribió— se le encomendó, entre otras cosas, la visita a Antonio Machado para comunicarle la invitación. Y una mañana bombardeada de otoño (era en los últimos días de noviembre), el poeta León Felipe y yo nos presentamos en su casa. Salió Machado, grande y lento, y tras él, como la sombra fina de una rama, su anciana madre. No se comprendía bien cómo de aquella frágil, diminuta mujer pudo brotar roble tan alto. La casa, lo mismo que cualquiera, rica o pobre, de aquellos días de Madrid, estaba helada. Machado nos escuchó concentrado y triste. "No creía él —nos dijo al fin— que había llegado el momento de abandonar la capital". ¿Escasez, crudeza del invierno que se avecinaba? Tan malos los había sufrido toda su vida en Soria u otras ciudades y pueblos de Castilla. Se resistía a marchar. Hubo que hacerle una segunda visita. Y ésta, con apremio. Se luchaba ya en las calles de Madrid... Después de insistirle, aceptó. Pero insinuando, casi rozado de pudor, con aquella dignidad y gravedad tan suya, salir también con sus hermanos Joaquín y José...". Y pidió también que con él fueran los ocho hijos de los dos matrimonios. Todos los intelectuales reunidos se concentraron en el cuartel del 5.° Regimiento. Los nombres de la lista llegan a abrumar. Y después de una cena de despedida, en autocares, salieron para Valencia. En la capital levantina fueron alojados en un edificio que desde aquel dia pasó a llamarse Casa de la Cultura. Allí vivieron, más o menos tiempo, investigadores, profesores, arquitectos, pintores, médicos, pensadores, escritores y poetas. Don Antonio Machado y los suyos permanecieron en Valencia sólo unos días porque en seguida les proporcionaron un chalet en el pueblecito de Rocafort, muy cerca de la ciudad. Se llamaba "Villa Amparo", y tenia un jardín con palmeras, naranjos y limoneros.

LA CASA DE LA CULTURA

La Casa de la Cultura se convirtió inmediatamente en el centro intelectual más importante del país. Todos sus huéspedes se entregaron al trabajo en medio de la guerra. Escribían, dictaban conferencias, celebraban exposiciones artísticas y coloquios, y los médicos atendían los hospitales y los laboratorios. Las conferencias se daban en la Universidad o en otros lugares acondicionados. Recordemos algunos nombres: Dámaso Alonso, que disertó sobre "Los héroes épicos y el pueblo"; Navarro Tomás, sobre "El espíritu del pueblo en la formación del idioma"; Ots y Capdequí, decano de la Facultad de Derecho, sobre "El elemento popular y las minorías gobernantes en la obra de la expansión española en América"; Julián Bonfante, del Instituto de Lenguas Clásicas del Centro de Estudios Históricos, sobre "La cuestión de los arios"; Juan Peset, catedrático de Medicina de la Universidad valenciana, sobre "Las individualidades y la situación en las conductas actuales"; León Felipe, sobre "Universalidad y exaltación", etcétera.

La Casa de la Cultura tuvo su revista, que llevaba el título de "Madrid". Era una publicación que carecía de antecedentes, como rezaba el texto de su presentación. Había nacido de unas muy concretas y trágicas circunstancias y, por no inscribirse en ninguna especialidad, las incluía todas. En ella colaboraron científicos y poetas, investigadores, escritores y arquitectos, pintores y pedagogos. Así, en sus páginas, se encontraban sin clasificación, despreciándola, y, al mismo tiempo, superándola en demostración de emergencia, firmas como las de Gutiérrez Solana, Arteta, Victorio Macho, Cristóbal Ruiz o Capuz, bajo dibujos; o como las de Antonio Machado, Juan José Domenchina, Manuel Azaña, José Bergamín, Angel Ossorio, Emilio Prados, José F. Montesinos o José Gaos al pie de textos literarios, o como las de los sabios M. Márquez, E. Moles, Del Río Hortega, A. Duperier, J. M. Sacristán, Gonzalo R. Lafora, José Giral o Antonio Medinaveitia al final de estudios científicos. La colección de esta revista —recientemente editada en facsímil— constituye un auténtico documento de la cultura en la guerra española.

AMANECER EN VALENCIA
(Desde una torre)
Estas rachas de marzo, en los desvanes
—hacia la mar— del tiempo; la paloma
de pluma tornasol, los tulipanes
gigantes del jardín, y el sol que asoma,
bola de fuego entre morada bruma,
a iluminar la tierra valentina...
¡Hervor de leche y plata, añil y espuma,
y velas blancas en la mar latina!
Valencia de fecundas primaveras,
de floridas almunias y arrozales,
feliz quiero cantarte, como eras,
domando a un ancho río en tus canales,
al dios marino con tus albuferas,
al centauro de amor con tus rosales.
ANTONIO MACHADO

Desde su refugio de "Villa Amparo", Machado se entregó también al trabajo. Enviaba comentarios y artículos a "Madrid", y desde enero de 1937 a la revista "Hora de España", otra publicación excepcional, en la que no dejó de colaborar hasta su desaparición, en Barcelona, donde fue trasladada, en 1939. Otras colaboraciones suyas aparecieron en "Servicio Español de Información", el diario "La Vanguardia" y diversas publicaciones del frente y la retaguardia. En ese mismo año apareció su libro "La guerra", en una preciosa edición, cuidadísima, con dibujos de su hermano José, en el que reunió todos sus escritos en prosa publicados hasta entonces.

