Blogia
MEMORIA HISTÓRICA

Y digo yo ...

Jefe del Estado durante casi cuarenta años, su dictadura ha marcado nuestra historia. El 17 de julio de 1941, el Generalísimo pronuncia ante el Consejo Nacional del Movimiento un discurso trascendental donde defiende el papel del ejército, realiza uno de sus alegatos más firmes a favor del Eje, convencido de que la guerra en el continente está decidida, y proclama, una vez más, su cruzada contra del comunismo soviético. (Extracto)

El ejército fue el crisol en que se fundió la común inquietud de nuestras juventudes. La unión sagrada que en sus filas se forjó hizo posible la victoria.

Por primera vez en la historia contemporánea podemos decir que España manda en sus propios destinos, y mandará tanto más cuanto se afiance la unión y solidaridad de los españoles para nuestra empresa. La gloria de España descansa y descansará siempre en su unidad. Quien contra ella labora, sirve a los propósitos de nuestros enemigos. No es nuevo el sistema. Nuestra historia repetidamente registra como, al no podernos vencer por la fuerza de las armas, se provocaron desde el exterior aquellos procesos internos de disolución, que acabaron enfrentando españoles con españoles y que deshicieron a España material y moralmente. Contra todo aquello nos alzamos y dimos la sangre generosa de los mejores; pero no lo realizamos para volver de nuevo al punto de partida. Si la España envilecida por la República colmó nuestra paciencia y movió nuestro brazo, tanto nos disgusta y nos repugna la decadente que hizo posible aquel engendro. Tan despreciable es para nuestra obra el rojo materialista como el burgués frívolo, el traficante codicioso o el aristócrata extranjerizado. Tan grande y tan extenso ha sido el mal, que explica fácilmente que si en la gran obra de resurgimiento de España han de colaborar todos los españoles, su encuadramiento y su dirección corresponda a esa minoría inasequible al desaliento, que cuando España se perdía, alzaba su bandera de combate y, ante los gloriosos caídos en lucha desigual, levanto el bosque de sus brazos con sus palmas abiertas.

Por eso he repetido tantas veces que terminada victoriosamente nuestra guerra, no acabó con ello nuestra lucha. Destruimos los ejércitos materiales que se oponían al restablecimiento del orden y al imperio de nuestro derecho; pero la guerra tenía una mayor profundidad. A la batalla militar sucedían la batalla política, la de desarraigar las causas de nuestra decadencia, la de educar y disciplinar a un pueblo en principios de solidaridad nacional, devolviendo a todos los españoles, como en frase feliz decía José Antonio, el orgullo de serlo. Pecan gravemente contra la patria los espíritus viejos que, pregonando ser enemigos del materialismo rojo, lo sirven, sin embargo, al aferrarse a viejos prejuicios, añorando aquellas ridículas minorías que les permitían lucir su decadente ingenio en círculos provincianos o en salones aristocráticos. Faltan también a sus deberes los que traicionando la limpia nobleza de sus progenitores sueñan con el restablecimiento de prerrogativas de casta, aunque con ello se torciera el destino histórico de nuestra patria. Y pecan igualmente los que, carentes de virtudes o esclavos de su egolatría, subordinan los intereses de la nación al de su torpe ambición o a las satisfacciones de su vanidad.

A estas diarias batallas por la unidad política de España se unen las económicas de la postguerra, y también en ellas los enemigos seculares han intentado explotar miserias, codicias y necesidades. En la España materialmente destruida que los jerifaltes rojos tanto pregonaron, se intentó presentar como si fuera obra de nuestro régimen como si la destrucción de nuestras fuentes de producción y de nuestros barcos y material ferroviario no fuera obra declarada y pregonada por sus propios autores.

Hemos pasado y superado los dos años más difíciles de la vida económica de nuestra nación. Con escasez de barcos y con limitación de divisas hubimos de transportar de lejanos países cerca de dos millones de toneladas de cereales para el abastecimiento, que si encontramos pueblos hermanos, como Argentina, que facilitaron su adquisición, el Consejo debe saber cómo otros han intentado obstaculizar el abastecimiento de nuestra patria.

Yo quisiera llevar a todos los rincones de España la inquietud de estos momentos, en que con la suerte de Europa se debate la de nuestra nación, y no porque tenga dudas de los resultados de la contienda. La suerte ya está echada. En nuestros campos se dieron y ganaron las primeras batallas. En los diversos escenarios de la guerra de Europa tuvieron lugar las decisivas para nuestro continente. Y la terrible pesadilla de nuestra generación, la destrucción del comunismo ruso, es ya de todo punto inevitable.

No existe fuerza humana capaz de torcer estos destinos, mas no por ello hemos de descartar el que la vesania, que rige la política de otros pueblos, intente arrojar sobre Europa nuevas miserias. Contra ello hemos de prepararnos ofreciendo al mundo el ejemplo sereno de un pueblo unido dispuesto a defender su independencia y su derecho.

Nadie más autorizado que nosotros para decirles que Europa nada ambiciona de América. La lucha entre los dos continentes es cosa imposible. Representaría sólo la guerra en el mar, larga y sin resultados; negocios fabulosos de unos pocos, miserias insospechadas para muchos; pérdidas ingentes de barcos y mercancías, la guerra de submarinos y de barcos rápidos dando zarpazos al antes comercio pacífico del mundo.

Dos costas enfrentadas, fuertes e inabordables para su enemigo; un mar repartido en zonas de influencia, europea y americana, y barridos los barcos del comercio universal.

La guerra en nuestro continente ha sido a tiempo clara y decidida. Quiso plantearse en análogos términos que la del año 14. Ilusión que se marchitó en flor. Rusia no quiso formar en el frente aliado; se reservaba y preparaba para el acto final. Polonia sucumbió sin la menor ayuda. La entrada de Italia cortó las rutas del Mediterráneo. La campaña de Noruega repartió el mar del Norte entre los beligerantes. La batalla de Flandes y la derrota total de los más poderosos ejércitos europeos, suprime el frente occidental, dando a Alemania la salida del Océano. El ingenio de estabilizar un frente en los Balcanes, se derrumbó con la victoriosa campaña de Grecia. Las costas de Noruega, las aguas del Canal y los mares de Creta, son escenarios en que la aviación arroja a las escuadras enemigas de las proximidades de las costas. Su eficacia en su defensa nadie puede ya discutirla.

Ni el continente americano puede soñar en intervenciones en Europa sin sujetarse a una catástrofe, ni decir, sin detrimento de la verdad, que pueden las costas americanas peligrar por ataques de las potencias europeas.

