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MEMORIA HISTÓRICA

Rusia es culpable

Rusia es culpable El 24 de junio de 1941, 2 días después de que Hitler invada la URSS, el ministro de Exteriores, presidente de la Junta Política, "el cuñadísimo", arenga a los falangistas: "El exterminio de Rusia es una exigencia de la historia y del porvenir de Europa". Reproducimos la alocución anticomunista, que Radio Nacional transmitió el 27 de octubre con el objeto de captar voluntarios para la División Azul.

Con plena conciencia España lanzó al mundo, el mismo día que empezaba en los campos de batalla la lucha a muerte del orden nuevo contra el comunismo, una frase que brota de los recuerdos más terribles del alma nacional: ‘Rusia es culpable’".
Culpable de todos los crímenes, de todos los saqueos, de las más horrendas aberraciones políticas. El comunismo de Lenin y sus secuaces ha sido el bacilo que ha infestado a los individuos y a los pueblos. España podía gritarlo así al mundo porque durante tres años lo ha sentido en su carne. Lo podíamos gritar como españoles, como europeos y como hombres.

Como españoles, porque la alianza del comunismo con las izquierdas burguesas nos expuso al peligro de dejar de ser una nación soberana y libre, para convetirnos en tierra colonial de los eternos enemigos; en lugar de paso para que las tropas de color, reclutadas en cualquier sitio de África, por los países de imperio negro, acudieran en defensa de los capitalismos judaico-masónicos que tenían su cónclave en Ginebra.

Como españoles, porque ese virus rojo, operando en confabulación con los separatistas delirantes, quería convertir el "quehacer en la historia", que desde el siglo XV se llama España y ha cumplido la sagrada misión de engendrar veinte naciones de su fe y de su lengua, en un conglomarado informe de repúblicas pseudoindependientes, que se llamarían Catalunya, Euskadi, Galicia... y el Rif. El comunismo en España quería destruir la unidad de destino de los hombres, las tierras y las clases, y el honor nacional que en nuestro idioma y en nuestro sentimiento se llama independencia.

Como europeos, podíamos gritarlo también. Porque en España, aun sin olvidar las humillaciones infligidas a su dignidad en el curso de la historia por los pueblos más fuertes, observaba, lealmente, todas las reglas que regían la comunidad internacional. Y nunca regateó su colaboración y los esfuerzos para mejorarlas, según en las asambleas ginebrinas procuró –ingenuamente– con su voz y el aliento de su gloriosa tradición jurídica servir este objetivo. Pero el monstruo comunista abrió un profundo foso en Europa y separó en dos mundos distintos aquella continuidad de veinte siglos de civilización cristiana.

Frente a la odiosa e intolerable amenaza antihumana del puño cerrado, surgió otra concepción más generosa de la vida. El amor, la construcción, el orden, la fe y la armonía se opusieron al odio, la destrucción, la indisciplina, la desesperación y el caos. Lamentablemente, la riqueza del mundo prefirió cerrar el puño para conservar avaramente su opulencia, que abrir la mano de manera generosa para saludar y rectificar injusticias. Europa se partió en dos tremendas mitades cuando en los primeros días de verano de 1936, las democracias armaban a los asesinos para crear brigadas internacionales, mientras los países totalitarios enviaban sus hombres mejores a defender la civilización, amenazada de muerte en nuestro suelo.

Europa se rompió en aquel comité de no intervención, en el que –en el mismo Londres y entre gentes dignas– intrigaban feroces los salteadores de banco, los asesinos de una cultura y una tradición, los judíos sanguinarios que se llaman todavía Litvinof y Maisky. Aquel mundo, partido por la hoz comunista, sufre ahora más salvación que el triunfo de los ejércitos anticomunistas.

Como hombres, los españoles sabemos todo el horror y la ignominia de la dictadura del proletaridado armado en defensa del pueblo. Los lienzos rasgados a golpes de bayoneta; los Cristos decapitados, como los viejos sacerdotes; las eras quemadas, sin cosechar, como los viejos soldados de la fe; los palacios, los templos, las bibliotecas y los museos volados por la dinamita o convertidos en checas, donde la barbarie criminal de los instintos primitivos más feroces extremaba su crueldad y su refinamiento.

Por eso, hombres españoles y europeos, con su triple conciencia intacta, los falangistas se alzaron contra Rusia el mismo día que Alemania declaraba la guerra. Y por eso salieron a las calles de un Madrid que todavía tiene abiertas las bárbaras heridas de nuestra guerra contra el comunismo pidiendo armas para volver al combate. Por eso España les abrió banderines de enganche, en los que todos –sin distinción de edad, de oficio, de fortuna o jerarquía– corrieron a alistarse. Hubo que seleccionar y limitar el número de combatientes, pero los que quedaron aguardan todavía –arma al brazo– a que un toque de relevo les dé ocasión de ir a reunirse en el fragor de la batala con sus hermanos de generación que se cubren de gloria en los frentes del Este. España les despidió con frenesí exaltado y ahora piensa en ellos todos los días con silenciosa y esperanzada emoción. Allá lejos sigue violentísima la lucha empezada en nuestro suelo el 18 de julio de 1936, y en ella tenemos muchos agravios que vengar. Entre otros, el de nuestros niños robados de sus hogares para ir a las escuelas de experimentación comunista. Muchos de estos niños –en el borde de la adolescencia– han sido convertidos en soldados rojos, contra su ideal, sus creencias y su sangre.

Por todo esto es por lo que está en Rusia una División de voluntarios españoles, una División Azul, en la que figuran nuestros más entrañables camaradas, que combaten valerosa y conscientemente, junto a sus viejos camaradas alemanes e italianos, a quienes conocieron en las montañas de Santander, en las tierras de Aragón, junto a las riberas del Ebro, con otros nuevos, con quienes nos unen lazos de sangre, de fe o de ideales idénticos; los valerosos finlandeses, los húngaros, rumanos y eslovacos.

La victoria está próxima y es ya inminente. La justicia divina amenaza implacable a la horda que desterrara al Cristo de los corazones humanos. Y está próximo el día en que aplastado para siempre el horror bolchevique, la Historia recobre su cauce de trabajo y cultura, despertando de la trágica pesadilla de la que Rusia es culpable.

¡Viva Franco!

¡Arriba España!
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