En "Villa Amparo" le visitaban amigos y gentes que iban a conocerle. Al principio se sentía enfermo y nervioso, pero poco a poco fue reponiéndose y se entregó a sus quehaceres literarios con temperamento juvenil. Escribe más poemas, entre ellos un himno a las juventudes y un soneto en el que se le va el alma hacia su amada "Guiomar", a la que evoca instalada en un "finisterre", ante "otro mar, la mar de España / que Camoens cantara, tenebrosa". Con la guerra por medio, no dejaba de gritarle su corazón de anciano enamorado. Su lugar para escribir era el comedor del chalet. "En el amplio comedor —escribe el poeta Pla y Beltrán— se quedaba todas las noches ante su mesa de trabajo y, como de costumbre, rodeado de libros. Metido en su gabán desafiaba el frío escribiendo hasta las primeras horas del amanecer, en que abría el gran ventanal para ver la salida del sol o, en otras ocasiones, y a pesar de estar cada día menos ágil, subía a lo alto de la torre para verlo despertar allá lejos, sobre el horizonte del mar". Pocas veces salía de Rocafort. Una de ellas fue para intervenir en un acto público que se celebró en la plaza de Castelar, en Valencia, y en donde, desde una improvisada tribuna, pronunció un corto discurso ante una multitud ingente que le aclamaba. Otra fue con motivo del II Congreso Internacional de Escritores, que tuvo lugar en julio del mismo año 1937. El primero de estos Congresos, organizados por la Alianza de Intelectuales para la Defensa de la Cultura, se había celebrado en París en 1935, pero la decisión de que el segundo tuviera España como sede se tomó en una reunión posterior, a propuesta de los delegados españoles. El anuncio del II Congreso lo firmaron Romain Rolland, Henrich Mann y André Malraux, entre otros. A la asamblea de 1935 se quería que hubiesen asistido Antonio Machado, Azorín, Juan Ramón Jiménez, Rafael Alberti, García Lorca y Ramón J. Sender, pero, al final, por diversas causas, no acudieron ninguna de estas personalidades, y la delegación española estuvo a cargo de Julio Alvarez del Vayo, Luis Araquistain, Arturo Serrano Plaja y Andrés Carranque de Ríos. Don Ramón del Valle-Inclán envió un telegrama de adhesión. El II Congreso se celebró en Valencia y Madrid y fue clausurado en Barcelona. Vinieron escritores de todo el mundo: Bertold Brecht, Hemingway, César Vallejo, John Dos Passos, Julián Benda, llya Ehrenburg, Tristan Tzara, Juan Marinello, Octavio Paz, Vicente Huidobro, Anna Seghers, Stephen Spender, Langston Hughes, Pablo Neruda, Ludwig Renn, Hermann Hesse, etcétera. Corpus Barga, Alberti, Max Aub y Bergamín fueron sus principales organizadores, y en las sesiones tomaron parte destacada Andersen Nexo (que lo presidió), Malcolm Cowley, Jef Last, André Chanson, Fedor Kelyin y algunos de los citados anteriormente. Los jóvenes escritores y artistas españoles presentaron una "ponencia colectiva" que estaba firmada por A. Sánchez Barbudo, Emilio Prados, Juan Gil-Albert, Miguel Hernández, Arturo Serrano Plaja, Eduardo Vicente y otros más. El discurso de clausura, en las sesiones de Valencia, lo pronunció Machado; el de la inauguración, el danés Nexo. Entre las adhesiones que se recibieron estaba la de Albert Einstein.

LA MUERTE DEL NIÑO HERIDO
Otra vez en la noche... Es el martillo
de la fiebre en las sienes bien vendadas
del niño. —Madre, ¡el pájaro amarillo!
¡las mariposas negras y moradas!
—Duerme, hijo mío. —Y la manita oprime
la madre, junto al lecho. —¡Oh, flor de fuego!
¿quién ha de helarte, flor de sangre, dime?
Hay en la pobre alcoba olor de espliego;
fuera, la oronda luna que blanquea
cúpula y torre a la ciudad sombría.
Invisible avión moscardones.
—¿Duermes, oh dulce flor de sangre mía?
El cristal del balcón repiquetea.
—¡Oh, fría, fría, fría, fría, fría!
ANTONIO MACHADO

CAMINO DE LA MUERTE

En el mes de abril de 1938 los ejércitos nacionalistas avanzaban hacia el Mediterráneo, camino de Castellón. La zona republicana iba a ser cortada en dos y el Gobierno se trasladó a Barcelona. Con él marcharon casi todos los intelectuales refugiados en Valencia, y entre ellos don Antonio Machado. La guerra estaba decidiéndose en los campos de batalla, aunque todavía faltaban por producirse los grandes combates del Ebro. Machado, en esta segunda etapa de su itinerario bélico, había empeorado de salud. Cuando salía a pasear por el jardín de "Villa Amparo" se fatigaba y cada vez acortaba más las salidas. Había enflaquecido y su rostro ya no se parecía al de sus fotos de pocos meses antes. En una de sus entrevistas con Pla y Beltrán, le había confesado: "Tengo la certeza de que el extranjero significaría mi muerte". Una tarde de aquel mismo mes recibió un telegrama de Barcelona urgiéndole a abandonar Rocafort. Al día siguiente, al atardecer, los Machado llegaban al hotel Majestic, donde residieron provisionalmente, hasta que, al cabo de un mes, les instalaron en la residencia del paseo de San Gervasio, propiedad de la duquesa de Moragas. Pero, a pesar de los achaques, de su malestar, continúa escribiendo en aquellos salones vacíos de su nuevo albergue. Inicia sus colaboraciones en "La Vanguardia" y autoriza una edición popular de su romance "La tierra de Alvargonzález", destinada a los soldados del frente. Para que pudiera resguardarse del frío invierno que madrugaba, le llevaron carbón. Don Antonio no abandonaba nunca su viejo abrigo, con el que se envolvía arrellanándose en su sillón. Visita frecuente en aquellos días era la de León Felipe. Y entre fríos, trabajos llegando con los amigos trabajos llegando el día de la partida
definitiva de España.