Así la libertad de los mares, monstruoso sarcasmo para la pueblos que sufren las consecuencias de la guerra, ni el derecho internacional, ultrajando por el bloqueo inhumano de un continente; ni la defensa de los pueblos invadidos, a los que se intenta arrastrar al hambre y a la miseria, son ya más que una grandiosa farsa en que nadie cree. En esta situación, el decir que la suerte de la guerra puede torcerse por la entrada en acción de un tercer país, es criminal locura, es encender una guerra universal sin horizontes; que puede durar años y que arruinaría definitivamente a las naciones que tienen su vida económica basada en su legítimo comercio con los países de Europa. Estos son los hechos que nadie puede contravertir. El bloqueo de Europa contribuye a que se cree una autarquía perjudicial a Sudamérica. La persistencia de la guerra perfeccionará la obra.

Se ha planteado mal la guerra y los aliados la han perdido. Así lo han reconocido, con la propia Francia, todos los pueblos de la Europa continental. Se confió la resolución de las diferencias a la suerte de las armas, y les ha sido adversa. Nada se espera ya del propio esfuerzo; clara y terminantemente lo declaran los propios gobernantes. Es una nueva guerra la que se pretende entre los continentes, que prolongando su agonía les dé una apariencia de vida, y ante esto, los que amamos a América, sentimos la inquietud de los momentos y hacemos votos porque no les alcance el mal que presentimos.

La campaña contra la Rusia de los Soviets, con la que hoy aparece solidarizado el mundo plutocrático, no puede ya desfigurar el resultado. Sus añoradas masas, sólo multiplicarán las proporciones de la catástofre. Veinte años lleva el mundo soportando la criminal agitación del comunismo ruso; raro es el país que haya podido escapar a su labor disociadora. España, que tanto sufrió por su criminal intervención, que la llevó al borde del abismo, y que dio contra él las primeras y más sangrientas batallas, puede apreciar como ninguno el alcance y dimensión de la lucha española.

Pudo hasta hoy el oro comunista y la prensa judía hurtar al mundo el conocimiento y divulgación de las sesiones de Komintern ruso, en que se contrastaban los progresos de su acción revolucionaria en los distintos países; pueden los pueblos hispano-americanos haber desconocido la atención preferente que se les dedicaba e ignorar el injuriante calificativo de “pueblos semicoloniales” con que la central comunista les distinguía; lo que ya no puede ocultarse a los ojos de nadie es lo que encerraba el oprobioso régimen soviético. La Cruzada emprendida contra la dictadura comunista ha destruido de un golpe la artificiosa campaña contra los países totalitarios. ¡Stalin, el criminal dictador rojo, es ya aliado de las democracias! Nuestro Movimiento alcanza hoy en el mundo justificación insospechada. En estos momentos en que las armas alemanas dirigen la batalla que Europa y el cristianismo desde hace tantos años anhelaban, y en que la sangre de nuestra juventud va a unirse a la de nuestros camaradas del eje, como expresión viva de solidaridad, renovemos nuestra fe en los destinos de nuestra patria, que han de velar estrechamente unidos nuestros ejércitos y la Falange.
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres.

La república esqueicida

La república esqueicida Por España hemos aprendido que puede tenerse toda la razón y ser vencidos, que la fuerza puede derrotar al espíritu y que hay tiempos en que el valor no es su propia recompensa"(Albert Camus en 1945).

"El 19 de julio de 1936 comenzó en España la Segunda Guerra Mundial. Esta guerra ha terminado en todas partes salvo, precisamente, en España. (...) La república española, en consecuencia, no ha cesado de ser traicionada o cínicamente utilizada. Por esto es quizá vano dirigirse, como lo hemos hecho otras veces, al espíritu de justicia y de libertad, a la conciencia de los gobiernos. Un Gobierno, por definición, no tiene conciencia. Tiene, a veces, una política, y eso es todo" (De un texto de Camus enviado a los jóvenes escritores españoles en el 20 aniversario de la guerra civil española).

El 24 de agosto en el homenaje que el Ayuntamiento de París rindió a los republicanos españoles que fueron vanguardia en la liberación en la capital francesa había banderas republicanas y nos encontrábamos allí ciudadanos españoles que nos sentimos republicanos. Pues bien, ya empezó a deleitarnos el señor Rojo, presidente del Senado, al no mencionar ni una sola vez la palabra república en su discurso, ni habló tampoco de republicanos españoles, cuando sí lo hicieron, con brillantez y valentía, el alcalde de París y la alcaldesa del distrito donde se celebraba el acto. Añádase a esto que el programa de la televisión pública, Informe Semanal, emitió un reportaje el día 4 de septiembre sobre la efeméride celebrada en París y no ofreció ni una sola imagen de las banderas republicanas que flameaban en el homenaje. Omisión significativa, a decir verdad, tanto que me atrevería a aseverar que no es en modo alguno inocente.

No entraba en lo esperado ni en lo esperable que el PSOE terminara por convertirse en un partido dinástico. Sin embargo, los hechos se están encargando de demostrarlo con nulo margen para las dudas. Pero se va más allá. Si el presidente del Senado habló de los españoles que lucharon contra el horror nazi, obvió algo que sabe cualquier ciudadano que haya pasado por la enseñanza obligatoria más elemental, es decir, que había otros españoles que combatían en la División Azul.

Así, la palabra república sigue proscrita, continua siendo una especie de anatema para los partidos que no se salen de lo políticamente correcto, incluidos los rojazos del PSOE. Se diría que en este país se puede ser todo, excepto republicano. Se diría que nombrar la palabra república es mentar al diablo, y no sólo para los nostálgicos del franquismo, sino también para un partido que se llama socialista.

La bandera de los españoles que entraron en la liberación de París era la tricolor. ¿Por qué esa bandera en Francia es un orgullo y tiene todas las gloriosas connotaciones de democracia, de libertad y de civilización, mientras que en una España teóricamente democrática se esconde como algo que escuece, que quema en las manos? Sería muy interesante que desde los partidos que, al menos en sus siglas, se proclaman de izquierdas se contestase a esta pregunta. ¿Por qué el presidente del Senado no menta la palabra república, por qué la televisión pública no emite imágenes de las banderas republicanas que había en el homenaje a los republicanos españoles que tanto contribuyeron a la liberación de París? Digamos de pasada que en el mencionado acto no o­ndeaba la bandera del actual estado monárquico, lo que no deja de ser significativo. Acaso tal cosa obedezca a que haya quien la pueda seguir identificando con la del franquismo, por muy desprovista que esté de yugo y de águila imperial. Insistimos en que fueron homenajeados republicanos españoles. A este respecto, convendría detenerse un instante en la función del sustantivo y del adjetivo.

Concluyamos con estas palabras del texto de Camus en el vigésimo aniversario de la guerra civil española: "Yo he encontrado en la historia, desde que tengo la edad de hombre, muchos vencedores con cara odiosa. Porque leía en ellos el odio y la soledad. Y es que no eran nada, cuando no eran vencedores. Solamente para existir, les era necesario matar y esclavizar. Pero hay otra raza de hombres que nos ayuda a respirar, que no ha encontrado la existencia y la libertad sino en la libertad y la felicidad de todos y que puede, por tanto, encontrar, hasta en la derrota, razones de vivir y de amar. Esos hombres no estarán nunca solos".

Al menos, siempre estarán con su bandera. Y con su república. La una y la otra no sólo eran tabúes en la España y en la televisión de Aznar. Parecen seguir siéndolo en la España y en la televisión de ZP. La república y su bandera, por prescripciones facultativas de la politiquería de pensamiento único, son proscritas y casi, casi malditas en la España de 2004. República esqueicida, España escocida.

Luis Arias Argüelles-Meres

Rusia es culpable

Rusia es culpable El 24 de junio de 1941, 2 días después de que Hitler invada la URSS, el ministro de Exteriores, presidente de la Junta Política, "el cuñadísimo", arenga a los falangistas: "El exterminio de Rusia es una exigencia de la historia y del porvenir de Europa". Reproducimos la alocución anticomunista, que Radio Nacional transmitió el 27 de octubre con el objeto de captar voluntarios para la División Azul.

Con plena conciencia España lanzó al mundo, el mismo día que empezaba en los campos de batalla la lucha a muerte del orden nuevo contra el comunismo, una frase que brota de los recuerdos más terribles del alma nacional: ‘Rusia es culpable’".
Culpable de todos los crímenes, de todos los saqueos, de las más horrendas aberraciones políticas. El comunismo de Lenin y sus secuaces ha sido el bacilo que ha infestado a los individuos y a los pueblos. España podía gritarlo así al mundo porque durante tres años lo ha sentido en su carne. Lo podíamos gritar como españoles, como europeos y como hombres.

Como españoles, porque la alianza del comunismo con las izquierdas burguesas nos expuso al peligro de dejar de ser una nación soberana y libre, para convetirnos en tierra colonial de los eternos enemigos; en lugar de paso para que las tropas de color, reclutadas en cualquier sitio de África, por los países de imperio negro, acudieran en defensa de los capitalismos judaico-masónicos que tenían su cónclave en Ginebra.

Como españoles, porque ese virus rojo, operando en confabulación con los separatistas delirantes, quería convertir el "quehacer en la historia", que desde el siglo XV se llama España y ha cumplido la sagrada misión de engendrar veinte naciones de su fe y de su lengua, en un conglomarado informe de repúblicas pseudoindependientes, que se llamarían Catalunya, Euskadi, Galicia... y el Rif. El comunismo en España quería destruir la unidad de destino de los hombres, las tierras y las clases, y el honor nacional que en nuestro idioma y en nuestro sentimiento se llama independencia.

Como europeos, podíamos gritarlo también. Porque en España, aun sin olvidar las humillaciones infligidas a su dignidad en el curso de la historia por los pueblos más fuertes, observaba, lealmente, todas las reglas que regían la comunidad internacional. Y nunca regateó su colaboración y los esfuerzos para mejorarlas, según en las asambleas ginebrinas procuró –ingenuamente– con su voz y el aliento de su gloriosa tradición jurídica servir este objetivo. Pero el monstruo comunista abrió un profundo foso en Europa y separó en dos mundos distintos aquella continuidad de veinte siglos de civilización cristiana.

Frente a la odiosa e intolerable amenaza antihumana del puño cerrado, surgió otra concepción más generosa de la vida. El amor, la construcción, el orden, la fe y la armonía se opusieron al odio, la destrucción, la indisciplina, la desesperación y el caos. Lamentablemente, la riqueza del mundo prefirió cerrar el puño para conservar avaramente su opulencia, que abrir la mano de manera generosa para saludar y rectificar injusticias. Europa se partió en dos tremendas mitades cuando en los primeros días de verano de 1936, las democracias armaban a los asesinos para crear brigadas internacionales, mientras los países totalitarios enviaban sus hombres mejores a defender la civilización, amenazada de muerte en nuestro suelo.

Europa se rompió en aquel comité de no intervención, en el que –en el mismo Londres y entre gentes dignas– intrigaban feroces los salteadores de banco, los asesinos de una cultura y una tradición, los judíos sanguinarios que se llaman todavía Litvinof y Maisky. Aquel mundo, partido por la hoz comunista, sufre ahora más salvación que el triunfo de los ejércitos anticomunistas.

Como hombres, los españoles sabemos todo el horror y la ignominia de la dictadura del proletaridado armado en defensa del pueblo. Los lienzos rasgados a golpes de bayoneta; los Cristos decapitados, como los viejos sacerdotes; las eras quemadas, sin cosechar, como los viejos soldados de la fe; los palacios, los templos, las bibliotecas y los museos volados por la dinamita o convertidos en checas, donde la barbarie criminal de los instintos primitivos más feroces extremaba su crueldad y su refinamiento.

Por eso, hombres españoles y europeos, con su triple conciencia intacta, los falangistas se alzaron contra Rusia el mismo día que Alemania declaraba la guerra. Y por eso salieron a las calles de un Madrid que todavía tiene abiertas las bárbaras heridas de nuestra guerra contra el comunismo pidiendo armas para volver al combate. Por eso España les abrió banderines de enganche, en los que todos –sin distinción de edad, de oficio, de fortuna o jerarquía– corrieron a alistarse. Hubo que seleccionar y limitar el número de combatientes, pero los que quedaron aguardan todavía –arma al brazo– a que un toque de relevo les dé ocasión de ir a reunirse en el fragor de la batala con sus hermanos de generación que se cubren de gloria en los frentes del Este. España les despidió con frenesí exaltado y ahora piensa en ellos todos los días con silenciosa y esperanzada emoción. Allá lejos sigue violentísima la lucha empezada en nuestro suelo el 18 de julio de 1936, y en ella tenemos muchos agravios que vengar. Entre otros, el de nuestros niños robados de sus hogares para ir a las escuelas de experimentación comunista. Muchos de estos niños –en el borde de la adolescencia– han sido convertidos en soldados rojos, contra su ideal, sus creencias y su sangre.