LISTER
Jefe en los ejércitos del Ebro

Tu carta —oh noble corazón en vela,
español indomable, puño fuerte—,
tu carta, heroico Listar, me consuela
de esta, que pesa en mí, carne de muerte.
Fragores en tu carta me han llegado
de lucha santa sobre el campo ibero;
también mi corazón ha despertado
entre olores de pólvora y romero.
Donde anuncia marina caracola
que llega el Ebro, y en la peña fría
donde brota esa rúbrica española,
de monte a mar, esta palabra mía:
"Si mi pluma valiera tu pistola
de capitán, contento moriría".
ANTONIO MACHADO

Antonio Machado, acompañado de los suyos y conducido por Corpus Barga, llegó a Collioure el 28 de enero del 39. Desde la estación al pueblo, Barga tuvo que llevar en brazos a doña Ana Ruiz. Al llegar a la plaza principal encontraron el hotel Bougnol-Quintana, en el que quedaron alojados y del cual ya no saldrían ni el poeta ni su anciana madre. Para que el grupo pudiera desenvolverse mejor, la esposa de José Machado cargó con las maletas y don Antonio y doña Ana quedaron en una tienda de antigüedades hasta que Barga, José y la mujer de éste volvieron por ellos. En el pequeño hotel —sólo tiene dos plantas— les recibieron la señora Quintana y su hijo, que les ofrecieron habitación en la planta alta. Al día siguiente, Sarga tomó el tren de París. Los Machado quedaron solos. Doña Ana apenas si puede moverse de la cama, y don Antonio permanece largas horas junto a ella. A veces la deja al cuidado de la hotelera, mientras él y su hermano pasean por las callejuelas del pueblo o van a contemplar el mar. Collioure es alegre, pero para ellos su alegría blanca y azul nada significan. A la hora del almuerzo y de la comida, don Antonio ruega a la señora Quintana que ponga la radio para escuchar las noticias de lo que está ocurriendo en España. La señora Quintana se afana por cuidar a sus huéspedes y les atiende con cariño. Don Antonio, dándose cuenta de su desvalimiento económico, le dice: "Ya que no tengo dinero para pagarte, le haré un poema". El 9 de febrero le escribió a José Bergamín. En la carta le da cuenta de su situación: "Después de un éxodo lamentable, pasé la frontera... en condiciones empeorables (ni un solo céntimo francés), y hoy me encuentro en Collioure... y gracias a un pequeño auxilio oficial, con recursos suficientes para acabar el mes. Mi problema más inmediato es el de poder residir en Francia hasta encontrar recursos para vivir en ella de mi trabajo literario o trasladarme a la URSS, donde encontraría amplia y favorable acogida". Le pide que muestre su agradecimiento a la Asociación de Escritores franceses e insiste en que le solucione su situación económica. Pero, "realmente —refiere José Machado— venía herido de muerte del fatal éxodo... Su grandeza espiritual se sobrepuso a tantas fatigas —espirituales y corporales— con la resignación de un verdadero santo". El cansancio del poeta es inmenso y en uno de sus paseos, le dice al hermano: "¡Quién pudiera vivir ahí tras una de esas ventanas, libre ya de toda preocupación!". Fue su última salida. Cayó en cama. El 18 de febrero empeoró su neumonía, complicándosele con una gastroenteritis. Con lo ojos cerrados y ya delirante, repetía: "Merci, madame; mercí, madame", agradeciéndole a la señora Quintana sus cuidados. Sus últimas palabras fueron: "Adiós, madre". Murió a las cuatro de la tarde del día 22. Su hermano encontró, en uno de los bolsillos de su gabán, unos papelitos escritos y arrugados. En uno de ellos recordaba a "Guiomar"; en el otro podía leerse un solitario verso: "Estos días azules y este sol de la infancia". Como Collioure estaba llena de refugiados españoles, la noticia de la muerte del poeta se corrió inmediatamente, y hasta su cuarto del hotel llegaron oficiales y soldados, que cubrieron su cadáver con una bandera tricolor y lo rodearon de flores. Desde París, Jean Cassou pidió que fuera trasladado a la capital francesa para ofrecerle un entierro con gran pompa, pero la familia se negó. Y fue sepultado al día siguiente. El féretro fue llevado a hombros por seis milicianos. Toda la población, hasta el alcalde, le acompañaron al cementerio. Doña Ana Ruiz falleció tres días después que su hijo. Y fue enterrada a su lado, en un panteón que había ofrecido una señora francesa, amiga de la señora Quintana.

Pablo Corbalán

Todos los poemas que aparecen recuadrados a lo largo de este trabajo fueron escritos por Antonio Machado en Rocafort durante el mes de marzo de 1938. Únicamente el dedicado a Líster vio la luz en Barcelona, tres meses después. La publicación original de todos ellos, y algunos más, se efectuó en la revista "Hora de España'", número XVIII.

Reconocimiento de la figura del maestro libertario Paco Pozán

Reconocimiento de la figura del maestro libertario Paco Pozán A Pozán Vidal
Recientemente, J. A. Pina (artículo publicado en El Periódico de Aragón nos ha recordado la vida del maestro libertario oscense Paco Ponzán, discípulo, amigo y compañero del anarcosindicalista Ramón Acín. Ambos se enfrentaron al fascismo y ambos fueron asesinados por ello.


Hoy, todos reconocemos la trayectoria humana, política y artística de Ramón Acín, pero no así la figura de Ponzán, un aragonés olvidado en su tierra y, sin embargo, reconocido con múltiples distinciones póstumas por los gobiernos de EE.UU., Gran Bretaña, Bélgica y Francia. Gracias a su Red de Evasión, formada por exiliados anarquistas, pudieron salvar la vida cientos de perseguidos políticos de toda Europa, principalmente pilotos de aviación aliados, judíos y altos mandos militares, que lograron cruzar los Pirineos y escapar via Gibraltar o Portugal gracias a los guías y bases de apoyo de la Red Ponzán.

Ponzán, como tantos otros antifascistas anónimos, dio su vida por un mundo nuevo, sin pedir nada a cambio, y aún hoy, 60 años después de su muerte, en su tierra se sigue sin reconocer su lucha. Mientras tanto las instituciones políticas parecen mirar hacia el otro lado y en vez de trabajar por recuperar la memoria histórica y rescatar del olvido a los héroes del pueblo, se dedican a homenajear a "ilustres" alcaldes franquistas.