Por todo esto es por lo que está en Rusia una División de voluntarios españoles, una División Azul, en la que figuran nuestros más entrañables camaradas, que combaten valerosa y conscientemente, junto a sus viejos camaradas alemanes e italianos, a quienes conocieron en las montañas de Santander, en las tierras de Aragón, junto a las riberas del Ebro, con otros nuevos, con quienes nos unen lazos de sangre, de fe o de ideales idénticos; los valerosos finlandeses, los húngaros, rumanos y eslovacos.

La victoria está próxima y es ya inminente. La justicia divina amenaza implacable a la horda que desterrara al Cristo de los corazones humanos. Y está próximo el día en que aplastado para siempre el horror bolchevique, la Historia recobre su cauce de trabajo y cultura, despertando de la trágica pesadilla de la que Rusia es culpable.

¡Viva Franco!

¡Arriba España!

“Más vale morir de pie que vivir de rodillas”

“Más vale morir de pie que vivir de rodillas” Discurso pronunciado por la dirigente comunista en París, el 8 de septiembre de 1936


Trabajadores de París! ¡Demócratas franceses!

Desde la España que lucha por su libertad y por la libertad de todos los pueblos, frente a la pérfida agresión de la reacción española y del fascismo internacional, venimos aquí, al París de la Comuna y de la Gran Revolución, a deciros en qué condiciones luchan nuestros combatientes, lucha y muere nuestro pueblo.

Venimos aquí en demanda de solidaridad para con la República Española, seguros de que nos ayudaréis; confiados en que vosotros, que tantas páginas gloriosas de luchas tenéis en vuestra historia, sabréis comprendernos, sabréis ayudarnos.

La sublevación del ejército ha dejado al Gobierno republicano sin los más elementales medios de defensa. Pero al levantarnos a cerrar el paso al devastador torrente fascista, que arrasa nuestras villas, que destruye nuestras ciudades, no nos detuvimos a contar cuántos era nuestros enemigos, ni pensamos tampoco en el desvalimiento en que la sublevación militar dejaba a la República, al privar a ésta de las armas fundamentales necesarias para su defensa.

Pensamos solamente, impulsados por un movimiento nacional, espontáneo, de dignidad, que ceder sin resistencia a la agresión sería innoble cobardía, que ni el pueblo ni la historia podrían jamás perdonarnos.

Y sin ninguna vacilación, unidos en el mismo sentimiento y con la misma decisión de cerrar el paso al fascismo y defender la República y la democracia, comunistas, socialistas, republicanos, anarcosindicalistas y nacionalistas vascos nos lanzamos a la lucha dispuestos a toda clase de sacrificios, porque no ignorábamos lo que el fascismo representa y de lo que es capaz la reacción española. La represión de Asturias es un ejemplo próximo y elocuente. Y no podíamos, sin abdicar de nuestra dignidad humana y española, ni someternos al degradante yugo fascista, ni poner mansamente la cabeza bajo el hacha del verdugo.

Consciente de lo que nuestra lucha significa, el pueblo español prefiere morir de pie a vivir de rodillas.

Al lado de los rebeldes, apoyándolos en su agresión contra la República y contra el pueblo, participan fuerzas fascistas extranjeras, cuyos aviones bombardean las abiertas ciudades españolas.

Y mujeres y niños, víctimas inocentes del odio salvaje de la reacción española, caen para siempre, abatidos por la metralla enemiga, y pagan con su sangre y con su vida el delito de vivir en la España republicana, en la España que no acepta ser convertida en una cárcel fascista, en una base de agresión de la reacción internacional.

Hemos venido a Francia en representación del Gobierno republicano y de los combatientes que en todos los frentes proclaman su voluntad de lucha, en defensa de la libertad de España, en defensa de la libertad de todos los pueblos, cuya suerte se decide en nuestra patria.

Hemos venido a deciros a vosotros, heroicos descendientes de los combatientes de la Comuna, de los vencedores de la Bastilla, a deciros la profunda inquietud que ha producido en nuestro pueblo, en nuestros combatientes, en nuestro Gobierno, la negativa del Gobierno francés a vender armas al Gobierno español, violando los acuerdos establecidos entre ambos y por los cuales el Gobierno francés se comprometía a vender al español las armas que necesitaba para su defensa.

Se han cerrado las fronteras con España. Con ello se priva a los combatientes españoles de la posibilidad de resistir. Con ello se coloca al pueblo español ante el terrible dilema de entregarse cobardemente a los agresores o de aceptar sin posibilidad de resistencia el exterminio por las bandas fascistas y reaccionarias de lo más joven, de lo más progresivo, de los más combativo de nuestro pueblo. Y nosotros nos negamos a aceptar esta disyuntiva, que entrañaría el horror de la victoria del fascismo en España. Que entrañaría para el pueblo francés la amenaza de agresión de guerra del otro lado de los Pirineos.

¡Camaradas y amigos franceses! ¡Hombres y mujeres de la Francia de la Gran Revolución, de los Derechos del Hombre y de la Comuna! ¡Ayudadnos! ¡Ayudad a nuestro pueblo a defenderse! Exigid a vuestro Gobierno que no nos coloque un dogal al cuello del pueblo español, que lucha por su libertad y por la vuestra.

¡Madres y mujeres de Francia! ¡No os pedimos que sacrifiquéis a vuestros hijos ni a vuestros hombres! Os pedimos solamente que nos ayudéis a hacer cambiar la decisión del Gobierno francés que nos ata los pies y las manos frente a la agresión fascista.

Sobra a nuestro pueblo heroísmo, pero el heroísmo no basta. A las armas de los rebeldes hay que poder oponer fusiles, aviones, cañones. Defendemos la causa de la libertad y de la paz. Necesitamos aviones y cañones para nuestra lucha, para defender nuestra vida, nuestra libertad, para impedir que los sublevados ataquen nuestras ciudades abiertas, asesinen a nuestras mujeres y a nuestros niños. ¡Necesitamos armas para defender la libertad y la paz! Y no olvidéis, y que nadie olvide, que si hoy nos toca a nosotros resistir a la agresión fascista, la lucha no termina en España. Hoy somos nosotros; pero si se deja que el pueblo español sea aplastado, seréis vosotros, será toda Europa la que se verá obligada a hacer frente a la agresión y a la guerra.

Ayudadnos a impedir la derrota de la democracia, porque la consecuencia de esta derrota sería una nueva guerra mundial, que todos estamos interesados en impedir y cuyos primeros combates se libran ya en nuestro país.

¡Por nuestros hijos y por los vuestros!

¡Por la paz y contra la guerra, exigid que se abran las fronteras!

¡Exigid que el Gobierno francés cumpla sus compromisos con el Gobierno republicano español!

¡Ayudadnos a tener las armas que necesitamos para defendernos!

¡El fascismo no pasará, no pasará, no pasará!

Afectados por la dictadura

Afectados por la dictadura Juan Carlos Manzanal Azpilicueta / (DNI: 15.912.253-W)

Soy el hijo de un afectado de la dictadura franquista, (Priscilo Manzanal Lastra), y quiero decir que he vivido desde niño la amargura de mi padre durante todo este tiempo. Su delito, luchar por los derechos de los más oprimidos que son los pobres, él lo hizo como joven comunista, estuvo primero en la cárcel de o­ndarreta, después en la de Martutene. Tenían que dormir sobre una esterilla en el todavía fresco cemento, esto y la malnutrición, pues era pobre y no tenía para comprar en el economato, le llevaron a contraer una enfermedad grave a los huesos, se libró de la mili pero no del control policial cada vez que venía el Azor.

Llevo dos años tratando de tramitar la indemnización de mi padre. Hoy en día estamos con el recurso por una circular mal hecha. Después de la revisión nos pidieron las causas de su encarcelamiento bien especificadas, han quedado bien claras en una nueva certificación gracias a un funcionario todo hay que decirlo. Tenemos la esperanza de que se lleve a cabo la indemnización, pues somos como otros tantos los que rozamos la necesidad, además nos pertenece ya que está aprobada en el Parlamento Vasco.

Sirva también la presente para que no caiga en el olvido el contencioso, ni en saco roto, ya que fueron los políticos los que pusieron en canción a las víctimas y en evidencia ante sus familiares y amigos. También sirva para que comprendan que aunque insuficiente, es a base de granitos de arena como se consigue la paz y valga de reconocimiento por todo el sufrimiento de tantos años.

Diario Vasco
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres.