El 17 de agosto de 1944, los nazis asesinaban y quemaban vivo a Ponzán y cincuenta guerrilleros más en Buzet, junto a Toulouse (Francia), dos días antes de la liberación de la ciudad por la resistencia.

Existen dos preciosos libros que narran su vida: "Lucha y muerte por la libertad 1936-1945", escrito por su hermana y colaboradora en la red Pilar Ponzán, y "La red de evasión del grupo Ponzán", del escritor y maquis libertario Antonio Téllez Solá.

Rectificando al amigo J. A. Pina, Ponzán no es natural de Jaca, sino nacido circunstancialmente en Oviedo el 30 de enero de 1911. Pasó su infancia y se crió junto a su madre y hermanas en Huesca, donde es detenido por la insurrección de Jaca de diciembre de 1930. Es maestro interino en Ipas, junto a Jaca, militando en los sindicatos cenetistas de Jaca y Sabiñánigo, siendo encarcelado y juzgado en 1932 por apoyar la huelga de la industria química de Sabiñánigo. Su hermana Pilar obtuvo plaza fija de maestra en Jaca en 1934, siendo encarcelada allí durante un año en 1936. Esta es su vinculación a la ciudad altoaragonesa cuna de la Segunda República.

Ponzán escribió su testamento en la prisión de Toulouse, que dice así: "deseo que mis restos sean trasladados un día a tierra española y enterrados en Huesca, al lado del profesor Ramón Acín". CNT. Huesca.
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La CNT de Sevilla, Recuperando Nuestra Memoria Histórica

La CNT de Sevilla, Recuperando Nuestra Memoria Histórica José Palacios Rojas es uno de los miembros de la CNT de Sevilla más veterano. Su modestia le impide hablar de sus realizaciones en el plano personal y de las dramáticas circunstancias en las que se ha desenvuelto su vida: miliciano en la revolución social, lucha en el frente de Madrid hasta la derrota, llegando en la retirada hasta el Puerto de Alicante, donde son capturados los últimos resistentes. Pasa a continuación al campo de concentración de Albatera, donde sufrirá con el resto de compañeros el hambre, penuria y enfermedades a que someten los fascistas a los vencidos. Varios años de prisión, lucha clandestina durante el franquismo, apoyo a la reconstrucción de la CNT, ha sido siempre un simple afiliado, un obrero manual del sindicato. Amante de las ideas libertarias, permanece fiel a su ideario. Hoy, cuando tanta gente se somete dócilmente a la autoridad esperando la caída de alguna migaja, nuestro compañero Piruli es un ejemplo de modestia, de dignidad y de entrega a una buena causa, la causa de la emancipación de la humanidad del yugo del salario, el Estado y la violencia.
Testimonio de José Palacios Rojas, el Piruli

Yo nací en 1914 en Coria del Río, provincia de Sevilla. Mis padres eran trabajadores, sus únicas propiedades eran sus brazos, y eso fue lo que me dieron a mí también. Desde muy pequeño fui a ayudarlos al campo, y como jornalero a los 9 años ya estaba afiliado a la CNT y a un grupo que llamábamos Juventudes Libertarias. En aquellos tiempos estábamos maduros muy pronto, y llevaba tiempo queriendo afiliarme al sindicato y cotizar, porque eso era muy importante para mí. También estaba deseando de que terminase el trabajo para ir, al caer la noche, al ateneo libertario que teníamos, a aprender e instruirme, porque la única escuela a la que podíamos ir era a la del sindicato. Lo poco o lo mucho que sé se lo debo a mi sindicato.

La escuela del sindicato

Allí aprendíamos a hablar. Un compañero tomaba uno de nuestros periódicos y leía una noticia. Luego entre todos los que estábamos allí, diez o veinte, comentábamos qué nos parecía, por turno. Otros grupos hacían lo mismo. De esa forma nos acostumbrábamos a tomar la palabra, que era algo a lo que nos animaban continuamente nuestros mayores, a que habláramos y diéramos siempre nuestra opinión, para que no nos quedásemos nunca sin decir lo que pensábamos. Eso era muy útil luego para estar en las asambleas.
También en la escuela aprendíamos cosas de ciencias, números, literatura... No había maestros que se pudieran llamar así. Las clases o las charlas, eso como tú quieras llamarlo, nos las daban nuestros compañeros mayores, que eran gente a la que queríamos muchísimo. Ellos a su vez habían aprendido de otros trabajadores. Pero lo que mejor recuerdo que aprendimos, y en ese sentido la escuela no estaba en el ateneo, sino en todo el sindicato, era a estar orgullosos de ser trabajadores. Venían de otros sindicatos de la CNT, los mineros por ejemplo, y nos explicaban su oficio, luego íbamos nosotros al de ellos y les explicábamos las tareas del campo. Aprendíamos la dignidad, y si algún compañero o compañera pasaba algo de miedo frente a un patrón, enseguida los demás le apoyábamos para que no se amedrentase, porque éramos trabajadores y creábamos la riqueza.