1936. Los mitos de la Guerra Civil

1936. Los mitos de la Guerra Civil En el orden financiero, la República tenía ventaja porque controlaba las sustanciales reservas de oro del Banco de España, cuya movilización serviría como medio de pago de los suministros importados del extranjero, en tanto que sus enemigos carecían de recursos constantes análogos y sólo disponían de sus posibilidades exportadoras para obtener divisas aplicables a las ineludibles compras exteriores. Esta ventaja inicial en recursos industriales y financieros por parte de la República hizo creer a algunos de sus dirigentes que la prueba de fuerza planteada por los sublevados podría ganarse. Así lo hizo explícito Indalecio Prieto en una alocución radiada el 8 de agosto [de 1936] de buscado tinte optimista (por más que la realidad conocida no fuera tan idílica):
"¿De quién pueden estar las mayores posibilidades de triunfo en una guerra? De quien tenga más medios, de quien disponga de más elementos. Esto es evidentísimo... Pues bien: todo el oro de España, todos los recursos monetarios válidos en el extranjero, todos, absolutamente todos, están en poder del Gobierno. (...) Todo el poder industrial de España... está en nuestras manos".
En términos militares, los sublevados contaban con la totalidad de las bien preparadas y pertrechadas fuerzas de Marruecos (especialmente, el contingente humano de la temible Legión y de las Fuerzas de Regulares Indígenas: "los moros") y con la mitad de las fuerzas armadas existentes en la propia Península, con una estructura, equipo y cadena de mando intactos y funcionalmente operativos. El mayor problema en este ámbito residía en las dificultades de transporte del llamado "Ejército de África" a la Península (habida cuenta de la falta de flota y aviones para llevarla a cabo), motivo por el cual el general Franco había emprendido sus propias gestiones para hacer posible la empresa mediante la solicitud del apoyo aéreo italiano y alemán. El 25 de julio, desde Tetuán, Franco solicitaba nuevamente al cónsul italiano en Tánger ese apoyo ("12 aviones de transporte, 10 aviones caza y 10 aviones de reconocimiento") y daba cuenta de la favorable situación militar presente: "Franco me asegura que con tal material y con fuerzas armadas y armas de que dispone es seguro éxito".
Frente a la relativa confianza militar que imperaba en el área sublevada, en la zona republicana las autoridades estaban realmente aterradas por la situación en su fuero interno. Tanto que Santiago Casares Quiroga dimitió de su cargo de jefe del Ejecutivo el mismo día 18, el republicano moderado Diego Martínez Barrio fracasó en su efímero intento de formar un gobierno para mediar con los rebeldes aquella tarde-noche y, por último y por exclusión, el azañista José Giral tuvo que sustituirlo al frente de un nuevo Gabinete exclusivamente republicano el 19 de julio de 1936.
Para entonces era evidente que el Gobierno había sufrido la defección de más de la mitad del generalato y de cuatro quintas partes de la oficialidad, viéndose obligado a disolver la casi totalidad de sus unidades por decreto de aquel 19 de julio: "Quedan licenciadas las tropas cuyos cuadros de mando se han colocado frente a la legalidad republicana". Ese mismo día, muy consciente de su falta de medios y pertrechos bélicos, Giral remitía su demanda telegráfica de ayuda militar al nuevo Gabinete del Frente Popular que había asumido el poder en Francia escasamente dos meses antes.
La gravedad de la situación se acentuaba porque, dada la ausencia de esos instrumentos coactivos, la defensa de la legalidad republicana había quedado en manos de milicias sindicales y populares improvisadas y a duras penas mandadas y dirigidas por los escasos mandos militares que se mantuvieron leales. Y había sido una combinación de esas fuerzas de seguridad leales y milicianos sindicales y partidistas la que había conseguido el aplastamiento de la sublevación en las grandes capitales y centros urbanos. Como reconocería después un periodista anarquista barcelonés que participó en los combates al lado de las fuerzas de la Guardia Civil y de la Guardia de Asalto: "La combinación fue decisiva. A pesar de su combatividad, de su espíritu revolucionario, la CNT sola no habría podido derrotar al ejército y a la policía juntos. De haber tenido que luchar contra ambos, en unas pocas horas no habría quedado ni uno de nosotros".
No obstante la catástrofe que supuso la práctica disolución de su Ejército, la República pudo congratularse por retener en sus manos casi dos tercios de la minúscula fuerza aérea y algo más de la anticuada flota de guerra, cuya marinería se había amotinado contra los oficiales rebeldes y había implantado un bloqueo del estrecho de Gibraltar para evitar el traslado de las decisivas tropas marroquíes al mando del general Franco.
En definitiva, aunque habían triunfado ampliamente en la España rural y agraria, el fracaso de los militares sublevados en las partes de España más modernizadas, incluyendo la propia capital del Estado (cuyo dominio conllevaba el reconocimiento jurídico internacional), les obligaba a emprender su conquista mediante verdaderas operaciones bélicas. El golpe militar parcialmente fallido devenía así en una verdadera y cruenta guerra civil. Y como ningún bando disponía de los medios y el equipo militar necesarios y suficientes para sostener un esfuerzo bélico de envergadura, ambos se vieron obligados a dirigirse de inmediato en demanda de ayuda a las potencias europeas más afines a sus postulados, abriendo así la vía al crucial proceso de internacionalización de la contienda.
La distribución inicial de fuerzas materiales entre los dos bandos contendientes ofrecía, por tanto, la imagen de un empate virtual imposible de alterar con la movilización de los recursos propios y endógenos. Y nada en esa situación coyuntural hacía presagiar una victoria total o una derrota sin paliativos por parte de ninguno de ambos contendientes.
Mediación internacional
Por si fuera poco, más adelante, en varias ocasiones durante el despliegue cronológico del conflicto (en virtud de razones internas tanto como exteriores), volvió a parecer sumamente improbable dicho final efectivo y tomó cuerpo como posibilidad viable la idea de una mediación internacional o una capitulación negociada para poner término al conflicto: en el verano de 1937, cuando las primeras ofensivas republicanas en Brunete y en Belchite demostraron la existencia de una máquina militar con cierta capacidad de ataque y maniobra (con el consecuente desánimo italo-germano y las paralelas gestiones anglo-francesas en pro de un armisticio); en el invierno de 1937-1938, cuando tiene lugar la única victoria ofensiva republicana con la ocupación efímera de la ciudad de Teruel (en el contexto de una tensión creciente de la entente anglo-francesa ante la anunciada anexión alemana de Austria), y en el verano de 1938, cuando el asalto republicano en la desembocadura del Ebro desbarata el avance franquista sobre Valencia y da origen a la batalla más larga y cruenta de toda la contienda española (en vísperas de la grave crisis germano-checa que puso a Europa al borde de la guerra general).
Sin embargo, ni un armisticio, ni una mediación internacional, ni una capitulación negociada y condicionada pusieron término al conflicto fratricida. Y no fue así al final por varias razones difíciles de aquilatar y ponderar en su medida exacta. El presidente Azaña, ya en su exilio en Francia desde febrero de 1939, enumeraría con notable perspicacia las razones de la abrumadora derrota republicana (más que los motivos de la victoria total franquista):
"El presidente considera que, por orden de importancia, los enemigos del Gobierno republicano han sido cuatro. Primero, la Gran Bretaña
[por su adhesión al embargo de armas prescrito por la política colectiva de No Intervención]; segundo, las disensiones políticas de los mismos grupos gubernamentales que provocaron una anarquía perniciosa que fue total para las operaciones militares de Italia y Alemania en favor de los rebeldes; tercero, la intervención armada italo-germana, y cuarto, Franco (...)".
En efecto, al igual que había sucedido con los beligerantes de la I Guerra Mundial, los dos bandos combatientes en la contienda civil española tuvieron que hacer frente a tres grandes y graves problemas inducidos por la Guerra Total en el plano estratégico-militar, en el ámbito económico-institucional y en el orden político-ideológico. En gran medida, el éxito o fracaso de sus respectivos esfuerzos bélicos dependió de la acertada resolución de estas tres tareas básicas. A saber:
1º. La reconstrucción de un Ejército combatiente regular, con mando centralizado y jerarquizado, obediencia y disciplina en sus filas y una logística de suministros bélicos constantes y suficientes, a fin de sostener con vigor el frente de combate y conseguir ulteriormente la victoria sobre el enemigo o, al menos, evitar la derrota.
2º. La reconfiguración del aparato administrativo del Estado en un sentido fuertemente centralizado para explotar y hacer uso eficaz y planificado de todos los recursos económicos internos o externos del país, tanto humanos como materiales, en beneficio del esfuerzo de guerra y de las necesidades del frente de combate.
3º. La articulación de unos "Fines de Guerra" comunes y compartidos por la gran mayoría de las fuerzas sociopolíticas representativas de la población civil de retaguardia y susceptibles de inspirar moralmente a esa misma población hasta el punto de justificar los grandes sacrificios de sangre y las hondas privaciones materiales demandados por esa cruenta y larga lucha fratricida.
A juzgar por el curso y desenlace de la Guerra Civil, parece evidente que el bando franquista fue superior al bando republicano en la imperiosa necesidad de configurar un Ejército combatiente bien abastecido, construir un Estado eficaz para regir la economía de guerra y sostener una retaguardia civil unificada y moralmente comprometida con la causa bélica. Y, sin duda, el contexto internacional en el que se libró la contienda española impuso unas condiciones favorables y unos obstáculos insuperables a cada uno de los contendientes. No en vano, sin la constante y sistemática ayuda militar, diplomática y financiera prestada por la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini, es harto difícil creer que el bando liderado por el general Franco hubiera podido obtener su rotunda victoria absoluta e incondicional. De igual modo, sin el asfixiante embargo de armas impuesto por la política europea de No Intervención y la consecuente inhibición de las grandes potencias democráticas occidentales, con su gravoso efecto en la capacidad militar, situación material y fortaleza moral, es altamente improbable que la República hubiera sufrido un desplome interno y una derrota militar tan total, completa y sin paliativos.
Informe confidencial
En este sentido, es bien revelador el juicio contenido en el siguiente informe confidencial elaborado por el agregado militar británico en España para conocimiento de las autoridades británicas: "Es casi superfluo recapitular las razones (de la victoria del general Franco). Éstas son, en primer lugar, la persistente superioridad material durante toda la guerra de las fuerzas nacionalistas en tierra y en el aire, y, en segundo lugar, la superior calidad de todos sus cuadros hasta hace nueve meses o posiblemente un año. (...) Esta inferioridad material [de las tropas republicanas] no sólo es cuantitativa, sino también cualitativa, como resultado de la multiplicidad de tipos [de armas]. Fuera cual fuera el propósito imparcial y benévolo del Acuerdo de No Intervención, sus repercusiones en el problema de abastecimiento de armas de las fuerzas republicanas han sido, para decir lo mínimo, funestas y sin duda muy distintas de lo que se pretendía".
"La ayuda material de Rusia, México y Checoslovaquia [a la República] nunca se ha equiparado en cantidad o calidad con la de Italia y Alemania [al general Franco]. Otros países, con independencia de sus simpatías, se vieron refrenados por la actitud de Gran Bretaña. En esa situación, las armas que la República pudo comprar en otras partes han sido pocas, por vías dudosas y generalmente bajo cuerda. El material bélico así adquirido tuvo que ser pagado a precios altísimos y utilizado sin la ayuda de instructores cualificados en su funcionamiento. Tales medios de adquisición han dañado severamente los recursos financieros de los republicanos". [Informe del mayor E. C. Richards, de 25 de noviembre de 1938].
El acierto de ese juicio del analista militar británico resulta corroborado por un informe remitido a Berlín por el embajador alemán en España, Eberhard von Stohrer, tras la ocupación de Cataluña y en vísperas del colapso de la resistencia republicana. A tenor del mismo, "las causas de la derrota roja" eran las siguientes: "La explicación de la decisiva victoria de Franco reside en la mejor moral de las tropas que luchan por la causa nacionalista, así como en su gran superioridad en el aire y en su mejor artillería y otro material de guerra. Los rojos, todavía sacudidos por la batalla del Ebro y en gran medida lastrados por su escasez de material bélico y sus dificultades de suministros alimenticios, fueron incapaces de resistir la ofensiva". [Despacho del 19 de febrero de 1939].
Todo lo anterior no quiere decir, ni mucho menos, que la política de No Intervención (la "traición de las democracias" que tanto denunciarían los líderes republicanos) fuera la razón única y exclusiva de la victoria de Franco y de la derrota de la República. De ningún modo parece posible o razonable suscribir este tipo de sencillas explicaciones unicausales y unilaterales. Frente a ese tipo de argumentaciones cabría subrayar, en todo caso, que tan importante en el desenlace de la guerra como esa persistente inhibición de la entente franco-británica habría sido la sistemática intervención italo-germana y las limitaciones de la asistencia soviética, por mencionar sólo las dimensiones internacionales presentes y operantes en la contienda. De todos modos, a nuestro juicio, lo que sí resulta innegable es otra dimensión más compleja y trascendental de esta faceta del asunto.
A saber: el hecho de que el contexto internacional conformado por la realidad práctica de la política europea de No Intervención incidió de manera directa y con resultados diferenciales sobre el esfuerzo de guerra de ambos bandos contendientes y sobre sus ineludibles tareas para hacer frente a la Guerra Total.
Dicho en otras palabras: los condicionamientos del marco internacional plantearon ventajas notorias e impusieron servidumbres sustanciales que cada uno de los bandos utilizó, sorteó o sobrellevó a fin de engrosar su capacidad de acción militar, fortalecer la moral de combate de su población civil de retaguardia, y acrecentar la eficacia de su aparato estatal y el aprovechamiento de sus recursos económicos. Y en este engarce y conexión dialéctica entre contexto internacional y circunstancias internas se fueron labrando las razones de una victoria total y los motivos de una derrota sin paliativos.
La opinión de Rojo
La justa ponderación de todos estos factores concurrentes a la hora de explicar el modo y manera de terminación de la guerra civil española cuenta con un precedente tentativo muy notable y distinguido. Se trata de la estimación realizada, apenas unos meses después de terminada la contienda, por el general Vicente Rojo Lluch (1894-1966), jefe del Estado Mayor Central del Ejército Popular de la República y auténtico estratega supremo del bando derrotado. Su balance, por eso mismo, tiene especial valor testimonial al proceder de quien fuera el antagonista fundamental que tuvo Franco en el plano militar durante la contienda. A juicio del general Rojo, "las causas del triunfo de Franco" se debían a un conjunto de razones correlacionadas que atendían a varios frentes distintos:
"En el terreno militar, Franco ha triunfado: 1º. Porque lo exigía la ciencia militar, el arte de la guerra. (...) 2º. Porque hemos carecido de los medios materiales indispensables para el sostenimiento de la lucha. (...) 3º. Porque nuestra dirección técnica de la guerra era defectuosa en todo el escalonamiento del mando. (...)
En el terreno político, Franco ha triunfado: 1º. Porque la República no se había fijado un fin político, propio de un pueblo dueño de sus destinos o que aspiraba a serlo. (...) 2º. Porque nuestro gobierno ha sido impotente por las influencias sobre él ejercidas para desarrollar una acción verdaderamente rectora de las actividades del país. (...) 3º. Porque nuestros errores diplomáticos le han dado el triunfo al adversario mucho antes de que pudiera producirse la derrota militar. (...)
En el orden social y humano, Franco ha triunfado: 1º. Porque ha logrado la superioridad moral en el exterior y en el interior. (...) 2º. Porque ha sabido asegurar una cooperación internacional permanente y pródiga". [Vicente Rojo, ¡Alerta los pueblos! Estudio político-militar del periodo final de la guerra española].
Cabría discutir el orden de prelación y la importancia respectiva de cada una de esas razones expuestas por el general Rojo con los característicos laconismo y contundencia castrenses. Pero apenas cabe dudar que todas ellas tuvieron su parte correspondiente, mayor o menor, en la conformación del resultado final de la Guerra Civil con su victoria absoluta y su derrota total. Así lo permitiría corroborar un repaso más detallado y minucioso a las tres grandes dimensiones interiores operantes en la contienda y al contexto exterior determinante que actuó como marco envolvente y condicionante de la misma.

Enrique Moradiellos

Carta de Octavio Alberola, Luis Edo y Vicente Martí Dirigida al Ministro de Justicia

Carta de Octavio Alberola, Luis Edo y Vicente Martí Dirigida al Ministro de Justicia Octavio Alberola, Luis Edo y Vicente Martí,se ofrecen para testificar a favor de Delgado y Granado La reapertura del caso de los anarquistas Francisco Granados y Joaquín Delgado, ejecutados en 17 de agosto de 1963 por atentados que no cometieron, ha traído cola. Excompañeros de ambos mandaron ayer una carta al ministro de Justicia, Juan Fernando López Aguilar, en la que solicitan al Gobierno del PSOE que "cumpla su palabra" y que anule "las sentencias pronunciadas por los tribunales represivos del franquismo".

Barcelona, 31 de agosto de 2004

Sr. D. Juan Fernando López Aguilar
Ministro de Justicia
Ministerio de Justicia
C/ San Bernardo, 45
28015 MADRID

Señor Ministro:

Como Ud. sabe, el 13 de junio de 2004, y por primera vez en 25 años de Transición y Democracia, el Tribunal Constitucional ha dado razón a las víctimas de la represión franquista amparando a las familias de los anarquistas Francisco Granado y Joaquín Delgado contra la resolución de la Sala de lo Militar del Tribunal Supremo que denegó, el 3 de marzo de 1999, la revisión del Consejo de Guerra Sumarísimo que condenó a muerte a sus familiares el 13 de agosto de 1963.