Asambleas

Entonces toda Coria estaba afiliada al sindicato, y una vez al mes alquilábamos el teatro para dar la asamblea. En el tablón de anuncios había un papel y allí apuntaba cada uno los temas que quería que se tratasen. Durante el mes todo el mundo hablaba en la calle y en las casas del orden del día y de las soluciones que se podían aportar para todos los problemas: de presos, del paro, de las bases de trabajo, de abusos de la patronal, de ir a un congreso... Así, cuando llegaba la asamblea, todos tenían una opinión y una idea que aportar. Entonces el comité abría la asamblea, leía el orden del día en una sala que estaba siempre abarrotada, y las 500 ó 600 personas que había allí sentadas o de pie, pedían la palabra y empezaban a hablar en orden. Hablaba mucha gente y no te puedo decir que hubiese nadie que se llevase siempre el gato al agua, porque ya te digo que allí todo el mundo tenía opinión, y no nos gustaban los líderes. Cualquier persona del comité era siempre sustituible por otra, como así pasó alguna vez, porque no nos daba miedo tomar responsabilidades.
Cuando había que hacer peticiones a la patronal, durante mucho tiempo antes la gente discutía lo que se iba a pedir en las asambleas, y los delegados del sindicato visitaban a los trabajadores que estaban lejos del pueblo para llevar a la asamblea sus reivindicaciones. Allí se hacían las plataformas de reivindicaciones.
Recuerdo una vez que el ayuntamiento cedió al sindicato la construcción de una carretera. La bolsa de parados la hizo la asamblea, y el reparto del trabajo también. Se hizo por orden para que todos trabajasen y nadie se viese beneficiado con más días. El que trabajaba unos días luego dejaba el turno a otro compañero.
Pero la bolsa también funcionaba por necesidad de la gente. Esto es muy curioso, lo que te voy a decir: Pan con aceite. Comíamos pan con aceite, arroz, bacalao de vez en cuando. La pringá era algo extraordinario. Yo siempre andaba con hambre y alpargatas. Ropa llevábamos la misma toda la vida hasta que la tela original desaparecía con tanto remiendo. Si la lavabas no tenías qué ponerte. Pero no nos peleábamos y lo compartíamos todo. Allí en la asamblea todos nos conocíamos, y aunque todos éramos pobres, los había que no tenían ni lo que te acabo de contar. Por eso te digo que la Bolsa de Trabajo también funcionaba según la necesidad, así los más necesitados pudieron trabajar más días.
Todo eso se discutió en asamblea, en pocas horas, y no hubo peleas. Fue la CNT, es decir, los trabajadores, los que hicimos totalmente aquella carretera. Ya sé que con la falta de unión que tienen hoy los trabajadores esto puede sonar a cuento de viejo, pero es totalmente cierto lo que te estoy diciendo. La asamblea era el sindicato, y el sindicato era el pueblo trabajador, hombres, mujeres, niños, viejos, sin líderes ni dirigentes, resolviendo sus problemas, dando a cada uno según sus necesidades, y recibiendo de cada uno lo que podía dar. Eso fue muy hermoso; eso es la anarquía y mientras vosotros lo recordéis, nadie lo podrá cambiar.

Acción Sindical

Nuestro sindicato era una organización temible para la patronal. Una vez que la asamblea acordaba lo que queríamos, y nos poníamos en marcha, era muy difícil detenernos, porque estábamos decididos a todo, a aguantar huelgas, a destruir máquinas y a lo que hiciera falta, hasta que los patronos aflojaran. Los patronos tenían mucha guasa. Querían modernizar España metiendo maquinaria en el campo. Que nos muriésemos de hambre no les importaba a los sabios y economistas. Pero no se esparaban la respuesta que les dimos. En muchos pueblos en época de siega, durante la República, las jornadas de trabajo eran de 4 horas, y no se consentía ni una máquina. Entiéndeme: nosotros no estábamos en contra de la máquina; veíamos bien que las comprasen y las usasen, siempre que contratasen el cupo de obreros acordado en la asamblea. En cuanto a las máquinas, estábamos convencidos de que serían nuestras en cuanto estallase la revolución.
Entonces eran muchos los riesgos por los apaleamientos de la guardia civil, pero cuando nos veían tan determinados y decididos, les imponíamos tanto respeto que terminaban por ceder, porque no nos podían meter en la cárcel, ni darnos palizas a todos. Nada de esto se hubiera podido hacer de no haber sido por la educación que nos dábamos los trabajadores en el sindicato, porque la lección que se aprendía era la de la solidaridad obrera. El que caía, sabía que nada le iba a faltar ni a él ni a los suyos, mientras en el pueblo hubiese algo para comer. Y cuando yo tenía miedo venía un compañero o una compañera a tirar de los demás.
Cuando ganábamos una huelga, el sindicato nombraba a un delegado en cada cuadrilla, que era el que tenía el reloj para saber la hora, velaba para que no se abusase de los obreros, y veía también para que no abusase ningún obrero, porque cuando los trabajadores daban su palabra, la cumplían.

Organización Sindical

Teníamos un secretario que era el que se encargaba de las relaciones con los demás sindicatos de la CNT, un tesorero, un contador, que cobraba las cuotas... Ninguno de los cargos del sindicato cobró nunca ningún sueldo, porque lo considerábamos inmoral, y no porque no hubiese dinero en el sindicato. Sólo se pagaban los viajes de los delegados que iban a los congresos o los plenos. Los miembros de los comités eran gente que se elegían en asamblea, o los designaban las distintas secciones en sus asambleas, la del campo, construcción, madera, aceituneras, marineros... Recibir un cargo era de mucha responsabilidad porque significaba que los demás confiaban en ti, y debías hacerte merecedor mientras durase tu mandato, que siempre estaba limitado en el tiempo a seis meses. Por los comités pasó mucha gente que ahora no te sé poner en pie sus nombres... José Franco, Pepe Osuna... Procurábamos que cambiasen cada seis meses y no estuviesen mucho tiempo.

Financiación

El sindicato vivía exclusivamente de las cuotas. Sólo de las cuotas. El tesorero ponía siempre en el tablón de anuncios, todos los meses, las entradas por cuotas y los gastos. Todos sabíamos lo que había. También ponía la lista de gente que se había olvidado de cotizar, y entonces decías, ¡caguenlamar! ¡si no he cotizado!, ¿pero cómo es posible? Todos cotizábamos porque era la única forma de que el sindicato sobreviviese. Pero además es que si un sindicato recibe dinero que no sea de sus afiliados, eso es malo. Muy malo. Por eso los sindicatos como UGT, CCOO o la CGT no son nada. Sus líderes traicionan a los trabajadores porque no son trabajadores, sino unos burócratas a sueldo del Estado o de las empresas.

Ideología

Yo estaba en la CNT porque me gustaba y no había personalismos, y lo mismo que yo mucha más gente. Había algunos que estaban afiliados porque CNT era el sindicato del pueblo, pero en Coria la inmensa mayoría éramos de CNT para cambiar el mundo, porque éramos anarquistas. Queríamos acabar con el capitalismo porque éramos los mejores, y la CNT era el mejor sindicato porque no queríamos líderes, dictaduras ni nuevos latigueros, que era lo que nos traían los socialistas y comunistas. La CNT era el sindicato de la libertad y la igualdad entre los trabajadores, y lo que decía en la asamblea el último que llegaba a ella, era tan tenido en cuenta como lo que decía el militante de más edad.
No creas que éramos fanáticos. En nuestra biblioteca había libros de todas las ideologías, y traíamos a dar conferencias a burgueses, a socialistas y a comunistas. O íbamos nosotros a sus actos. Esto nos daba tanta fuerza que hasta los mismos burgueses nos admiraban. don Blas Infante fue uno de ellos. Él iba mucho por Coria, y hablaba en el sindicato con nosotros. Nos decía que los obreros íbamos a ser los que íbamos a regenerar a Andalucía. De los burgueses y los patronos sabía que no podía esperar nada. Por eso me da tanta rabia cuando veo ahora que le dan homenajes a Don Blas Infante gente que están en el PP o en el PSOE, o los que se llaman andalucistas. ¡Pero si los suyos, los de su propia familia no lo podían ni ver! ¡Si fueron ellos los que le fusilaron!

Primero de Mayo.

El Primero de Mayo nos reuníamos todos en la plaza. El que fuera del Comité explicaba el significado de ese día, que era un día de lucha para conseguir la reducción de la jornada laboral, recordaba a los Mártires de Chicago y la huelga de jaimarker... Luego desde allí desfilábamos por el pueblo, por todas las calles. Había muy poco público porque todo el mundo, salvo los que no podían andar, estaban en la manifestación. Por eso había pocas pancartas o banderas ‹la roja y negra, la tierra para el que la trabaja‹. No esperábamos que nadie nos viera, ni queríamos salir en fotos en la prensa burguesa. Era nuestra manifestación y nuestro día, y después de andar por el pueblo, salíamos al campo mil o dos mil personas, no te sé decir. Íbamos en silencio, sin habernos puesto de acuerdo antes. Me acuerdo de que algunos llevábamos las herramientas del oficio. Mirábamos las tierras, los campos de labranza, las máquinas contra las que luchábamos porque eran de los patronos, los barcos, las industrias y todo lo que muy pronto iba a ser nuestro. Luego volvíamos al pueblo, la gente tomaba la palabra y seguíamos hablando. Costaba mucho trabajo volver a casa. Los patronos estaban impresionados, porque sabían que si no hacía algo pronto, sus privilegios tenían los días contados.

La prensa.

Nosotros no queríamos fotos en la prensa burguesa, porque teníamos la buena, la nuestra, que la leía todo el mundo. Allí estaban las noticias de verdad. La otra prensa no decía más que mentiras. Pero no nos daba pena, porque cuando queríamos denunciar algo podíamos hacerlo sin problemas en el CNT o en la Soli o en cualquiera de nuestros periódicos. Y no te creas que eran denuncias inútiles. Hacían mucho daño porque ser señalado por la prensa confederal daba muchos quebraderos de cabeza a los patronos o a las fuerzas de represión. Un patrón que abusara no encontraba fácilmente trabajadores. A la guardia civil, ni la mirábamos.

Amistad

No todo eran huelgas y manifestaciones. Éramos amigos y nos lo pasábamos muy bien. De forma sencilla éramos muy felices. Nos divertíamos, salíamos de excursión, hacíamos teatro, deporte, había compañeros que se preparaban para las Olimpiadas Populares... También charlábamos mucho. Entonces no había televisión y la gente estaba más en la calle. Si te querías distraer, o leías, o estabas con otros como tú. Por supuesto, el juego con dinero estaba desterrado, y beber vino era muy mal visto.

Fin

Cuando se sublevaron los fascistas, en el pueblo la CNT no permitió que se matara a nadie. Para prevenir que le fuera alguien a hacer daño, se le puso al cura una escolta de dos compañeros del sindicato, sin armas, porque no hacían falta. Poca revolución se pudo hacer porque el pueblo estuvo en nuestras manos muy pocos días, aunque teníamos miles de proyectos para hacer una cantidad de cosas. Ya te digo que no se tocó un pelo a nadie, porque no era nuestro pensamiento y nosotros queríamos hacer una comunidad donde todo el mundo tuviese sitio, pero todos iguales y libres.
Entonces, cuando entraron los fascistas en el pueblo, fusilaron a todo el comité y a decenas y decenas compañeros y compañeras. Otros fueron a presidio, y otros huyeron. Sólo de esa forma pudieron acabar con la CNT de Coria: asesinando a sus militantes y con el terror. Eso hubo que vivirlo, no se puede explicar. Al que abría la boca lo mataban. Lo mataban o iba a la cárcel por años y años, sin contar las torturas. Así los jóvenes que vinieron detrás de nosotros no pudieron coger el sindicato. Que se sepa que con nosotros acabaron por medio del asesinato, frío y cobarde, contra gente desarmada.

Para la actualidad

Antes de que acabes: yo quiero decirle a la juventud que no se desanime. Lo importante es que sepáis cómo se hace una asamblea, cómo se dice la opinión de cada uno, cómo funciona el sindicato. Nada puede cambiar si la gente joven no aprende a vivir colectivamente, si no crea sus escuelas, sus libros y sus periódicos, sin subvenciones ni asalariados. Me gustaría vivir otros diez o quince años para ver cómo mejora esto, y espero que para entonces seáis vosotros los jóvenes los que me contéis a mi cosas buenas, para que yo siga aprendiendo, igual que he hecho en mí sindicato desde 1923.
Salud y anarquía.

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José Palacios Rojas es uno de los miembros de la CNT de Sevilla más veterano. Su modestia le impide hablar de sus realizaciones en el plano personal y de las dramáticas circunstancias en las que se ha desenvuelto su vida: miliciano en la revolución social, lucha en el frente de Madrid hasta la derrota, llegando en la retirada hasta el Puerto de Alicante, donde son capturados los últimos resistentes. Pasa a continuación al campo de concentración de Albatera, donde sufrirá con el resto de compañeros el hambre, penuria y enfermedades a que someten los fascistas a los vencidos. Varios años de prisión, lucha clandestina durante el franquismo, apoyo a la reconstrucción de la CNT, ha sido siempre un simple afiliado, un obrero manual del sindicato. Amante de las ideas libertarias, permanece fiel a su ideario. Hoy, cuando tanta gente se somete dócilmente a la autoridad esperando la caída de alguna migaja, nuestro compañero Piruli es un ejemplo de modestia, de dignidad y de entrega a una buena causa, la causa de la emancipación de la humanidad del yugo del salario, el Estado y la violencia.

Este testimonio ha sido recogido por Fernando Ventura en su libro "Democracia y sindicalismo de Estado

Amado Granell, el electricista alicantino que liberó París

Amado Granell, el electricista alicantino que liberó París Granell, un héroe olvidado por la Historia. Su blindado del ejército gaullista llegó el primero a las playas de Normandía; también fue el primer oficial de la División Leclerc que entró en París el día de su liberación; y su vehículo abrió la marcha en el desfile de la victoria por los Campos Elíseos. Tales honores le correspondieron al teniente Amado Granell, un electricista alicantino que mereció ser condecorado con la medalla de la Legión de Honor de la República Francesa y con la Cruz de Guerra.

Paradojas del destino: tras batirse con arrojo legendario en mil y una batallas, Granell fue dado de baja por problemas síquicos y se instaló en Alicante para regentar un pequeño negocio de electrodomésticos. Falleció, hace ahora treinta años, al volcar su coche cuando se dirigía desde su casa de Alicante al Consulado de Valencia para reclamar el cobro de una pensión como oficial del ejército galo.

Con la Guía Michelín

«¿Resistid, ya llegamos!». 24 de agosto de 1944. Al caer la tarde, Granell y sus hombres divisan la Torre Eiffel. A las 20,45 horas da la noticia a sus superiores: «Ya estamos en París. Enviad refuerzos». Con la ayuda de un vecino y, curiosamente, de la Guía Michelín, logran llegar al Ayuntamiento, donde se reúne con dirigentes de la resistencia. Esa noche, Granell y sus soldados son entrevistados por Radio Francia Libre. Eran protagonistas de uno de los momentos más emotivos de la Segunda Guerra Mundial. A la mañana siguiente, el diario «Liberation» abría con la noticia de la liberación y una foto de Granell. La buena nueva corre por toda Francia como un reguero de pólvora: París ha sido liberada.

Personaje de excepción de esta gesta fue el electricista alicantino, entonces teniente del ejército francés tras haber llegado a comandante de la 48 Brigada Mixta del Ejército Popular de la República española. Flaco y desgarbado, de clara inteligencia, tuvo una infancia y adolescencia ásperas en un humilde hogar español. «Pero su coraje sólo admitía parangón con su sentido de la justicia», cuentan las crónicas.

Se alistó en el Tercio de la Legión Extranjera Española para escapar de la pobreza rural. En él aprendió los secretos del arte de la guerra, que le servirían de mucho durante la contienda civil española al frente de la 49 División del Ejército Republicano «cuyos soldados ignoraban el significado de una palabra: rendición».

Amado Granell embarcó en Alicante rumbo a África el último día de la guerra civil española. Era uno de los miles de españoles que buscaron exilio en Francia y en sus dominios africanos. Convertido pronto en joven y brillante oficial galo, revolucionaba las teorías de la guerra con su propuesta de uso masivo de loa blindados. Quiso volver a enfrentarse con la causa antifascista y antinazi uniéndose a los Cuerpos Franceses de África, incorporados al III Batallón de Marcha del Chad, en la Segunda División Blindada del general Leclerc.

Gracias a su experiencia en la Guerra Civil española, este alicantino de adopción -nació en Burriana- fue nombrado jefe de una compañía de blindados «a cuyo frente consumó proezas de valor y sacrificio que hicieron leyenda... y también inmerecido silencio», según fuentes que recuerdan la historia del conflicto mundial. «Los españoles comandados por Leclerc se juramentaron para vengar la derrota a manos de los nazifascistas en España y se propusieron participar en la liberación de París, Berlín y Madrid».

Así, la compañía de Granell (conocida como «la Novena», porque muchos de sus componentes eran soldados españoles) siempre destacaba por su enorme coraje y valentía. Sus soldados fueron los primeros en entrar en la Orán liberada; el blindado del entonces teniente Granell fue el primero del ejército gaullista en tocar las playas de Normandía, al inicio de la liberación de Francia, y también el primero en anunciar a los parisinos que había llegado su liberación.

Pero ¿cómo recoge la Historia la entrada de los libertadores (es decir, de Granell y sus soldados) en la capital del Sena? Ese caluroso día del 24 de agosto, Leclerc ordena al valeroso teniente español que sus veintidós tanques exploren los suburbios de París, sin esperar a que los aliados de Eisenhower completen el cerco a la ciudad previo al asalto final. Granell y sus 120 hombres llegan al Ayuntamiento. «Al vernos, la gente se encerró en sus casas creyendo que éramos alemanes. Hasta que un viejo se acercó confundiéndonos con americanos. Al decirle que éramos la División Leclerc casi enloquece de entusiasmo», relataba Granell, años después. Poco a poco, una multitud llenó las calles a su paso: les aplaudían, cantaban la Marsellesa, les besaba y les abrazaba.

Las campanas de Notre Dame y demás iglesias repicaban, con sabor a victoria y a liberación.
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Clara Campoamor Rodríguez

Clara Campoamor Rodríguez Nace en Madrid el 12 de febrero de 1888. Huérfana de padre muy pronto, tuvo que dejar sus estudios y ponerse a trabajar. Fue modista, dependienta, empleada de Telégrafos..., etc, hasta que en 1914 hace oposiciones para profesora de adultas en el Ministerio de Instrucción Pública, ganándolas con el número uno. Pero sólo puede enseñar taquigrafía y mecanografía, ya que no tiene siquiera el Bachiller. Al mismo tiempo colabora en varios diarios, como El Sol, Nuevo Heraldo o El Tiempo. Entrar en el periódico progresista La Tribuna, fue decisivo para su actividad posterior.

En 1920, cumplidos ya los 32 años, se matricula como alumna de bachillerato en el Instituto Cisneros de Madrid, terminándolo en dos años, y a continuación en la Facultad de Derecho, concluyendo la carrera en otros dos. En 1924 obtiene su ingreso en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación y meses después solicita su ingreso en el Colegio de Abogados, haciendo constar que desea ejercer su carrera, cosa que hace desde 1925. Asumió la defensa de los implicados en el levantamiento de Jaca.

Durante lo años que transcurren desde el comienzo de sus actividades como abogada y el final de la Dictadura primoriverista, Clara se dedica por entero a su profesión, rechazando su nombramiento para la Junta del Ateneo, lo que le obligó a pedir la excedencia en su cargo de Instrucción Pública. Entre 1928 y 1929 fue delegada del Tribunal de Menores.

Hasta 1930 desarrolló una intensa actividad en la Academia de Jurisprudencia. En 1925 fue nombrada Secretaria de la Sección Cuarta, formó parte de la Comisión de Trabajos Prácticos y de la de Publicaciones. El 30 de marzo de 1928 recibió el nombramiento de Académico Profesor. Paralelamente pronuncia conferencias y lleva a cabo numerosas intervenciones en las sesiones de trabajo que programa la Academia.

Aunque interviene en los temas más dispares, de manera especial le atraen los referentes a la situación jurídica de la mujer española. Su ideal se situaba en alcanzar en la ley la total equiparación de los sexos, sin que ninguno goce de un trato preferencial sobre el otro, ni siquiera cuando la beneficiada sea la mujer.

En 1929, tras la caída del Dictador, el anuncio de la vuelta a la normalidad constitucional había convertido al Colegio de Abogados de Madrid, al Ateneo y a la Academia, en centros de acción revolucionaria. Ese mismo año forma, con Matilde Huici, el Comité organizador de la Agrupación Liberal Socialista, la corta vida de este grupo, la llevó a enrolarse en las filas de Acción Republicana, pero, cuando se transformó en partido, Clara salió de él para afiliarse al Partido Radical, en cuya representación formó parte de la candidatura republicano-socialista, en 1931, para las Cortes Constituyentes, saliendo elegida diputada por Madrid.

Formó parte de la Comisión Constitucional, de 21 diputados, y peleó eficazmente por establecer la no discriminación por razón de sexo, la igualdad legal de los hijos habidos dentro y fuera del matrimonio, el divorcio y el sufragio universal. Todo lo consiguió menos el voto, que tuvo que debatirse en el Parlamento.

Intervino en el debate de varios artículos, sobre todo cuando éstos hacían referencia a la mujer. Destacan sus intervenciones en el artículo 36, siendo la única que defiende la concesión del sufragio femenino sin ningún tipo de limitaciones, pese a la posibilidad que existía de que el voto femenino se inclinase a favor de los partidos de derechas. Esta fue la causa del enfrentamiento dialéctico que mantuvo con Victoria Kent, partidaria de reconocer a la mujer su derecho electoral, pero con ciertas limitaciones prácticas. La Cámara dio su apoyo a "la Campoamor".

Aún tuvo tiempo para llevar a cabo otras actividades durante el bienio 1931-33. Fue delegada de España ante la Sociedad de Naciones y fundó la Unión Republicana Feminista, para trabajar por el voto femenino.

A pesar de toda esta actividad desarrollada dentro y fuera de la Cámara, no logra renovar su acta de diputada en las elecciones de 1933, además de sufrir las críticas de la prensa de izquierdas, que la acusa de ser culpable de la victoria de la derecha por su empeño en dar el voto a la mujer. A estos ataques contestó con una carta publicada en El Heraldo de Madrid, el 26 de noviembre, en la que analizando los resultados electorales de varias ciudades, llega a la conclusión de que la causa de la victoria electoral conservadora se debe a la escisión que se produce dentro del bloque republicano y en la falta de eficacia del gobierno en algunos aspectos, como la Ley Agraria, el caso de Casas Viejas, etc.

En diciembre de 1933 es nombrada Directora General de Beneficiencia, cargo del que dimite al año siguiente por discrepancia con el ministro. Por estas fechas tuvo lugar la rebelión de Asturias y Clara marchó a Oviedo con el fin de socorrer a los niños de los mineros muertos o encarcelados. La dura represión la lleva a salir del Partido Radical y es nombrada entonces presidenta de la Organización Pro Infancia Obrera, dedicada a atender y a colocar a los niños asturianos, víctimas inocentes de la crisis de octubre.

Presentó su solicitud de ingreso en Izquierda Republicana, que le fue denegada, lo que para ella fue un duro golpe, además deja también la Unión Republicana Femenina, con lo cual no puede presentarse a las Cortes.

Escribió entonces su obra: Mi pecado mortal. El voto femenino y yo, como medio de justificar sus actuaciones. También publicó El derecho femenino en España.

Cuando estalló la Guerra Civil en 1936, emigró a Francia, publicando en París en 1937 La revolución española vista por una republicana, en francés y nunca editado en español. Vivió en Buenos Aires dedicada a la literatura, escribiendo obras como Sor Juana Inés de la Cruz y Obra de Quevedo, editadas ambas en 1945. Anteriormente, en 1938, había aparecido La situación jurídica de la mujer española.

En 1947, 1951 y 1955 intentó regresar a España, pero la acusación de francmasonería impidió su asiento definitivo. Se fue a vivir a Lausanne (Suiza), donde murió el 30 de abril de 1972
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