Es verdad que esta histórica decisión del Tribunal Constitucional -que obliga al Tribunal Supremo a reexaminar el Recurso de Revisión (presentado el 3 de febrero de 1998 por la viuda de Granado y el hermano de Delgado) y a tomar en consideración nuestros testimonios que desestimó en 1999- ha sido aprobada por cuatro votos a dos, y no por unanimidad. Lo que prueba que hay aún magistrados renuentes a aceptar que España es hoy un Estado de derecho. No obstante, es incuestionable que en el Constitucional hay ahora una mayoría de magistrados dispuestos a aceptarlo y a proceder en consecuencia.

De ahí que no haya seguido esta vez la doctrina continuista (según la cual “la Constitución no tiene efectos retroactivos y no es aplicable a los actos del poder anteriores a su entrada en vigor”) defendida por los magistrados de la Sala Militar del Supremo y por lo menos los dos del Constitucional que votaron en contra, y que haya reconocido “la sistemática denegación” de las pruebas propuestas por los recurrentes, vulnerando el derecho a “utilizar los medios de prueba pertinentes para su defensa”. Además de considerar que nuestros testimonios constituían “pruebas claramente pertinentes por su relación con los hechos”.

Dado pues que esta sentencia retrotrae las actuaciones al momento anterior a aquel en que la Sala Militar debió resolver sobre las pruebas pedidas, entre ellas nuestros testimonios confirmando las declaraciones de Antonio Martín y de Sergio Hernández (que habían reconocido -ante notario y en un documental emitido en 1996 por ARTE y TVE- ser los verdaderos autores de las acciones por las cuales Granado y Delgado fueron detenidos, juzgados y ejecutados), consideramos necesario precisar lo que sigue:

Primero: Que estamos dispuestos a acudir, cuando se nos convoque, para aportar nuestros testimonios ante los magistrados de la Sala Militar del Tribunal Supremo que deberán proseguir las actuaciones para establecer si las declaraciones de Antonio Martín y Sergio Hernández son creíbles y, si lo son, acordar la revisión del Consejo de Guerra de 1963 que condenó a dos inocentes.

Segundo: Que somos conscientes de que esta revisión - que sería la primera en que los actos del poder anteriores a la entrada en vigor de la Constitución de la Democracia serían cuestionados judicialmente- sería acordada por razones jurídicas (el “hecho nuevo”: las declaraciones de Antonio Martín y Sergio Hernández) y no por razones políticas (el rechazo de la dictadura y la condena de la legalidad impuesta por el franquismo). Es decir: que la ruptura con la doctrina continuista no significa, necesariamente, que en los demás casos de revisiones solicitadas o que puedan serlo en el futuro (el de Julián Grimau, el del Presidente Lluis Companys, el de Joan Peiró o los de Salvador Puig Antich y de miles de fusilados al comenzar o terminar la Guerra Civil) el Tribunal Constitucional anularía también las resoluciones del Supremo denegando los recursos de revisión. Y ello por razones obvias, puesto que el argumento jurídico (el “hecho nuevo”) del caso Granado-Delgado no existe para la mayoría de los otros casos.

Tercero: Que la rehabilitación jurídica de la mayoría de las víctimas de la represión franquista no será pues posible si no hay una decisión institucional anulando las sentencias pronunciadas por los tribunales represivos del franquismo, puesto que la Ley de Amnistía de 1977 sólo suspendió su cumplimiento.

Así pues, y dado que la motivación de las familias demandantes de las revisiones sólo es la de rehabilitar moral y judicialmente a sus familiares y a las víctimas de la represión franquista en general, solicitamos su intervención para que se tomen - como lo piden el Parlament de Catalunya y la mayoría de los Grupos parlamentarios- las medidas adecuadas para decretar “la nulidad de todos los juicios y sentencias dictadas durante el franquismo”.

Tras más de 25 años de Constitución democrática y después de la histórica Resolución del 20 de noviembre de 2002 del Congreso de los Diputados, condenando el golpe militar de 1936 e instando a la rehabilitación de las víctimas de la represión franquista, es posible saldar definitivamente esta deuda. La revisión de los procesos políticos del franquismo es la asignatura pendiente de la Transición. La anulación de las sentencias pronunciadas por los tribunales represivos de la dictadura franquista convertiría en obsoleta la asignatura de las revisiones y daría razón y satisfacción a los familiares de las víctimas que las han solicitado.

Usted y su Gobierno pueden hacerlo.

Atentamente

Octavio Alberola / Luis Andrés Edo / Vicente Martí
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

Fraga, el último franquista que vuelve a postularse

Fraga, el último franquista que vuelve a postularse Manuel Fraga, de 81 años de edad, antiguo ministro del ex dictador Francisco Franco y presidente regional de Galicia (noroeste, España) desde hace 14 años, anunció este lunes que volverá a presentarse como candidato del Partido Popular a las elecciones regionales del 2005.

''Don Manuel'', tal como se le conoce mayoritariamente entre el electorado de su conservadora y rural Galicia natal, confirmó a la prensa el rumor que corría tras su reciente entrevista con el secretario general del PP, Mariano Rajoy, quien aseguró su ``apoyo incondicional''.

Para los responsables del PP, del que es uno de los fundadores, nadie mejor que Fraga para lograr una quinta mayoría absoluta consecutiva en la región.

Antes de instalarse en su puesto de dirigente regional, Fraga fue entre 1962 y 1969 ministro de Información y Turismo del dictador Francisco Franco, al igual que él originario de Galicia. Una cartera que lo convirtió a la vez en primer censor de España, conocido y temido por los periodistas, y promotor de un sector que comenzaba a convertirse en la primera industria española.

En 1962, el ministro Fraga nombró director de la Radio Nacional de España a un periodista radiofónico experimentado llamado Manuel Aznar, padre del ex presidente del gobierno español José María Aznar, del que será mentor político cerca de 30 años más tarde.

Tras la vuelta de la democracia, Fraga fundó en 1977 la Alianza Popular, antecesor del Partido Popular, una formación que reúne a todo el espectro de la derecha española, incluida la extrema-derecha.

Figura tutelar de los conservadores reconvertidos a la democracia, Fraga eligió como sucesor a José María Aznar, a quien instaló en 1990 a la cabeza del PP.

Aznar honró al patriarca, al igual que hizo con el británico Tony Blair, haciéndole testigo de la fastuosa boda de su hija Ana, en septiembre del 2002.

Al confirmar este lunes su decisión de presentarse a las elecciones regionales del próximo año, que podrían mantenerlo en el poder hasta los 86 años, Fraga recordó al canciller alemán Konrad Adenauer, quien se retiró a los 87 años.

''Estoy en plena forma'', dijo a los periodistas, ``prepárense para soportarme al menos hasta la próxima legislatura''.

Agence France Presse
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres